El 18 de mayo del año en curso –cinco meses largos–, y aconsejado
por la propia policía municipal, que debió hacer acto de presencia en dos ocasiones
para poder sacar el fotingo del garaje, dirigí atenta instancia al Consistorio
para aumentar un metro la señalización pertinente, hasta el máximo permitido en
la correspondiente ordenanza (5 metros).
Te conté que a los tres meses (17 de agosto), cansado de
esperar, me entrevisté (previa petición de la pertinente cita) con la concejala
responsable, Noelia González Daza. ¿Qué saqué en claro? Nada. Más bien salí del
edificio de la Avenida de Canarias, planta 3ª, más oscuro de lo que entré.
Porque intentar convencerte de que ese periodo de tiempo (un trimestre) para una
diligencia, aparentemente simple, es algo normal en la tramitación
administrativa de cualquier expediente, no entraba en mis cálculos, ni en mis
riñones. Algunos tardan mucho más, me
espetó la concejala de urbanismo. Vaya consuelo, pensé.
Estuve un mes de garbeo por tierras andaluzas y en la mente
un único pensamiento: cuando regrese, por fin, tendré ampliada la raya
amarilla. Mi gozo en un pozo. El 14 de octubre, cuando aún navegaba rumbo a
esta isla ultraperiférica, recibo una comunicación en la que se me señala que,
tras el preceptivo informe policial, se me concede la oportuna licencia. Como
el día siguiente no me es posible acceder al enlace remitido para darme por
notificado, acudo el ayuntamiento y cumplo presencialmente con el requisito.
Hoy es, si mis cálculos no fallan, 24 de octubre, víspera del
cambio de hora (atraso) que nos trae de cabeza desde 1974. Pues me da que la
máquina del ayuntamiento realejero lleva, asimismo, demasiado tiempo gripada,
con retrasos más que evidentes. Y mientras se incrementan considerablemente los
puestos de liberados y cargos de confianza (asesores de cualquier cosa),
escasean los de aquellos que hacen funcionar el motor. Es decir, muchos
conductores y pocos mecánicos currantes.
No puedo, pues, ir a comprar aún los fuegos artificiales prometidos.
Porque ni disponiendo de la autorización, hace acto de presencia la pintura
amarilla. Hará una semana que hubo no sé qué acontecimiento deportivo en Los Príncipes.
Pues no tuve entretenimiento yo para que no me ocuparan los cuatro metros ya signados.
Porque el que es carota, se le importa un pimiento señales y placas. Fuerte
calvario, señor.
Y por la presteza y diligencia de la señora –o señorita–
concejala, compruebo que la van a premiar con un lugar de relevancia en la candidatura para que
aspire a un puesto de diputada nacional en esta próxima convocatoria electoral.
Por lo que las felicitaciones y parabienes en redes sociales de los chupatintas
y correveidiles no se ha hecho esperar. ¿Felicitarla por qué? ¿Qué méritos
concurren para tal honor? ¿La tramitación, quizás, del Plan General de
Ordenación? ¿El haber logrado anquilosar la máquina administrativa hasta
extremos que rayan la desvergüenza? Deben ser las cosas de Manolo. Al que se le
ve el plumero, con el beneplácito de Clavijo, en el siguiente Decreto: 162/2026, de 22 de
octubre, por el que se nombra a Dña. Laura María Lima García Directora General
de Emergencias. Traemos a una y embarcamos a otra. Intercambio de cromos. Valen
para todo. Qué portentos.
En fin, ya nada me extraña. Aquí no se trata de valorar capacidades sino de premiar adhesiones. Cuando en el Congreso de los Diputados se apruebe cualquier otra ley para agilizar la administración pública, a buen seguro que Noelia levantará la mano, siguiendo las instrucciones que dicte el que señala con los dedos el botón a pulsar, y ni siquiera recordará su andadura municipal y la escasa diligencia habida en su ya larga trayectoria. Pero como el autobombo pesa más que cualquier otra consideración adversa, se corre (es)tupido velo y a otra cosa, mariposa. Mientras, el funcionario, que debe dar la cara ante el cansado contribuyente, tendrá que armarse de la paciencia del santo Job para lidiar situaciones que le sobrevienen por la incompetencia e ineptitud de dirigentes bien pagados. Que serán virtudes –incongruencias de la vida– para medrar en sus formaciones políticas y ascender peldaños en esa escalera de la ignominia. Echamos de menos a don Domingo, el de La Hoya, y nos harían falta unos cuantos ahora mismo. Donde la ecuanimidad vuelva a hacer acto de presencia. Y mañana será de noche a las siete de la tarde. Nos acostaremos como las gallinas.

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