lunes, 16 de noviembre de 2009

Proyecto badana

Pasa el tiempo, inexorable como siempre, pero la vida te da sorpresas. Quién me iba a decir a mí que la pelota de badana iba a ser la avanzadilla en el mundo del plástico. Si Pepillo y Juanillo estuvieran aquí a mi lado, se llevarían tremenda sorpresa. Porque hace unos cincuenta años tenía lugar esta situación:
«Al fin lo encontró. Aparentemente olvidado, estaba Pepillo recolectando 'garapas' para hacer una pelota. Aprovechando que los peones habían pasado en esa mañana limpiando 'gomilla', hizo buen acopio de material.
Cuando consideró que ya tenía suficiente cantidad...
Las mojaré en la atarjea para que se amorosen.
Mientras dejó la herramienta en remojo, buscó un par de badanas secas y las cortó en pequeñas tiras que le servirían para el entramado final.
Se disponía a comenzar su labor cuando llegó Juanillo.
–¿Puedo ayudarte?
Pepillo, dando la impresión de haberse olvidado por completo de sus percances, le contestó:
–De acuerdo; busca una piedra pequeña, lo más redonda posible, para ponerla en el fondo.
–¿Una piedra para hacer una pelota?
–Sí, haz lo que yo te digo. Es para que pese un poco y no quede muy liviana…».
Eso ocurrió en las afueras de aquella casa de medianeros en una gran finca de platanera. Al lado de una atarjea que llevaba el agua al estanque de la propiedad vecina. Hace, como te indiqué unas cinco décadas. Y hoy acabo de leer:
La fibra de las plataneras de Canarias podría sustituir a la fibra de vidrio utilizada para reforzar las piezas de plástico. Es posible que dentro de dos años las lavadoras, el interior de los coches, las embarcaciones, los toboganes y las muñecas hayan sido creados con esa fibra natural, que se extrae del tallo de la platanera y es más fácil de reciclar que la empleada en la actualidad.
Y como es sabido que una vez cosechada la fruta, el resto de la planta se convierte en desecho porque ya ni siquiera tenemos animales, mira tú que mientras un madrileño se zampa un plátano, nosotros aquí aprovechamos el resto del rolo sacándole el jugo que convertiremos en plástico. Tengan cuidado, sin embargo, porque mancha que es un disgusto. Ni lejía ni acetona. Y como se extienda por las manos van a tener que utilizar una piedra muerta y estregarse hasta que casi salte el pellejo.
Me acordé ahora mismo de aquel ministro que vino tras uno de las grandes huracanes allá por la década de los cincuenta del siglo XX. Aquel que contempló el impresionante destrozo desde la Cuesta de la Villa (no quedó un plantón en pie) y preguntó si toda aquella madera no se podía aprovechar. Hombre, madera, madera, lo que se dice madera, va a ser que no, pero ahora haremos plástico.
Échense un plátano y hasta la próxima.