jueves, marzo 19, 2026

Sucinta reflexión

Reconozco ser un asiduo de los informativos en televisión. Y rara es la ocasión en que no acabe comentando al familiar que me acompañe las concomitancias existentes –salvando, por supuesto, las distancias entre los medios– con El Caso, un semanario español especializado en noticias de sucesos, que se editó en Madrid entre 1952 y 1997. Porque, por lo visto, robos, accidentes de todo tipo, asesinatos, violaciones, sesiones de juicios morbosos y un largo etcétera de fatalidades parecen ser los casi exclusivos contenidos.

Y surge este comentario a raíz de una de las tantas lecturas diarias relacionadas con los medios de comunicación. Un defecto, casi congénito, que me acompañará in sæcula sæculorum. Así, el director de El Periódico, y director general de Contenidos de Prensa Ibérica, Albert Sáez, ha reivindicado el periodismo como el mejor revulsivo para combatir la desinformación y ganarse la confianza y la fidelidad de los lectores para así evitar que caigan en las redes del populismo y los pseudomedios.

Y abunda: "El periodismo es más necesario que nunca porque forma parte de un conjunto de instituciones que surgieron con la Ilustración que hay que defender frente al totalitarismo y las formas de destrucción de la democracia".

Bien, completamente de acuerdo. Es de manual. La teoría, en el papel, funciona. El camino, meridianamente claro. Pero en la práctica, ¿tenemos mecanismos para corregir desviaciones? ¿Son conscientes los que se dedican a tan noble oficio del papel encomendado? ¿Procuran las empresas editoriales apostar por la seriedad y contrapeso entre ambos platillos de la balanza o se deben a intereses más espurios? Y el periodista, ¿cuándo va a ser capaz de asumir su verdadero rol?

Prosigue el señor Sáez: "Si solo explicamos las cosas que funcionan mal, la gente piensa que el mundo es un desastre y que vivimos mucho peor que hace 30 años. En ese caldo de cultivo, llegan los populistas y construyen el discurso de que con Franco vivíamos mejor”. Efectivamente, y entre todos estamos aportando granos de arena para que la montaña crezca. Tanto que, concretemos, en nuestro particular caso del solar patrio. Ahí tenemos a Santiago Abascal, con purgas permanentes hacia todo lo que pueda hacerle sombra, y cuyas acciones no merman un ápice de su expansión, sino que, al contrario, sigue incrementando el número de adeptos con ese discurso etéreo de decir lo que a la gente le encanta escuchar. Pero sin concreción alguna, porque sus amagos de pactos deben ser rotos al percatarse de la completa inutilidad de sus fantasiosos postulados. Aunque cuenta con la indudable ventaja de la desmemoria colectiva.

Y "no sirve expulsarlos del debate alegando que son fascistas porque muchos de los problemas que señalan son aquellos de los que nos da pereza hablar", asegura el director de El Periódico. Un desafío muy complicado en estos tiempos de "gran convulsión", que Sáez ha atribuido sobre todo al presidente de EEUU, Donald Trump. "La persona que dirige el gobierno más importante del mundo no respeta las reglas. No es un empresario, es un subastero". Vuelvo a concederle el crédito pertinente. ¿Pero se combate dicha sinrazón? ¿Qué mecanismos ponemos en marcha para desencantar los ilusionismos? Porque si la supuesta preparada y estudiada juventud cae en las redes del populismo, no atisbo que se inyecten vacunas contra tales virus. Y como no demos con el antígeno, cuán largo me lo fiais, amigo Sancho. ¡Ah!, lo del gobierno más importante del mundo… pongámoslo en cuarentena.

Concluye: “La prensa local resiste mejor que la prensa generalista porque tiene más vínculo con los lectores, que sienten más suyos a los diarios porque les hablan de lo que pasa a su alrededor sin aires de grandeza. Los diarios defienden los intereses de sus territorios más allá de partidos e intereses porque hablan directamente con los ciudadanos". Sí, y no. Matices haylos. Los tentáculos partidarios y, sobre todo, económicos causan verdaderos estragos. Por lo que las derivas a deslizarse por peligrosas pendientes se acrecientan. Ya nadie quiere hablar de objetividad, neutralidad, imparcialidad, rectitud… O como abogaba don Domingo, el de La Hoya, la ecuanimidad. ¿Por qué?

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