domingo, 31 de enero de 2010

Del Realejo a Punta Brava (y 2)


Chacho, llevo media hora de camino y todavía estoy en Los Barros. Por cierto, acabo de pasar por el nuevo y hermoso puente sobre el barranco de Palo Blanco. Es una preciosidad, quedó igualito que como lo dibujaron en La Voz de Los Realejos. Seguro que ya no se va a tupir más. Como en noviembre pasado cuando quedó hecho un asco desde La Carrera hasta El Castillo. Al cruzar por aquel elegante paso, ni vértigo sentí. Hermoso, de verdad.
Voy más ligerito. Me hallo en la rotonda de El Castillo, pero de ella ya he escrito antes. Pon aquí una fuente de verdad, Oswaldo; que sea orgullo del pueblo. Me encuentro con Raissa, una alumna –lo seguirá siendo– que estudia medicina en La Laguna (qué raro si nadie me quiere). Allí espero unos minutos hasta que Marisa y Enrique vienen a buscarla.
Autovía hasta la nueva rotonda de La Gorvorana, donde tiempo ha había un bosque. Wladimiro y acompañantes lucharon denodadamente hasta que se lo cargaron. Ahora está sembrado de tractores, palas mecánicas, tubos, plásticos, carretillas… Mucho más elegante que antes. Ni comparancia. Recuerdo cómo era cuando vivía en aquella casa de lo alto e iba a la escuela de La Longuera. Repleto de árboles y con unos senderos de azucenas que eran un primor. Pero, insisto, ahora está mucho más… cómo te diría… mucho más… ¡hecho una mierda!
Tiro p´abajo. Hay ya una capa de piche. Una pendiente de armas tomar. Unas tomas laterales de agua (parte izquierda de la calzada, dos vías en cada sentido) que ojalá sea capaces de absorber el tolete de agua que deberá ir por allí. Les comenté tiempo atrás que el barranquillo que conocemos los más viejos del lugar tenía un cauce bastante generoso. Por algo sería. Como el invento no funcione o se les vaya el peralte p´al otro lado, que cierren el Maritim de una vez. Ojalá me equivoque. De lo contrario, tras unos cuatrocientos años de obras, me tendría que reír a mandíbula batiente. Me olvidaba, compadezco a los que han comprado un piso en los nuevos edificios de los alrededores. Cuando el tráfico suba, sobre todo las motos por las noches, tapones al canto.
Sigo lentamente, echando mano al freno de ídem de vez en cuando –me fallan los discos y siento rechinar las zapatas traseras– hasta el pequeño respiro de la intersección con la carretera insular de Las Dehesas, donde se insinúa una rotonda a medio hacer. No sé para qué querrán el montón de tierra que allí han depositado. Les propongo que la utilicen en las próximas navidades –la carretera aún no  estará finalizada– para los portales de Belén de todo el Valle.
Hago ademán de mirar el reloj. Lo dejé en casa. Siento un extraño ruido. Miro al cielo. Un parapente motorizado surca majestuoso de este a oeste. Continúo. Unos chicos juegan al fútbol en el campo de béisbol. El complejo hotelero se me antoja decaído, solitario. Frente a la depuradora, las dos vías se quedan en una, por donde se ubicaba la perrera. Aquí falta mucho por hacer. Y no será porque los perros molestaban a los obreros. Observo unos charcos. Espero que no sea agua ‘depurada’, porque el olor no era muy agradable.
Estoy llegando a mi destino. A mi izquierda, la mar. Hoy más tranquila que en pretéritas ocasiones. Los marullos, generosos por este callao, no impresionan. Allá, donde la silueta de La Palma nos deleita a veces atardeceres de película, parecen signarse los primeros atisbos de la anunciada tormenta del fin de semana, que conllevará la asignación de la alerta pertinente.
Me detengo un rato y observo cómo rompe la espuma en el mismo muro de contención de las casas. Aquí no hay quien duerma, pienso. Mentalidad de los altos. Cómo coño no van a dormir si llevan viviendo aquí toda la vida.
Bueno, estoy en la reunión familiar. Los menudos corren a sus anchas. Los adultos nos echamos algo y le damos a la lengua. La sentencia, lo soez, lo chabacano… de un lado. La familia, las enfermedades, las ausencias… de otro.
Pienso. ¿Qué voy a poner mañana en el blog? Me duele algo una rodilla y la uña del dedo gordo del pie derecho parece que intenta comunicarme algo. Si no me sale nada, contaré que bajé caminando, como casi siempre, desde casi el Risco de Tigaiga hasta la misma orilla de la mar océana, desde los fríos de la montaña hasta los aires cálidos de la costa. Cierro los ojos: una vez di una charla sobre los cuentos en el colegio de Punta Brava (qué raro si nadie me quiere).