Pasó el tiempo y los devenires de la vida me trajeron a
Realejo Alto. Y durante el primer trienio de la nueva estancia, casi inmerso en
el meollo (más cerca no me podía quedar una de las ubicaciones: donde dispara
la calle del Medio), pudo más la novedad y fui capaz de ‘soportar’ cómo caían
los restos, aún incandescentes, sobre la calva. Y debías, a la mañana
siguiente, darte unas refriegas en el cogote aún renqueante del esfuerzo de
mirar hacia arriba la noche anterior, amén de limpiar azotea, patio y cancela
de los restos de las carcasas. Pero como un servidor no era capaz de ‘vivir’ el
espectáculo, de sentir esa emoción que tanto escucho en quienes han mamado
desde la cuna tan magno acontecer, debí recurrir a la escapada. Y ya han
transcurrido unas dos décadas en la que Jesús duerme como un bendito bien lejos
de su Realejos norteño. Este último episodio, verbigracia, en La Gomera. Algo
raro el que acuda a La Villa (San Sebastián) para la desconexión oportuna.
Como uno escribe, inveterada costumbre, tiene la manía de
escuchar, procesar y luego sentarse ante el teclado. Y llevo un tiempo oyendo
quejas de aquellos que, criados y ensolerados en alguna de los dos calles del
litigio, observan atónitos una peligrosa deriva en la ancestral costumbre. Y
que entienden que se pierde irremisiblemente su esencia más genuina. Porque
desde que el ayuntamiento se ha encargado de la organización de las Fiestas de
Mayo, prima más la rentabilidad política que cualquier otra faceta. Y cada acto
se enfoca hacia la posibilidad de lucimiento personal del gobernante de turno.
Que la multitud acuda al evento (vocablo preferido por el dirigente de marras),
coma y beba profusamente (a ser posible gratis), olvide baches, atascos e
infraestructuras lamentables, obras que se eternizan, y pague los favores
concedidos cada cuatro años en la pertinente cita electoral. ¿Y la tradición?
Anticuado, que eres un vetusto y refunfuñón.
Ahora se vive la hora cero, ese momento mágico en que se
desborda –¿o se descorcha?– la euforia colectiva (como en fin de año pero a lo
bestia) y nos llevamos de paso el esfuerzo colectivo de unas gentes que con
tesón, voluntad y respeto son como hormigas recolectoras y mantienen bien alto
un pabellón heredado por vínculos familiares. Las respectivas comisiones de
ambas calles bien harían, entiendo, en plantarse ante los entremetimientos
interesados. Porque la práctica habitual de echarse flores, incluso a través de
méritos ajenos, viene a ser moneda de cambio corriente entre los cargos
públicos actuales. Que primen convicciones y arraigos. Que dicte el corazón y
no prevalezca el estómago agradecido.
Un político ostenta un cargo temporal. Condición a no
olvidar. Y como tal tiene una importante
labor encomendada: gestionar los dineros públicos en aras del bien común,
planificar y ser capaz de ver más allá de la inmediatez para que el municipio
progrese y ofrezca una vida digna a sus ciudadanos. Todo lo demás, lo
superfluo, es alharaca del bien quedar. Y, desgraciadamente, nos habituamos a
los postureos, con sesiones audiovisuales en abundancia, como si ello
constituyera una buena muestra de su quehacer.
También desde la Cruz Santa, lugar emblemático en los
enrames florales de aquel bello paraje, se elevan voces para poner de
manifiesto la pérdida de las señas de identidad. Porque el afán de convertir en
multitudinarios los hechos que han ido jalonando la propia historia de aquel
asentamiento, desvirtúan la propia idiosincrasia crusantera. Existe un evidente
afán de acaparamiento por parte del Consistorio que no solo puede terminar
minando la convivencia, sino que peligra el sustento histórico de costumbres y
tradiciones. Lo que junto al acomodo vecinal –que me lo den todo hecho– podría
desembocar en una conversión no deseada. Desde mi total imparcialidad, un
último consejo: un respetito es muy bonito. Una mayoría absoluta no es patente
de corso para… nada. Y las fiestas son del pueblo y no del arcarde o consejar del
ramo. Sean felices y disfruten que todavía quedan actos para dar y tomar.

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