Cuando lo escucho hablar no puedo dejar de pensar en la
yenka o el pasacatre. Los vaivenes danzarines del susodicho son constantes. Lo que
me hace sospechar que la neurona le baila demasiado. Y el día menos pensado la
arma. Juega con la economía con total desparpajo, y sin límite alguno, que nos
aboca a un caos total. Ni el infante dueño del balón se las gasta de tal guisa.
Los organismos internacionales parecen –son– papel mojado en
la práctica. Meras entelequias teóricas que ni están ni se les espera. Gastos
desorbitados que reportan pingües beneficios a la industria armamentística. Y
mientras todos asienten, China calla, medita y observa. Despertará cuando el
resto de la escoria no valga ni para tacos de escopeta.
Pero no es menester ir tan lejos. Quedémonos en Francia, por
ejemplo. País situado al otro lado de Los Pirineos donde han decidido
concederle un premio literario al de lo siento, me equivoqué y no volverá a
ocurrir. Exacto, el que sentenció, asimismo, que la justicia era igual para
todos. Le faltó añadir aquello de los demás. El que se marchó a Dubái y regresa
de vez en cuando en jet privado para general regocijo de toros, yates y
sostenedores monárquicos varios. Ya saben que escribió (bueno, lo hizo Laurence
Debray) un libro titulado Reconciliación, y editado por Planeta en 2025. Y como
se llama Juan Carlos y no Jesús Hernández o José González, va a recibir –o ya
lo hizo cuando se publiquen estas líneas– el Premio Especial del Libro Político,
acto a celebrar en la Asamblea Nacional francesa. Que al iniciarse la lluvia de
las críticas por tan ridícula decisión no le quedó más remedio que recular escudándose
en que solo prestó una sala a la asociación Lire la Société y que se trata en
todo caso de “un evento externo a la Asamblea, sin validación de su contenido o
de sus invitados”.
Aunque también hay manicomios por estos lares. Recuerden que
cuando hubo una moción de censura en Santa Cruz para aupar a Bermúdez en la
alcaldía en detrimento de Patricia Hernández, se comentó que la acción de echarse
a un lado por parte de un concejal de Ciudadanos tendría el correspondiente
premio. No literario, pero sí bien remunerado: se le prometió la dirección general
de Transformación Urbana. Como se trataba de un puesto de libre designación,
entendieron CC y PP que no habría problema alguno en las conexiones del enchufe.
Pero de ello nada comentan ciertos voceros de ambas formaciones políticas en
sus tertulias en una tele local más parecida a una jaula de grillo que a un
medio de comunicación. Pero el cargo se mostraba tan apetecible que no solo se presentó
el que finalmente fue agraciado. Es más, uno de los aspirantes creyó hallarse
más capacitado, y con muchos más méritos, y recurrió ante la justicia el
indudable trato a favor. Y se ha fallado que el acto estuvo viciado por falta
de justificación legal. Alega el magistrado que el recurrente, de mayor edad y,
por ende, con una altísima experiencia profesional, se vio perjudicado al
utilizarse tal hecho en su contra, lo que viene a reforzar la arbitrariedad de la
decisión adoptada. Bermúdez pretendía que la canonjía (la breva en canario) le
durara al posibilitador para todo el resto de su vida laboral. Bueno, lo de laboral
sin entrar en detalles.
Piezas somos de
ajedrez y el loco mundo es la tabla, pero en la talega juntos peones y reyes
andan. (Félix Lope de Vega y Carpio)

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