domingo, 11 de octubre de 2009

Móviles

Los de Manrique (foto), no. Los otros, los de la oreja. Bueno, te lo cuento con una historia, real como la vida misma.
Salgo a caminar un rato allá cuando el sol ya no hace tanto daño (hay que seguir los doctos consejos de los dermatólogos). Como vivo en Realejo Alto y este pueblo tiene pendientes para dar y tomar, cojo el coche y me voy para zonas más bajas. Aparco donde el terreno suavice un fisco y se torne más horizontal. No importa que ya me halle en Puerto de la Cruz o La Villa. Me he considerado siempre –y continúo– ciudadano del Valle. Cierro el susodicho y a patear.
Pasas por cualquier parada de guaguas. Esperan dos, tres o cuatro. Todos portan elegante móvil con magnífica cobertura (se salen las rayas del cuadrito). Uno, mientras da varios pasos en una dirección y otros tantos en la contraria, debe estar indicándole a la pareja la cantidad de sal que debe poner al huevo. Lo deduzco por los movimientos de las extremidades superiores. Otro, sentado en el bordillo de la acera, con la mirada fija en la pantalla, ejercita ambos pulgares a velocidad pasmosa (hoy bate su propio récord). El restante –o restantes– interrumpe la batallita que contaba a vete a saber tú, levanta el brazo libre, con el que hacía aspavientos cual aspa de molino hace un instante, y saluda al bobo de turno que conduce –a una mano– un seat panda (dice el corrector que ponga la marca con mayúscula; chacho, ese fisco fotingo) a toda leche y quemando las ‘firestones’, mientras, por supuesto, habla por el móvil (a lo peor con el mismo que está saludando).
Cruzo el polígono de San Jerónimo desde la rotonda de la fuente luminosa hasta San Nicolás. Unos cuatrocientos conductores se van agarrando la oreja. Debe haber mucho criticón por estos contornos, pues es raro a quien no le pica el apéndice auditivo. Ya voy entendiendo el concepto de ‘manos libres’: conducen sin ellas, el coche va solo, son automáticos, de control remoto.
Cruzo el puente y atravieso hacia El Durazno. En aquella cafetería en la que siempre nos vemos tras copiosa comida para echarnos ‘el cafenito y el chupito’, varias motos y coches de la policía. Se van un par de ellos y… ¡hablan por el móvil! Deben estar de servicio, que se dice.
Me canso y agarro la primera guagua que pasa. Peor el remedio que la enfermedad. En el corto trayecto, un par de ‘empresarios’ llevan a cabo unas quinientas operaciones mercantiles. Todas acaban con el ‘déjalo de mi mano’.
Ya estoy en casa. Suena el móvil de mi mujer: “Toma, es para ti”. ¡La madre del cordero!
Mañana, aunque es festivo, no pienso desconectar, seguiré en stand by. Saludos.