martes, 13 de octubre de 2009

Trenes

Yo también quiero. Es la canción que se han aprendido los ayuntamientos del Norte y la repiten que es un disgusto escucharlos. Hace más de un siglo estuvimos a punto de traer el entonces tranvía hasta Puerto de la Cruz (repasen hemerotecas). Se quedó en Tacoronte hasta que las guaguas se lo cargaron. Ahora, saturadas las carreteras, necesitamos desahogos. El nuevo tranvía entre Santa Cruz y La Laguna ha demostrado que otros modos son posibles. Como esta isla nuestra es la más grande –ni comparancia–, caben perfectamente dos líneas: hacia el Sur y hacia el Norte. Los sufridos trabajadores que deben levantarse de madrugada para ir al curro al otro extremo de la isla, lo tendrán –eso dicen– mucho más fácil. Incluso rebajarán la tensión que supone llevar un volante en las manos y mientras van cómodamente sentados pueden leer el periódico, encender el portátil o echar la penúltima cabezadita.
Pero hete aquí que los alcaldes se han puesto a pensar. Y cuando estos especímenes echan a funcionar sus pocas o muchas neuronas, tiemblen ciudadanos de a pie. Todos quieren una parada –o dos– en su territorio. A este paso creo que tendremos que seguir durmiendo más bien poco. Y no comprendo esta preocupación, porque ellos, con toda seguridad, no tendrán necesidad de agarrar el dichoso trenecito. Para eso está el coche oficial y conductor por el mismo precio. Salvo Ricardo Melchior, que bajó un cachito de Teide con el trípode al hombro, y Paulino Rivero, romero por obligación…
Si en aquel entonces la guagua se cargó al tren, y con el paso del tiempo pusimos la directa y la que entra a los pueblos, hagamos lo mismo con el nuevo invento: uno, para los currantes, directo hasta la capital (una de las dos, la segunda está en una isla tan pequeña que no cabe la terminal), y el otro para los turistas, con grabación incluida (a la derecha de los señores pasajeros, la Iglesia de la Concepción, a la que el grupo folclórico Higa viene a tocar la misa el día de la romería de San Isidro, y a la izquierda el Calvario y la casa del alcalde…).
Muchacho, culo veo, culo quiero. Cuando Pepe Segura inventó el P.I.R.S., nadie quería que en su pueblo se pusiesen las estaciones de transferencia (no sé si se les llama así a los puntos donde los camiones de los pueblos dejan los residuos sólidos para que, luego, los contenedores los trasladen hasta Arico), y mucho menos el vertedero. Ahora todos demandamos estación (o estaciones). En las que cada uno de los alcaldes y una sola alcaldesa (La Laguna, El Rosario, Tegueste, Tacoronte, El Sauzal, La Matanza, La Victoria, Santa Úrsula, La Orotava, Puerto de la Cruz, Los Realejos, y ya puestos, San Juan de la Rambla, La Guancha, Icod de los Vinos, Garachico, El Tanque, Los Silos y Buenavista; ¡Uf!, ¿se me quedó alguno?), banderita en mano, gorro y silbato, autoricen las entradas y salidas.
Y Almodóvar traerá a Penélope, y con El Teide al fondo…
Bueno, mañana más.