domingo, abril 12, 2026

Un mundo de locos

Como auténticas cabras al gobierno de los designios mundiales. Donde se lleva la palma un tal Donald John Trump, nacido el 14 de junio de 1946 (en nada 80 añitos apenas), de madre escocesa y abuelos paternos alemanes. Está casado (por tercera vez) con una eslovena, pero antes lo estuvo con una checa. Y viene todo esto a cuento de su discurso que versa, casi siempre, de la pureza del pueblo estadounidense, llamado, por mandato divino, a salvar el mundo de las malvadas garras de todo lo que no sea yanqui, salvo Netanyahu, bien judío pero ensolerado en Massachusetts.

Cuando lo escucho hablar no puedo dejar de pensar en la yenka o el pasacatre. Los vaivenes danzarines del susodicho son constantes. Lo que me hace sospechar que la neurona le baila demasiado. Y el día menos pensado la arma. Juega con la economía con total desparpajo, y sin límite alguno, que nos aboca a un caos total. Ni el infante dueño del balón se las gasta de tal guisa.

Los organismos internacionales parecen –son– papel mojado en la práctica. Meras entelequias teóricas que ni están ni se les espera. Gastos desorbitados que reportan pingües beneficios a la industria armamentística. Y mientras todos asienten, China calla, medita y observa. Despertará cuando el resto de la escoria no valga ni para tacos de escopeta.

Pero no es menester ir tan lejos. Quedémonos en Francia, por ejemplo. País situado al otro lado de Los Pirineos donde han decidido concederle un premio literario al de lo siento, me equivoqué y no volverá a ocurrir. Exacto, el que sentenció, asimismo, que la justicia era igual para todos. Le faltó añadir aquello de los demás. El que se marchó a Dubái y regresa de vez en cuando en jet privado para general regocijo de toros, yates y sostenedores monárquicos varios. Ya saben que escribió (bueno, lo hizo Laurence Debray) un libro titulado Reconciliación, y editado por Planeta en 2025. Y como se llama Juan Carlos y no Jesús Hernández o José González, va a recibir –o ya lo hizo cuando se publiquen estas líneas– el Premio Especial del Libro Político, acto a celebrar en la Asamblea Nacional francesa. Que al iniciarse la lluvia de las críticas por tan ridícula decisión no le quedó más remedio que recular escudándose en que solo prestó una sala a la asociación Lire la Société y que se trata en todo caso de “un evento externo a la Asamblea, sin validación de su contenido o de sus invitados”.

Aunque también hay manicomios por estos lares. Recuerden que cuando hubo una moción de censura en Santa Cruz para aupar a Bermúdez en la alcaldía en detrimento de Patricia Hernández, se comentó que la acción de echarse a un lado por parte de un concejal de Ciudadanos tendría el correspondiente premio. No literario, pero sí bien remunerado: se le prometió la dirección general de Transformación Urbana. Como se trataba de un puesto de libre designación, entendieron CC y PP que no habría problema alguno en las conexiones del enchufe. Pero de ello nada comentan ciertos voceros de ambas formaciones políticas en sus tertulias en una tele local más parecida a una jaula de grillo que a un medio de comunicación. Pero el cargo se mostraba tan apetecible que no solo se presentó el que finalmente fue agraciado. Es más, uno de los aspirantes creyó hallarse más capacitado, y con muchos más méritos, y recurrió ante la justicia el indudable trato a favor. Y se ha fallado que el acto estuvo viciado por falta de justificación legal. Alega el magistrado que el recurrente, de mayor edad y, por ende, con una altísima experiencia profesional, se vio perjudicado al utilizarse tal hecho en su contra, lo que viene a reforzar la arbitrariedad de la decisión adoptada. Bermúdez pretendía que la canonjía (la breva en canario) le durara al posibilitador para todo el resto de su vida laboral. Bueno, lo de laboral sin entrar en detalles.

Piezas somos de ajedrez y el loco mundo es la tabla, pero en la talega juntos peones y reyes andan. (Félix Lope de Vega y Carpio)

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