martes, 22 de diciembre de 2009

La rotonda de El Castillo

Tras el paso del temporal de noviembre la rotonda de El Castillo quedó de pena. Y en los momentos de lucidez, a saber, cuando sus abundantes bajas médicas se lo permiten (cada vez está más generalizado el particular por los mentideros políticos), el alcalde de Los Realejos alega que como la competencia es del Cabildo, la suciedad, la mala imagen y la porquería quedarán allí hasta que vengan de la capital a solucionar el problema. Mientras, realejeros y visitantes contemplan una auténtica mugre a la entrada del pueblo. Porque a don Ricardo parece importársele un pimiento lo que acontece en este extremo occidental del Valle de La Orotava. Y don Oswaldo no sabe, o no quiere, o no lo dejan, poner sobre la mesa sus cartas boca arriba. Incluso, si preciso fuere, meterle mano al desaguisado con personal del propio ayuntamiento. Y luego que me multen o me metan a la cárcel por haber hecho algo de fundamento por el bienestar de mis vecinos. Pero debe ser que no está muy acostumbrado.
La entrada de un municipio debe ser el espejo en el que nos miremos con orgullo. En la que no sólo hace falta quitar toda la tierra acumulada, sino adecuar la zona y que muestre un perfil digno de admiración. La villa de Viera (bien lo quieren para otras cosas) tiene en ese lugar espacio suficiente como para hacer algo con mucha más prestancia. Vayan a Gran Canaria y observen cómo están las rotondas. No digamos nada de Lanzarote con las obras de Manrique. Pero aquí en la isla picuda, cuatro palmeras y a escapar. Que me crucifique don Pepito, el pregonero con un concejal de fiestas socialista (me imagino que en 2010 corresponderá el turno a Paulino, único hombre válido para culminar el proceso de independencia. Y me pregunto qué será de Canaria cuando seamos, por fin, un estado africano).
Como las fotos me han estado dando problemas en entradas o comentarios anteriores, los remito a dieciocho mil archivos que pululan por la Red con imágenes bien ilustrativas del 16N. Y también al blog del amigo Pancho Palmero (Tercera Opinión), en el que se da pormenorizada cuenta de las carencias (deficiencias) que presenta el Plan de Defensa contra Avenidas (PDA). Cuidado, no la acepción primera del vocablo (vía ancha y generalmente con árboles a los lados), sino, según mi diccionario, en la segunda (crecida violenta y súbita de un río o de un arroyo; añadan barrancos para Canarias).
Por hoy, ¡que nos toque! Si es gordo, mejor.