sábado, 10 de octubre de 2009

¡Albricias!

Por fin: las 11.40 horas del 9 de octubre (viernes); suena el móvil (¿no dijiste que no tenías?) de mi mujer; sí, y diga, y tal y cual; llamo desde el ayuntamiento de Tacoronte; sí, otra vez, ya me enteré por algún medio de comunicación; sí, bueno, es que… -lenguaje estilo Raúl, futbolista, se le perdona-; ya está el cheque preparado; ¿sin anestesia?, un momento que busco un hueco en mi agenda, lo siento, hasta el martes o miércoles…
¡Albricias!: del árabe al-bisara (la buena nueva), interjección para indicar que se siente una alegría muy grande. Por cierto, ‘albricias’ no debe emplearse con el significado de ‘enhorabuena’ o ‘felicidades’; es semánticamente incorrecto. Por lo tanto, yo les grito ‘albricias’ y ustedes me contestan: ‘vete al carajo’.
En una entrada anterior les había prometido un adelanto. Como no es cuestión de reproducir íntegramente el romance, vaya un aperitivo. Claro, tratándose de turrones, qué otra cosa podía ser. Se trata de la familia (se retratan varias) que guarda relación con la fotografía bajada de Internet.
Familia Pérez
Otro grupo familiar,
que nuestra glosa merece,
comenzó su singladura
por los inicios del veinte,
siendo la piedra de arranque
doña Carmen Pérez Pérez
la que junto a su marido,
Francisco Frías Gutiérrez,
dedicó toda su vida
a otros muchos quehaceres:
animales de crianza
y en el c
ampo padeceres,
junto con los ocho críos
que a la pareja Dios diere,
a quienes desde pequeños
la tradición les convence,
para ser Olivia y Ofelia
las que mayor pasión sienten,

y por pueblos de la isla

el sabroso turrón venden.

Se me olvidaba mentar
que a doña Carmen concede
el ilustre ayuntamiento,
puesto que bien lo merece,
en el año setenta y uno,
una placa que refleje
el cariño popular,
y plasme en letra indeleble
que la buena calidad
es algo que se agradece.
Casada con Victoriano,
doña Olivia Frías Pérez
seis hijos al mundo trae
y de ellos cuando crecen,
sólo Nicasio Francisco
seguirle los pasos quiere,
y en el puesto de su madre
presta ayuda en lo que puede.
Con los turrones Olivia,
pues ella nombre le diere,
ocurrió por Candelaria
que el que fue sitio de siempre,
en una fiesta quitaron
y ella la marcha emprende
para quejarse a la Virgen
a la cual vela le enciende.
Y en lugar tan apartado,
do situado la hubieren,
las ventas se prodigaron
en ese día y siguientes,
teniendo que reponer
mercancía varias veces,
porque abasto ya no daban:
un milagro tal vez fuere.
Tradición sacrificada
que por fortuna no muere,
pues aunque Ofelia lo duda
y ella misma no cree
que sus nietos continúen,
en su puesto es frecuente
comprobar con alegría
que más de uno es consciente
y ha recogido el testigo:
el futuro en el presente.
La hermana pequeña, Ofelia,
recuerda que antiguamente
grandes penurias pasaron:
compraban los ingredientes
en la venta sin dinero,
y muchas deudas pendientes
dejaron siempre al albur
de que el turrón se vendiese.
Recuerda que de menuda
en el Monte Las Mercedes
bajando hacia Taganana,
junto a su padre se pierde
cuando llevan el turrón
que abajo su madre vende,
pues hubo que reponer
ante la venta tan fuerte,
y dan gracias a un cabrero
por guiarlos gentilmente…

Cordiales saludos.