sábado, 14 de noviembre de 2009

Diputado del Común

Nuevo espectáculo (político) para nombrar Diputado del Común, nuestro defensor en la Comunidad. Eligio sí, Eligio no. O me nombran por unanimidad y luego selecciono yo el equipo o me quedo de abogado con éxitos más bien mediocres.
He escuchado y he leído para dar y tomar. Bondades y otras cuestiones que no lo son tanto. Se le han atribuido al herreño las nobles virtudes que conlleva nuestra lucha canaria: genio, destreza, valor. Pero, al tiempo, otras voces discordantes no lo ponen tan arriba en el pedestal.
Creo que me hallo entre estos últimos. Cada vez que oigo una intervención de Eligio no atisbo reminiscencias del deporte vernáculo por ningún lado. Que uno también estuvo metido en el nacimiento del C.L. Atlante, del barrio realejero de Toscal-Longuera. En el que también militaron ilustres gentes de la isla del meridiano. Cuyas bondades y excelencias quedaron impresas en cada rincón de la zona costera.
Y como estos nombramientos, al igual que el del Fiscal General del Estado, son como son, siempre queda la duda de si hay que agradecer de por vida los favores concedidos. Uno conoce a Eligio de cuando el terrible incendio en los montes del norte de Tenerife en 1983. En el que una mano mágica se extendió por todas las hectáreas quemadas, haciendo posible que no ocurriese desgracia humana alguna. Porque aquellos políticos municipales inexpertos (nosotros) corríamos de un lugar a otro sin que nadie orientase aquel maremagno. Y tuvimos la tremenda suerte de que no pasó nada, bien distinto a lo del año siguiente en La Gomera.
Eligio era el gobernador. Y por tanto tenía el mando de todo el dispositivo. No quiero extenderme en cómo quedó el monte cuando todo hubo acabado. Ni el más sonado botellón actual puede parecerse a la situación vivida en el 83. Durante y después, porque observar la cantidad de residuos esparcidos por todas partes, daba pena, lástima y sentimiento. El monte, sin embargo, generoso como siempre, se recuperó.
La agrupación local de PSOE remitió a Eligio un comunicado en el que hacía ver su total disconformidad en cómo se había manejado la situación. El gobernador, en un arranque de prepotencia como jamás vi en mi corta vida en la gestión pública, llamó “politiquillos y politicastros” a cuanto bicho viviente tuviese relación con el grupo municipal gobernante en aquel entonces en la Villa de Viera. Las imprecaciones se escucharon a diestro y siniestro. El entonces secretario general fue, obviamente, quien alcanzó más. Pero la política marca extraños caminos. El furibundo atacador y el apaleado principal siguieron en eso de la cosa pública. Ascendieron, ocuparon otras poltronas y como colofón: abrazos del bien quedar. Los jóvenes treintañeros nos volvimos a nuestras profesiones. Y en ellas nos realizamos y algunos ya nos hemos jubilado. Eligio sigue.
No me hablen de modestias, de limpieza en la mirada y de levantar al que tuvo un resbalón. Porque ni siquiera la lucha canaria es lo que era. Ahora en ella también prima la profesionalización y ya no se cae como antes. Incluso miramos mal al contrario que nos derribó con una pardelera de libro. Hay mucha marrullería.
El Eligio que yo recuerdo es otro bien diferente al que me están pintando. Ojalá que no tenga la necesidad de verme en la obligación de recurrir a esa institución. Sería síntoma inequívoco de no haber tenido tropiezo alguno en el ejercicio de mis Derechos Fundamentales y Libertades Públicas.
¿Y saben por qué ocurren estas cosas? Porque los partidos no se renuevan. Observen, si no, que ahora se está planteando la sustitución de López Aguilar. Repasen la lista de posibles candidatos y cuéntenme una de chinos. Hasta yo con sesenta años puedo ser alternativa joven. Manda narices.
Perdonen por la entrada tardía, pero es que se me pegaron las sábanas (hoy es sábado). Hasta mañana.