Poco falta para que se considere la posibilidad de ampliar
límites en esas pretendidas normativas que solo significan retroceso en las
mayorías sociales y siempre en beneficio de los cuantos pudientes que entienden
que el dinero es capaz de correr tupido velo. La teoría hipócrita del que se cree
ungido por el mero hecho de haber venido al mundo en el seno de familia pudiente.
Esos a los que la iglesia protege confundiendo caridad con cobijos interesados.
Me cuestiono que si la vida cuenta desde el primer grito... de placer
durante el coito –¿por qué te ríes?; estamos a un solo paso de que Ayuso cuele
su abortos en las disposiciones transitorias o finales– el siguiente peldaño en
la escalera de los despropósitos será declarar asesinato en primer grado toda
eyaculación masculina durante una masturbación en soledad. Porque esa alocada
carrera de una legión de espermatozoides podría equiparse a un cayuco lleno de negritos
que se lanza a la mar océana con la esperanza de alcanzar la luz de un faro
(Orchilla, verbigracia). Pero que zozobra en la tracionera y maldita ruta
atlántica.
¿Rizar el riso? No, lo siguiente. Y todo para que el
entramado quede al albur de argumentaciones y considerandos de cualquier juez.
Que podrá pasarse, o no, por el forro la parte dispositiva de la norma y retorcer
autos y sentencias con farragoso lenguaje para inclinar la balanza en función
de apetencias, animadversiones o estados de ánimo. Como cuando el Papa dijo
aquello de que hoy no me levanté muy católico.
Ojalá fuera solo la ironía la guía de todo aquello que
escribo. Pues ni es burla disimulada ni recurso para dar a entender algo contrario
o diferente. Aunque la definición más certera sobre este recurso me la tropecé
unos días atrás: ironía es darte un golpe con una enciclopedia y perder el conocimiento.
En la actualidad habría que cambiarla (enciclopedia) por la IA. Ayuda a la que
aún no me he visto en la obligación de recurrir. Y trataré de evitarlo en la
medida de todas mis posibilidades. Como hice con la esclavitud del teléfono
móvil hasta que no me quedó más remedio que pasar por el aro. ¿Cabeza cuadrada?
Seguramente.
La RAE, con sede en Madrid, deberá ponerse las pilas y
seguir los doctos principios morales, éticos y fruteros de la presidenta
autonómica. Como primer paso, cambiar la definición de neonato (recién nacido;
de 1 a 28 días, por ahora, aclaro). Y una vez que la nueva propuesta se halle
sobre la mesa (de aquellos polvos, estas paridas), recurrir a la precitada IA
para que nos actualice los amplísimos espectros de las ciencias biológicas, químicas,
físicas, genéticas…
Las prácticas que ya realizan PP y VOX en diferentes
comunidades autonómicas no presagian buenos augurios. Si fuese el preámbulo de
lo que pudiera sobrevenir a escala nacional, propongo a las industrias
farmacéuticas que incrementen exponencialmente la producción de tranquilizantes.
Ya saben que la naturaleza, de vez en cuando, nos sorprende con algún aborto.

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