Junto a las toneladas de carne humana, mucha mayor cantidad
del resto de mercancías que alimentan y sostienen nuestra endeble economía,
siempre pendiente de fuera. Cargueros y contenedores que son imagen cotidiana
en un archipiélago en manos de allende los mares. Keine probleme. Pas de problème. No problem.
No ha tanto nos visitó una embajada de la Agencia Espacial
estadounidense. A la que recibimos con los brazos bien abiertos y sonrisa de
oreja a oreja porque escogió uno de nuestros hospitales por si ocurriera (o
ocurriese) un percance a los astronautas en cualquier misión. Éramos en ese
entonces (ayer mismo) unos afortunados. Nada importaba si desde recónditos
lugares nos pudiesen llegar virus desconocidos sobre la faz de la tierra.
Ahora ha surgido una emergencia sanitaria. Grave, no lo
neguemos. Que también se ha aprovechado para la pertinente confrontación
política. Cualquier hecho –hasta el más leve– es excusa perfecta para atacar
sin misericordia al malvado de Pedro Sánchez, causante de todos los males del
mundo. Y cómo no lo iba a ser de que la cepa de los Andes, una de las múltiples
variantes del archiconocido hantavirus, atravesase el Atlántico para recalar en
estas peñas. Un nuevo trato colonial que hizo saltar como un quíquere a Fernando
Clavijo (y como una quícara a Rosa Dávila). ¿Por qué a nosotros y no dejarlos a
la deriva o... cañonearlos hasta el hundimiento?
Poco importó lo de los 14 pasajeros españoles. Cabo Verde
les quedaba al lado. Que es un país tan adelantado que no debería hallarse
situado en lo que, en otras ocasiones no tan peliagudas, denominamos Tercer
Mundo. Con mayúsculas, para destacar. Rechazo total a que recale en esta
ultraperiferia. Y ya puestos, ¿por qué en Tenerife y no en Gran Canaria? La
mismísima Organización Mundial de la Salud (OMS) tenía la inexcusable
obligación de ponerse en contacto directo con la consejera de Sanidad por si
esta estimaba oportuno saltarse la lista de espera. Su director general, Tedros
Adhanom Ghebreyesus, sabe perfectamente que Esther Monzón siempre coge el
teléfono, aun cuando el número es para desconfiar o se hallare (o hallase) en
sus ratos libres.
Marruecos no dejó aterrizar al avión que llevaba hasta Países
Bajos a unos enfermos. El país norteafricano se ha comportado como lo que es y
ha mostrado al mundo, también a la OMS (a la que pertenece), que eso de la
defensa de los derechos humanos sigue siendo una entelequia para los
retrógrados y carcas que aún existen. Por eso tomó tierra en Gran Canaria.
Porque no todos somos iguales, muy a pesar de Clavijos y Domínguez. Que han
puesto el rostro de la deshumanización más abyecta. Y que acudirán dentro de
unos días a las misas que oficie León XIV a darse golpes de pecho y a rezar en
voz alta su gran amor fraternal. Que tenga cuidado el Papa no sea que en su
visita al puerto de Arguineguín le sea prohibido el acceso por Onalia Bueno,
cuyo apellido echa por la borda toda su trayectoria política en materia de inmigración.
Ardieron las redes sociales –se dice– y en los perfiles
dudosos se extendía lo de la masiva queja ciudadana. Como si las expresiones
malintencionadas de los cuatro dirigentes de turno supusiesen una declaración urbi et orbi. No, ellos no representan
al pueblo canario, noble por excelencia, que sabe, desde siempre, tender la
mano al caído. Ellos son unos miserables que se erigen en falsos defensores de
una ciudadanía que ni por asomo merecen.
Canarias, afortunadamente, y muy a pesar de los cantamañanas
que ocupan poltronas, dispone de unos protocolos para actuar en caso como el
presente, sin necesidad de alarmas del tres al cuarto, que solo buscan réditos
electorales pisoteando las más elementales normas de convivencia, de humanidad.
Una vez más queda demostrado el escaso nivel de los arribistas.
Que dan más de no porque jamás podrán dar más de sí. Como mi paisano, Manuel
Domínguez, al que ignoro si se le pidió el certificado de vacunaciones cuando
nos llegó de Venezuela y que por la cercanía a Los Andes lo mismo…
Mañana, con total probabilidad, nos entretendremos con algo
nuevo. Porque lo más nimio valdrá para arrancar otro litigio, otra polémica. A
costa de lo que sea. El argumentario dispone de salidas para cualquier
situación. Basta con cargar culpas en espaldas ajenas. Y a todas esas almas caritativas
que hoy mismo acudan los santos oficios religiosos, recen con inusitado fervor
para que ese dios invocado siga siendo ciego para siempre jamás. Amén.

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