viernes, mayo 08, 2026

¿Quién ganó?

Era la pregunta obligada años atrás. Sobre todo entre aquellos que los veíamos de lejos. Desde Toscal-Longuera, por ejemplo. Que éramos completamente ajenos a la porfía entre ambas calles y no entendíamos muy bien el porqué del pique pirotécnico. Pero que echábamos mano del reloj para el minutaje de las sorprendentes lluvias de voladores que parecían eternas. Y cuando nos hablaban de las hipotéticas cantidades de dinero que se quemaban en la noche del 3 de mayo, hacíamos cruces –otras cruces– ante lo que considerábamos un despilfarro sin precedentes. ¡Ah!, y la respuesta era, invariablemente, que la calle del Sol, la del Medio o los fogueteros.

Pasó el tiempo y los devenires de la vida me trajeron a Realejo Alto. Y durante el primer trienio de la nueva estancia, casi inmerso en el meollo (más cerca no me podía quedar una de las ubicaciones: donde dispara la calle del Medio), pudo más la novedad y fui capaz de ‘soportar’ cómo caían los restos, aún incandescentes, sobre la calva. Y debías, a la mañana siguiente, darte unas refriegas en el cogote aún renqueante del esfuerzo de mirar hacia arriba la noche anterior, amén de limpiar azotea, patio y cancela de los restos de las carcasas. Pero como un servidor no era capaz de ‘vivir’ el espectáculo, de sentir esa emoción que tanto escucho en quienes han mamado desde la cuna tan magno acontecer, debí recurrir a la escapada. Y ya han transcurrido unas dos décadas en la que Jesús duerme como un bendito bien lejos de su Realejos norteño. Este último episodio, verbigracia, en La Gomera. Algo raro el que acuda a La Villa (San Sebastián) para la desconexión oportuna.

Como uno escribe, inveterada costumbre, tiene la manía de escuchar, procesar y luego sentarse ante el teclado. Y llevo un tiempo oyendo quejas de aquellos que, criados y ensolerados en alguna de los dos calles del litigio, observan atónitos una peligrosa deriva en la ancestral costumbre. Y que entienden que se pierde irremisiblemente su esencia más genuina. Porque desde que el ayuntamiento se ha encargado de la organización de las Fiestas de Mayo, prima más la rentabilidad política que cualquier otra faceta. Y cada acto se enfoca hacia la posibilidad de lucimiento personal del gobernante de turno. Que la multitud acuda al evento (vocablo preferido por el dirigente de marras), coma y beba profusamente (a ser posible gratis), olvide baches, atascos e infraestructuras lamentables, obras que se eternizan, y pague los favores concedidos cada cuatro años en la pertinente cita electoral. ¿Y la tradición? Anticuado, que eres un vetusto y refunfuñón.

Ahora se vive la hora cero, ese momento mágico en que se desborda –¿o se descorcha?– la euforia colectiva (como en fin de año pero a lo bestia) y nos llevamos de paso el esfuerzo colectivo de unas gentes que con tesón, voluntad y respeto son como hormigas recolectoras y mantienen bien alto un pabellón heredado por vínculos familiares. Las respectivas comisiones de ambas calles bien harían, entiendo, en plantarse ante los entremetimientos interesados. Porque la práctica habitual de echarse flores, incluso a través de méritos ajenos, viene a ser moneda de cambio corriente entre los cargos públicos actuales. Que primen convicciones y arraigos. Que dicte el corazón y no prevalezca el estómago agradecido.

Un político ostenta un cargo temporal. Condición a no olvidar. Y como tal tiene  una importante labor encomendada: gestionar los dineros públicos en aras del bien común, planificar y ser capaz de ver más allá de la inmediatez para que el municipio progrese y ofrezca una vida digna a sus ciudadanos. Todo lo demás, lo superfluo, es alharaca del bien quedar. Y, desgraciadamente, nos habituamos a los postureos, con sesiones audiovisuales en abundancia, como si ello constituyera una buena muestra de su quehacer.

También desde la Cruz Santa, lugar emblemático en los enrames florales de aquel bello paraje, se elevan voces para poner de manifiesto la pérdida de las señas de identidad. Porque el afán de convertir en multitudinarios los hechos que han ido jalonando la propia historia de aquel asentamiento, desvirtúan la propia idiosincrasia crusantera. Existe un evidente afán de acaparamiento por parte del Consistorio que no solo puede terminar minando la convivencia, sino que peligra el sustento histórico de costumbres y tradiciones. Lo que junto al acomodo vecinal –que me lo den todo hecho– podría desembocar en una conversión no deseada. Desde mi total imparcialidad, un último consejo: un respetito es muy bonito. Una mayoría absoluta no es patente de corso para… nada. Y las fiestas son del pueblo y no del arcarde o consejar del ramo. Sean felices y disfruten que todavía quedan actos para dar y tomar.

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