lunes, junio 22, 2026

El que pueda hacer

No fue una simple ocurrencia en contexto distendido. Era toda una carga de profundidad. Una orden que se ha venido ejecutando por diferentes actores conforme a un guion perfectamente trazado. Protagonistas, sin duda, en esa labor de acoso y derribo, algunos culichiches con túnica. Sí, me arrogo esa libertad de expresión. Y al que se pueda sentir identificado, escondido no estoy. Ni tampoco fugado, porque mis escoltas no se prestan a componendas.

La separación de poderes se halla bien definida en la Constitución, pero es mera entelequia en la práctica cotidiana. Y todo porque uno de ellos, el Judicial, se cree intocable. Quienes lo conforman se han erigido en seres superiores no sujetos a críticas ni reproches. Su labor, eso entienden, no está sujeta a control alguno. Pueden hacer y deshacer a su antojo. Las normas son para el resto de mortales. Lo de aplicar las leyes se les ha quedado muy corto. Quieren ir mucho más allá y actúan torticeramente en los procedimientos. No cuidan siquiera las apariencias. Da lo mismo. Yo soy yo, sin circunstancias. Principios jurisdiccionales se ha tirado al cubo de la basura sin el menor recato. La toga me protege. Y el órgano encargado de corregir desviaciones parece más preocupado en que nadie ose alzar la voz, que en reconducir una situación que desbarra en abundancia. Nosotros, los mortales, debemos conformarnos con el fútbol (por eso el Mundial amplió el abanico) o ir a las verbenas de los festejos populares (gracias PP realejero). Los temas de enjundia no se hallan sino al alcance de mentes privilegiadas.

Cuando uno, ignorante redomado, observa estos andares se pregunta por qué un elegido en proceso democrático transparente está sujeto a todo tipo de disparos mientras otros afortunados, ascendidos por méritos, puede que hasta dudosos, se ofenden sobremanera –incluso reclaman una no disimulada impunidad– cuando se le cuestionan resoluciones que chocan con algo tan elemental como es el sentido común. No creo que el legislador obviara el denominado derecho consuetudinario. Y es que a los usos y costumbres se recurre desde que el hombre inventó lo de un “mal arreglo antes que un buen pleito”. Porque el evitar un proceso judicial será tónica dominante ante el temor, nada injustificado, de que se cuele un Peinado, verbigracia, en tu camino.

Interpretar la ley a través de los más intrincados subterfugios, vericuetos inverosímiles y artificiosos considerandos, donde prima la objetividad más obscena, no es –no debe ser– el paradigma de un estado de derecho que se precie. Se empeñan algunos en poner la justicia a los pies de los caballos. ¿Les guía solo el protagonismo o existen espurios intereses detrás de las decisiones? ¿Hacen honor ciertos fallos a su definición más etimológica: acción y efecto de fracasar?

Sabemos cómo se mueve el periodismo actual. Arrimado a dornajos empresariales y pasándose por el arco del triunfo todos los principios deontológicos que deben ser norte en tan noble profesión. Que pone mil reparos a reconocer lo que son patentes casos de lawfare: instrumentalización de la justicia para lograr objetivos políticos o estratégicos, en lugar de aplicarla de manera imparcial y equitativa. ¿Qué delito cometo si sostengo que –y este último paso del titular del juzgado de instrucción número 41 de Madrid ya es el colmo de los despropósitos– se ha valido de procedimientos judiciales con fines políticos, para desacreditar, inhabilitar o perseguir a un adversario, manteniendo una apariencia de legalidad? Pues que me encierren para siempre jamás, porque escrito queda. La inquina, animadversión, obsesión, afán de protagonismo con sus minutos de gloria, cuando no el odio más visceral (y no sigo porque se me acaba el folio) es, presuntamente, la prueba inequívoca de… la nota de corte exigida para estudiar el grado de Derecho.

Ya no bastan toques de atención a instrucciones descarriadas. El Consejo General del Poder Judicial se va a quedar con menos crédito que mi tarjeta bancaria. Si ante estas flagrantes muestras se muestra tan dubitativo, ¿qué más burradas debe acometer el susodicho para que la podredumbre no siga extendiéndose? Es tan grave la putrefacción existente en la plaza de Castilla (patente hasta en la composición escrita de los autos) que o se elimina este garbanzo negro –ante el temor evidente de pandemia– o no habrá mascarilla, homologada o sin etiqueta, que sea capaz de eliminar el tufo y la pestilencia.

Qué triste imagen. Cuánta vergüenza. ¿Hasta cuándo o dónde soportar la pesada losa del estigma? No persistan en seguir compartiendo aquel adagio periodístico de “perro no come perro”, porque el lodazal acabará ahogándolos a todos. Pisen el freno o el peligroso descenso acarreará fatales consecuencias, ya que no habrá zona con grava que pueda detener el desbocado convoy.

Los magistrados conservadores del CGPJ necesitan más tiempo para reflexionar. ¿Hasta que se jubilen todos y se marchen de rositas con encomiendas, medallas y condecoraciones varias?

Y el que pudo hacer, hizo. ¿Suma y sigue?

No hay comentarios:

Publicar un comentario