Ya los doy por enterados de que a doña Blanca Pérez,
consejera de Medio Natural del Cabildo de Tenerife, se le ocurrió invitar a una
reunión (luego se escudó en el Director Insular de Emergencias, que debió asumir el marrón), en pleno auge de Therese, a uno que se dice influencer. Cuyo nombre omito porque para darle publicidad ya tiene
suficientes amigos en el Cecopin (Centro de Coordinación Operativa Insular). Pues
no hace falta ser muy estudiado para echarse las manos a la cabeza ante
semejante desfachatez. Y no lo expreso solamente por el amarillismo (tirando a
canelo) de las publicaciones del precitado sujeto, sino por la supina
ignorancia de un cargo público al permitir la retransmisión en directo, y
durante algo más de dos horas, de la toma de decisiones en un órgano que debe
velar por la seguridad de todos los tinerfeños. Es decir, cuando primar la
seriedad, amén de la enorme responsabilidad (¿me remonto al espectáculo de
cuando la dana en Valencia y los catastróficos resultados?), se supone sea el leitmotiv de la reunión, la institución
insular se lo toma en plan cachondeo y hace acto de presencia el
sensacionalismo barato de quien tiene menos credibilidad que un billete de tres
euros.
Debe poseer buenos padrinos, y madrinas, la consejera. Pues
no solo se la apartó de sus responsabilidades cuando fue sorprendida
conduciendo ebria años atrás, y condenada tras el juicio pertinente, sino que consigue
más premios que yo reintegros en la primitiva. Y los quiere compartir, por lo
que se observa, con sus admiradores. Que aprovechan la ocasión –en algo hay que
entretenerse durante tan largo periodo de tiempo– entre riadas y ventoleras,
par dar a conocer su próxima operación de caderas. ¿Se perdió la vergüenza,
doña Blanca, o me permito dudar de si se ha tenido alguna vez?
Su jefa, doña Rosa, la de los 90 días, y que también se
priva por publicidades y propagandas, tardando está en acudir a la facultad de periodismo
para impartir una lección a los estudiantes allí matriculados e indicarles que
están haciendo el payaso y perdiendo el tiempo. Porque que los jóvenes dediquen
tremendos esfuerzos en su preparación académica, para verlos compensados con
estos espectáculos, bien merece un par de nalgadas en salvasealaspartes de unos cargos públicos que, ni por asomo, están
a la altura de la responsabilidad contraída tras el resultado electoral.
Me congratula que la Asociación de Periodistas de Tenerife
(APT) haya denunciado el hecho que venimos comentando y censure abiertamente
esta grave intromisión. Máxime cuando debe primar el rigor informativo (y no los
cachanchanes de turno) en las sesiones de suma trascendencia. No solo por los
trabajos desarrollados sino por la adopción de medidas ante las inclemencias
meteorológicas. Pero las frivolidades de la señora Dávila Mamely (ya hubo otro influencer haciendo de las suyas en Las Cañadas) rayan
la irresponsabilidad más absoluta. Tanto que me atrevería a llamarla, de manera
directa y clara, incompetente.
Admiro al alcalde que repite elección tras elección. Habrá
entendido su pueblo que merece, una y otra vez, la confianza para a seguir en
el cargo. Ejemplos tenemos unos cuantos en la isla. Pero me pone de muy mal
humor (iba a escribir que se me engrifan los pelos, pero es completamente
imposible por razones obvias de escaseces) el comprobar cómo existen
especímenes que cada cuatro años pasan a ocupar un puesto diferente. Valen para
un roto y para un descosido. La señora Dávila es un ejemplo bien significativo.
Como también lo son Cristina Valido o Ana Oramas. O como ciertos concejales de
mi pueblo que han ocupado diversidad de (ir)responsabilidades cual consumados
entendidos. Deben –eso piensan– poseer superpoderes. Como en los cómics. Porque
en la realidad son puras piltrafas acomodaticias. Con nefastas consecuencias, a
tenor de… lo que está a la vista no necesita espejuelos. Daré un consejo a mis nietos para que no se coman el coco con la posible carrera a estudiar. Y si alguno optara por el periodismo, que se lo quite desde ya de la cabeza: marketing en la Universidad de Wyoming o influencer. Le bastaría con un móvil y un par de amiguetes.

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