31/08/2026

Dióscoro Galindo (y 4)

Y concluimos este humilde recordatorio –uno no es historiador ni su cometido es el de investigar; solo pretendo aportar granitos para trabajos de mayor enjundia, que dejo para mentes mejor amuebladas– con otra reseña incluida en el Capítulo X: Tercer soporte del edificio: los escolares.

“La vil explotación de que son objeto los niños por los autores de sus días, dedicándolos a trabajos prematuros en vez de mandarlos a las escuelas, lo que deforma y debilita su tierno organismo y sume su inteligencia en la más negra tiniebla de la barbarie, es la causa del tremendo analfabetismo”, según leemos en la contundente respuesta de un maestro nacional, Dióscoro Galindo González, en artículo ya reseñado en anterior capítulo, a un artículo publicado en La Prensa, y que éste publica en El Norte de Tenerife ( La Orotava, 5-noviembre-1919, Época II, número 66, páginas 1 y 2) bajo el título de Impugnando una calumnia”.

Analfabetismo que también en La Orotava, al igual que hizo en sus otros destinos, Dióscoro Galindo González quiso combatir con las clases nocturnas para adultos. Hecho que no solo chocaba con  las mentes cerradas y embrutecidas de los hipotéticos alumnos, sometidos a los dictados caciquiles de los terratenientes para los que trabajaban, sino con la escasa, por no decir nula, colaboración de las autoridades, en las más de las ocasiones auténticos peleles en manos de los que manejaban los hilos.

De las conclusiones, un botón:

“La instrucción para un modesto labrador debía conducir a lograr un hombre religioso, buen ciudadano, buen vecino y cuidadoso padre de familia. La necesidad imperiosa del alimento diario, del apego a una tierra que daba poco y rendía menos, desembocaba en razonamientos de lógica aplastante para quienes su horizonte no distaba sino el medio metro escaso entre su espalda curvada y el suelo que le brindaba su fruto: Lo que ha de gastar en libros, que es alimento para el espíritu, lo emplea en pan, que es sustento para el cuerpo. Y cuántas veces hubo de pasar el propio maestro por tal tesitura. Porque a su tremenda vocación le podían las punzadas de un estómago vacío”.

Independientemente de la tarea investigadora que reflejas en el trabajo, y cuyo anexo de fichas periodísticas y diversa documentación así lo atestiguan, me señaló quien lo dirigió: Lo has redactado de manera tan amena que diera la impresión de que su elaboración está encauzada a una publicación en formato libro. No sé hacerlo de otra manera, le respondí, y si los cánones universitarios entienden que estas tareas solo van encaminadas a ilustres de título y pedestal, conmigo que no cuenten. Mis destinatarios, si los hubiere, son aquellos que conforman pueblo, mucho más sabios, dentro de sus notorias carencias, que los encumbrados que tuvieron la suerte a su lado. Su defensa (contando con la ventaja de unos cuantos años a la espalda) tuvo un altísimo porcentaje de espontaneidad y un mínimo del rigor académico que había observado en situaciones similares. Jesús, el que tuvo la oportunidad de compartir unas horas con don Antonio González (el motivo fue una entrevista para una asignatura denominada Periodismo científico) hizo, desde aquel entonces, una promesa: la de seguir siendo un mago de Los Realejos, como él proclamó a los cuatro vientos cuando le hicieron entrega del premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1986. Aquellos doctos examinadores, una vez calificada la faena, me brindaron la oportunidad de cambiar de aires e irme como profesor a la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Invitación que, obviamente, rechacé. Porque la etiqueta de maestro de escuela estaba tan adherida que, aun hoy, con diecisiete cursos jubilado, no he podido despegarla. Afortunadamente. El que nace barrigón…, que decía mi padre.

A perdonar la extensión, que obligó al fraccionamiento, pero, así lo entiendo, la ingesta en pequeñas dosis hará valorar en mayor profundidad la figura de un docente ejemplar: Dióscoro Galindo. Se perdió un veterinario, pero se ganó un excelente maestro. Que debió lidiar con muchos animales, incluyendo sus asesinos. Paradojas de la vida; y de la muerte. Aquellos avances en el campo educativo de la II República fueron cercenados. Y de qué manera. Pero la sangre derramada hizo germinar semillas. Aunque la cosecha tardase décadas en irse recogiendo. Honor y gloria a quienes lo hicieron posible. Y a los más jóvenes, un consejo: lean e instrúyanse. No caiga sobre ustedes esa pesada losa en la que se acumulan los errores de un pasado no tan lejano. Los de mi quinta nos vamos, pero ustedes están a tiempo de hacer posible que se vayan disipando negros nubarrones.

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