viernes, 13 de noviembre de 2009

Golferías

Volvemos hoy a repasar someramente aconteceres relacionados con el mundo de la educación y que tuvieron lugar hace bastantes décadas. Porque, a veces, en esta faceta parece que llueve sobre mojado y la cantinela de ‘a dónde vamos a parar’ se torna demasiado repetitiva.
En El Valle de Orotava (La Orotava, 14-diciembre-1887, número 14, página 2) hallamos una queja porque los guardias municipales no cortaban el abuso de los chiquillos corriendo detrás de los muchísimos extranjeros que visitaban la población pidiéndoles un ‘cuartito’. Cree el periódico que sería conveniente acabar con esta golfería, á no ser que los hijos de alguno de aquellos (los guardias) sea también de los que forman parte de semejante plaga, porque ya entonces varía.
El semanario El Álbum (Santa Cruz de Tenerife, 27-abril-1890, página 7), en la sección “Confidencias”: Continúan los chicos lanzando piedras desde la azotea de alguna casa á los patios de los vecinos. Y sus madres muy campantes y contentas con que los niños se diviertan. Y si le parten la cabeza á alguna persona, partida se le queda.
En la misma cabecera (6-julio-1890, página 7): La mayor parte de las tardes se reúnen una infinidad de palanquines, entreteniéndose con el juego de guerrillas. Por cierto que el martes último, al pasar por la carretera, le arrimaron á un amigo nuestro tremendo pelotazo, que así como le alcanzó una paleta, es la cabeza, no lo hubiese contado.
Y ya que estamos con El Álbum, prosigamos con el mismo, dejando abiertas las puertas para acercarnos a este Norte en una próxima ocasión. Son tantas las reseñas que este semanario, en la sección de “Confidencias” ya mencionada, incluye, que se hace difícil el escoger unas pinceladas porque el muestrario es amplísimo. Va un ejemplo en el que la preocupación por el qué dirán los turistas es siempre una constante:
Cualquier extranjero que presencie las baladronadas que se les permiten á esa infinidad de chicos sin educación –cuyos padres creen que su misión como tales, sólo se concreta á proporcionarles el alimento y vestirlos–, que invaden los sitios públicos de esta culta ciudad, creería que se halla en un país habitado por hordas salvajes. Aquí ha llegado á tal extremo el descaro y la poca vergüenza de esos granujas, que en las calles y plazas dirijen [sic] palabras soeces á inocentes niñas, insultan, hacen mofa y ridiculizan los defectos físicos de honradísimos y dignas personas, muy queridas y muy respetadas de sus conciudadanos, sirviendo esos reprobados actos de fiesta y risa á ciertas clases de gentes desmoralizadas, que debían haber nacido entre las más estúpidas kábilas africanas y no en un país donde los hombres tienen conocimiento de sus deberes y de sus derechos. Y no es esto lo que más nos llama la atención; lo que sí nos admira, los que nos parece increíble, es que en Santa Cruz de Tenerife, la capital de las Canarias, las autoridades no hayan impuesto un severo correctivo á las infamias de estos pilluelos mal nacidos. Desgraciadamente, aquí hasta los asuntos más serios y más sagrados se hacen cuestión política, y esos respetabilísimos ciudadanos á que nos referimos, profesan ciertas ideas opuestas á las “personas sensatas”, y no hay motivo para molestar a nadie por “inocentadas” de los chicuelos, aunque estos sean impulsados por alguna mano negra. ¡Infeliz pueblo! (29-octubre-1893, número 324, páginas 6 y 7).
Y un último apunte a modo de extensa interrogación:
¿No podría la policía darse un paseíto y evitar los escándalos que, con frecuencia, dan por aquellos contornos unos granujas desalmados que, sin miramientos de ninguna especie, escandalizan con sus descomunales chillerías á aquellos vecinos, é insultan descaradamente á cuantos tienen el “atrevimiento” de reconvenirles? Hágalo siquiera por humanidad, pues por allí hay algunos infelices enfermos á quienes atormentan sus descompasados gritos. (3-diciembre-1893, página 7)
Más de cien años en este salto desde el siglo XIX. Han cambiado el modus operandi, pero me temo de que seguimos quejándonos de la misma enfermedad. O a lo peor es que me he acostumbrado demasiado rápido a esto llamado jubilación. Tengo el presentimiento de que no.
Lo prometido es deuda: en breve, algo de más cerca, aunque me temo que los chicos son chicos en todas partes. Hasta mañana.