miércoles, junio 24, 2026

Superávits y trampantojos (1)

Permítanme un inciso previo de rigor. Como el artículo anterior versó de las derivas judiciales y hemos conocido la sentencia del caso Mascarillas, no cuestiono las condenas a Koldo y Ábalos, pues si ha quedado demostrado que metieron la pata, perdón, la mano, las golferías se pagan. Y más si existe prevalencia de un cargo público para la comisión de fechorías. Pero sí me preocupa el cómo se argumenta. Y las redacciones en determinados pasajes solo acrecientan dudas de lo que debería entenderse por repartir justicia de manera imparcial. Porque los fundamentos jurídicos no pueden quedar al albur de interpretaciones que parecen depender del estado de ánimo del magistrado de turno y, lo que es mucho peor, de sus filias –o fobias– políticas. Si al descrédito actual se suman decisiones harto dudosas, diera la impresión de que de leguleyos va la cosa. Lo de Aldama, para varias tesis doctorales.

Cambiemos de tercio y sujetémonos al asunto de hoy. Seré pesado –qué le voy a hacer– pero como fui cocinero antes que fraile, creo tener razones para discrepar cuando lo entienda necesario. Y por ello no me alegra lo más mínimo el que mi ayuntamiento presuma de tener muchos millones en los bancos. El dinero de los impuestos (no olvidemos de que todo sale de ahí) no puede servir para engordar capitales, sino para atender necesidades perentorias de la ciudadanía. Así que recurro al trampantojo (trompe-l´oeil: engañar al ojo); según la RAE: trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es.

El grupo de gobierno en el ayuntamiento realejero nos sorprende cada año con unos superávits millonarios. Presumen de aprobar los presupuestos municipales en tiempo y forma. Algo de lo que me alegro y los felicito por tal diligente gestión. Pero no todo consiste en plasmar en un papel unos números que ponen de manifiesto el equilibrio entre los capítulos de ingresos y gastos. Porque si las cuentas ascienden, por ejemplo, a cuarenta millones de euros, no es de recibo (es su expresión favorita, ¿no?) que se liquide el ejercicio económico y venga a resultar que nos queda en la hucha (el cochinito de oro, que bautizara Manolo con su visión de empresa privada) una importante cantidad sin ejecutar. Porque la buena gestión no consiste en eso, sino en todo lo contrario. Le viene ocurriendo al Gobierno de Canarias, eterno llorón ante las arcas nacionales, y que devuelve cada año ingentes sumas de millones ante la incapacidad material de poder gastar todo lo recibido. Dicho en román paladino: si sobra es que hay.

En el ayuntamiento de la Villa de Viera ocurren hechos de muy difícil comprensión para el ciudadano de a pie. No es normal que un perfil de concejal nos valga para un roto y para un descosido. Ser especialista en todo se ha convertido en ejercicio frecuente. Deben ser cosas de la inteligencia artificial, porque la natural brilla por su ausencia. Vistas las mayorías absolutas del Partido Popular, y con los ánimos predispuestos para contentar a elegidos, y nutrido grupo de allegados, se crean chiringuitos por doquier. Y así, de tal guisa, da lo mismo que tu formación profesional (en el supuesto e hipotético caso de poseerla) señale que tus aptitudes te encaminen hacia lo que se espera en tal o cual concejalía. En un mandato puedo ser concejal de Hacienda y en el siguiente de Urbanismo. El otro lo ha sido de Fiestas y luego se reconvierte para llevar Cultura. Lo malo es que esos portentos no están demostrando en la práctica que se cumple con aquello que se espera en dicha área.

Convocar una rueda de prensa o elaborar una nota informativa para comunicar la buena nueva de existir un desfase millonario entre lo recaudado y ejecutado, solo viene a indicar una ineptitud galopante. Que una institución pública se jacte por disponer de una caja repleta de billetes, mientras el pueblo adolece de problemas de infraestructuras más que patentes, es buena muestra de esa visión mercantilista del que entiende un ayuntamiento como una empresa ávida de beneficios. Y utilizar la web municipal para la promoción de esta y otras hazañas de los respectivos equipos de gobierno, una inmoralidad, cuando no un gravísimo pecado mortal que no sé si León XIV podrá perdonar por mucho que se acuda ante él a darse golpes en el pecho. Pues lo que debería ser el altavoz corporativo no es un medio más, y gratuito, para que el partido en el machito alardee.

(continuará)

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