Si a uno le revisan hasta los calzoncillos en los aeropuertos,
¿qué control pasaron los revólveres para salir de Ankara? Hace dos noches soñé
cómo Trump jugaba con el obsequio en el Air Force One teniendo un retrato de
Maduro enfrente. Los cuatro pelos que me quedan se me pusieron como tachas. O
este mundo gira al revés o soy yo el que se está volviendo majara. Debe ser
esto último, pues no atisbo demasiada preocupación sobre la faz de la Tierra.
Algo que debería figurar en mente de todos, como es el siquiera cuestionarse en
manos de quiénes estamos, pasa completamente desapercibido y seguimos viviendo
felices como si aquí no ocurriese nada significativo. Y habitamos en un polvorín
que un mal día de estos nos va a dar un soplamocos más potente que el
tristemente famoso doble terremoto de Venezuela.
Yo ya tengo mi edad, que se dice, y me hallo en la cuesta de
bajada. Pero estas alegrías –¿o debo escribir pasotismo?– me preocupan
sobremanera. Nos estamos cargando sin remisión principios y derechos que
costaron múltiples sacrificios alcanzarlos. Seguimos depositando nuestra
confianza en energúmenos e indocumentados que acabarán por convertir el otrora
planeta azul en un erial que ni pa´ chochos. Y esta moda se extiende peligrosamente.
A todos los niveles y en todos los estratos. Incluso la denominada política más
cercana, la local, comienza a adquirir tintes alarmantes. Estamos tendiendo la
mano y dando carta de naturaleza a ideologías y comportamientos que supondrán,
en un futuro no tan lejano, nuestra ruina. Con el consiguiente peligro de que
el concepto de sociedad actual desaparezca. O, al menos, retroceda a épocas que
creíamos felizmente superadas.
La paradoja de gentes supuestamente cada vez más preparadas
es directamente proporcional a la degradación en valores. El a mí qué me importa,
yo paso olímpicamente, ande yo caliente, subir escalones machacando al que se
queda debajo… se han convertido en la meta fácil. Y los cargos públicos, en
todos los rangos y niveles, parecen empeñados en darles la razón. Porque muchos
comportamientos no contribuyen a que el esfuerzo y el respeto marquen la pauta.
No me gusta el andar de la perrita cuando atisbo cómo las excepciones tienden a
generalizarse.
Dado que raros son los ejemplos en que cualquier puesto de
relevancia no lleve adheridas etiquetas de asesorías y prebendas varias, me
extrañan las salidas de todo de algunos dirigentes. Bueno, meteduras de pata.
Que después suelen ser matizadas, pero cuando el daño ya se ha causado. En
todos los ámbitos. También en el judicial, con el peligro añadido que entraña.
¿Tan complicado es que a ANF (lo copio de un amigo, y es solo un botón del
muestrario) le pongan un pinganillo en todas sus entrevistas a fin de evitar
que meta a pata?
Y volviendo al principio me pregunto: ¿son los revólveres de
Erdogan la contribución europea al incremento armamentístico propuesto por el maniático
(chiflado, loco, ido, enajenado…) yanqui? ¿No le basta al excéntrico magnate el
negocio futbolero del Mundial? Ay, Erdogan, no solo la cagas sino que te reímos
la gracia. Esperemos que la IA nos saque del apuro, porque la natural me da que
no. Ya contribuye a mejorar los perfiles en redes sociales eliminando arrugas,
papadas y dejando caritas frescas y sonrosadas cual culito de bebé recién
bañado. Lo que demuestra qué nerviosos estamos ante el caos social. Con iconos
del bien quedar vamos servidos. Viva el vino.

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