domingo, mayo 10, 2026

Deshumanizados

El crucero Hondius nos visita hoy. Como lo hacen cientos a lo largo de cada año. Que nos traen millones de turistas para general regocijo de los dirigentes políticos. Esos seres amorfos (imperfectos, contrahechos, indeterminados…) que se privan por una controversia. Que hacen de la nada un todo y se quedan más frescos que una lechuga en el refrigerador. Cínicos y casi malnacidos (indeseables, despreciables).

Junto a las toneladas de carne humana, mucha mayor cantidad del resto de mercancías que alimentan y sostienen nuestra endeble economía, siempre pendiente de fuera. Cargueros y contenedores que son imagen cotidiana en un archipiélago en manos de allende los mares. Keine probleme. Pas de problème. No problem.

No ha tanto nos visitó una embajada de la Agencia Espacial estadounidense. A la que recibimos con los brazos bien abiertos y sonrisa de oreja a oreja porque escogió uno de nuestros hospitales por si ocurriera (o ocurriese) un percance a los astronautas en cualquier misión. Éramos en ese entonces (ayer mismo) unos afortunados. Nada importaba si desde recónditos lugares nos pudiesen llegar virus desconocidos sobre la faz de la tierra.

Ahora ha surgido una emergencia sanitaria. Grave, no lo neguemos. Que también se ha aprovechado para la pertinente confrontación política. Cualquier hecho –hasta el más leve– es excusa perfecta para atacar sin misericordia al malvado de Pedro Sánchez, causante de todos los males del mundo. Y cómo no lo iba a ser de que la cepa de los Andes, una de las múltiples variantes del archiconocido hantavirus, atravesase el Atlántico para recalar en estas peñas. Un nuevo trato colonial que hizo saltar como un quíquere a Fernando Clavijo (y como una quícara a Rosa Dávila). ¿Por qué a nosotros y no dejarlos a la deriva o... cañonearlos hasta el hundimiento?

Poco importó lo de los 14 pasajeros españoles. Cabo Verde les quedaba al lado. Que es un país tan adelantado que no debería hallarse situado en lo que, en otras ocasiones no tan peliagudas, denominamos Tercer Mundo. Con mayúsculas, para destacar. Rechazo total a que recale en esta ultraperiferia. Y ya puestos, ¿por qué en Tenerife y no en Gran Canaria? La mismísima Organización Mundial de la Salud (OMS) tenía la inexcusable obligación de ponerse en contacto directo con la consejera de Sanidad por si esta estimaba oportuno saltarse la lista de espera. Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, sabe perfectamente que Esther Monzón siempre coge el teléfono, aun cuando el número es para desconfiar o se hallare (o hallase) en sus ratos libres.

Marruecos no dejó aterrizar al avión que llevaba hasta Países Bajos a unos enfermos. El país norteafricano se ha comportado como lo que es y ha mostrado al mundo, también a la OMS (a la que pertenece), que eso de la defensa de los derechos humanos sigue siendo una entelequia para los retrógrados y carcas que aún existen. Por eso tomó tierra en Gran Canaria. Porque no todos somos iguales, muy a pesar de Clavijos y Domínguez. Que han puesto el rostro de la deshumanización más abyecta. Y que acudirán dentro de unos días a las misas que oficie León XIV a darse golpes de pecho y a rezar en voz alta su gran amor fraternal. Que tenga cuidado el Papa no sea que en su visita al puerto de Arguineguín le sea prohibido el acceso por Onalia Bueno, cuyo apellido echa por la borda toda su trayectoria política en materia de inmigración.

Ardieron las redes sociales –se dice– y en los perfiles dudosos se extendía lo de la masiva queja ciudadana. Como si las expresiones malintencionadas de los cuatro dirigentes de turno supusiesen una declaración urbi et orbi. No, ellos no representan al pueblo canario, noble por excelencia, que sabe, desde siempre, tender la mano al caído. Ellos son unos miserables que se erigen en falsos defensores de una ciudadanía que ni por asomo merecen.

Canarias, afortunadamente, y muy a pesar de los cantamañanas que ocupan poltronas, dispone de unos protocolos para actuar en caso como el presente, sin necesidad de alarmas del tres al cuarto, que solo buscan réditos electorales pisoteando las más elementales normas de convivencia, de humanidad.

Una vez más queda demostrado el escaso nivel de los arribistas. Que dan más de no porque jamás podrán dar más de sí. Como mi paisano, Manuel Domínguez, al que ignoro si se le pidió el certificado de vacunaciones cuando nos llegó de Venezuela y que por la cercanía a Los Andes lo mismo…

Mañana, con total probabilidad, nos entretendremos con algo nuevo. Porque lo más nimio valdrá para arrancar otro litigio, otra polémica. A costa de lo que sea. El argumentario dispone de salidas para cualquier situación. Basta con cargar culpas en espaldas ajenas. Y a todas esas almas caritativas que hoy mismo acudan los santos oficios religiosos, recen con inusitado fervor para que ese dios invocado siga siendo ciego para siempre jamás. Amén.

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