miércoles, 23 de diciembre de 2009

No me gusta el viento

Me imagino que como a todos. Sobre todo por la noche estás con el alma en vilo pensando en si se cae esto o aquello. Cualquier ruido en la azotea te deja la oreja cual radar al uso. Además, cada ráfaga parece que suena… ¿para qué contarte? Y en estos días pasados hemos estado harto entretenidos. La rampa que da acceso al garaje de casa debe tener algún encanto especial para hojas y otros restos de plantas. ¿Te pasa lo mismo? Allí, en la esquina de siempre, está el elegante montón. Y la calle, limpia.
Pero con ser molesto el viento meteorológico, me fastidia el viento de Lanzarote. No el que tan bien expresara en verso Fernando Garcíarramos y que nos silba noche y día cuando acudimos a la isla de los volcanes. Más bien el que se ha instalado en prácticamente todas las instituciones públicas de las bellas tierras conejeras. Un viento que hace volar (desaparecer) mucho dinero y que, misteriosamente, aparece en el bolsillo de alguien. Que los mismo está en la cárcel cumpliendo condena, pero qué importa una raya más en la cebra (¿o en el tigre?).
Me molesta el viento que hace en cualquier consistorio de estas islas, porque el murmullo continuado no deja escuchar a los concejales. Tanto que se vuelven incapaces para responder a un simple escrito que tú le hayas podido dirigir en demanda de cualquier recurso. Están sordos como tapias. Y los de Coalición Canaria en Los Realejos, no solamente no oyen, sino que cuando abren la boca meten la extremidad inferior. Peor, cuando lo pasan por escrito a los medios de comunicación, los periodistas se preguntan cómo ha sido posible un cambio tan radical. ¡Ah!, se lo escriben. Vale. Pues que vayan pensando que tienen ahora mismo doce concejales en la oposición. Y con un alcalde que casi nunca está, sólo quedan ocho para alzar la mano y poco más.
Me resulta bastante incómodo el viento. Porque ni siquiera es capaz de levantarse un fisco y barrer el panorama. Creo que es al revés, revuelve aún más el cotarro. Lo que no me llevó la brisa fue el décimo que jugaba con Pancho, Ángel y Lali. ¿Tú crees que así puedo hacerme rico? Tenía otro que jugaba con mi hijo. Te juro que ninguno más. La primitiva semanal, eso sí. Y los dos terminaban en cuatro. No me puedo quejar. Sean felices.