miércoles, 18 de noviembre de 2009

Desastres meteorológicos

«Tras esos tan terribles preparativos siguieron aumentándose más y más hasta las cuatro de la tarde, que empezó a llover con violencia y a hacer viento por la parte del Sur. Por momentos se reunía la fuerza de estos dos elementos, y, a las seis de la tarde, ya corrían los barrancos, con más abundancia el que llaman de “Godínez” y el de la “Raya”.
A las ocho de la noche ya había mucho sobresalto en las gentes por la violencia del agua y del viento que atemorizaba. Por todas partes no se oía sino un ruido general causado por el viento y el agua de los barrancos. Los vecinos, por muy inmediatos que vivieran, aunque gritaran no se oían unos a otros, ni aunque pidieran socorro podían favorecerse, pues no se atrevían, ni podían, salir de las puertas de sus casas. Todos esperaban perecer en la violencia del viento, del agua y bajo las ruinas de sus casas, que no podían sus techos resistir el peso del agua y del viento. No quedó nada que no sufriera algún estrago.
Este tan violento temporal, sin haber la menor interrupción en su fuerza, siguió hasta la una de la madrugada. A esa misma hora se observó el trastorno más general en la naturaleza; de todas partes soplaba el viento y atacaba el agua, por todas partes se veían relámpagos de modo que en el aire no se notaba oscuridad alguna, porque parecía que el cielo estaba ardiendo y sus llamas iban a abrasar la tierra.
En medio de esta batalla de todos los tiempos, el Norte empezó a dominar e, inmediatamente, se sintió, en medio de tanto ruido, otro más fuerte. Muchas personas se creían que el mar venía a cubrir la tierra, porque el mismo subía del mar hacia arriba. A la una y media pasó con mucha rapidez por el aire, pero muy cercano a la tierra. El ruido era ocasionado por la multitud de agua que conducían las nubes, cuya violencia fue a descargar en los montes. Se conoció con esto la misericordia de Dios que, aunque sus justicia amenazaba con tan justo castigo, después de ponerle a nuestra vista, lo retiró a las desiertas montañas para que admirásemos su omnipotencia y, al mismo tiempo, su misericordia.»
Es una breve pincelada de la reseña que el Beneficiado de la iglesia de Realejo Alto, don Antonio Santiago Barrios, hizo del aluvión de noviembre de 1826. Este pasaje en concreto se refiere al día 7 (martes). 183 años después, otra lluvia atravesada en las medianías hace que los barrancos conduzcan ingentes cantidades de agua. Pero seguimos teniendo suerte. Los tristes lamentos ante el macabro hallazgo de cadáveres que se nos relata de aquel temporal, no se han vuelto a escuchar. Afortunadamente. Pero jugamos con fuego y decimos: si esa nube se queda quieta durante más tiempo en los linderos del monte, ¿por dónde bajará el agua? Porque si en vez de taponarse el barranco en Los Barros, lo hace mucho más arriba… En fin, dejémoslo en suposiciones.
Lo verdaderamente triste y patético, como casi siempre, es observar los dislates que se escuchan en los diferentes medios de comunicación. Al día siguiente, todo el mundo lo sabía, todo el mundo tenía la solución y… ¡Vergonzoso!