lunes, 1 de febrero de 2010

Sanitarios


En estas últimas semanas he tenido que ir al Hospital Universitario de Canarias en varias ocasiones. Debo reconocer, de antemano, que en las primeras veces no me perdí porque iba acompañado por alguien más versado. Porque a la tercera o cuarta oportunidad ya te percatas de que hay expertos para todo: coja aquí el volante, vaya a la planta cero, no pierdas la cartulina, ahora tienes que ir a sellar…
Pero no van los tiros por ahí. Esa situación ya la describe, y mucho mejor que yo, Manolo Vieira en sus parodias. No, lo que realmente me llamó la atención es el mundo de locos que allí se vive cada minuto. Desde la cafetería hasta cualquiera de las salas de esperas en las diferentes consultas. Y observando al personal sanitario no comprendía el porqué tanta crítica a su labor. No atisbé trato deshumanizado, ni que cada uno va a lo suyo, ni que te atienden sin mirarte a los ojos, ni que te recetan sin darte la opción de decir algo… Al contrario, me pareció el precitado personal de lo más diligente y profesional que yo pudiera imaginarme.
Como uno ejerció durante bastantes abriles en la docencia, y siempre nos estamos quejando del estrés, de las incomprensiones, de las injerencias, del pasotismo, me preguntaba cada dos por tres si en aquel maremagno no existían sobredimensionados todos esos inconvenientes. Porque no me negarás que el cartel de silencio nos lo pasamos por el forro de cierta prenda, que las normas que rigen para las visitas se establecieron para no cumplirse, que cuanto se abre una puerta hacia allí sale disparado el listo de turno… En fin, para qué contarte.
En más de un momento requerí el auxilio de alguno de ellos. Pues debe ser que yo tengo mucha suerte, porque siempre fui atendido de manera exquisita. Y si alguno está pensando que mis amistades entre el personal sanitario abundan, está tristemente equivocado. Por suerte, las visitas a esos lugares para resolver temas de índole particular han escaseado a lo largo de las últimas seis décadas. Seguiremos dando la pateada de rigor. Parece que controla el colesterol y es buena táctica para disminuir el cúmulo de gases (procura ir solo).
Va la única nota negativa: habiliten un lugar más escondido en el que vayan a echarse la caladita de rigor. Da mala imagen contemplarlos en los exteriores inhalando gases contaminantes, mientras dentro hay pacientes con los pulmones hechos polvo de tanta nicotina. Y luego intentar transmitir que el fumar es malo, se me antoja medio chungo. Pero esto debe ser como la religión: haz lo que digo y no lo que hago.
Bueno, procuremos disfrutar en esta semana que comienza, sean buenos y cuidado con la tormenta. Aunque me da que, como dice mi hijo, “el tiempo se corrió”. Somos tan poca cosa en la inmensidad del océano que las isobaras nos toman el pelo cada tres por dos. Y el radar averiado, según me informa Pancho. Por este Norte, unas gotas apenas. Estas borrascas del Oeste y del Sur poco nos afectan (a los del Norte). Cuando yo era joven llovía más y se hacían más charcos. En la actualidad somos –y estamos– más pendientes. Pero echo en falta esos aguaceros que venían por el mar p´arriba en forma de inmensas columnas. En fin…