miércoles, 13 de enero de 2010

Hablaré con mi abogado

Un buen amigo –asturiano, por más señas– se refiere siempre a ciertos personajillos como “los tontos del culo”. Son aquellos que no tienen donde caerse muertos pero resuelven los asuntos hablando con su abogado. Y es que hay letrados con suerte, porque sujetos con tres pelos en el extremo inferior del aparato digestivo los hay a cientos. Cada vez más. Y menos mal que sólo tienen tres, pues si fueran cuatro o más, habría bufetes enteros a su disposición. Chiquita falta de ignorancia, que diría el otro.
Suelo seguir los consejos de la gente que sabe más que yo, a saber, casi todo el mundo. A Servando le debo el generoso consejo de virar la antena para Izaña. He ganado en educación, modales y la tensión alta me ha bajado un montón. Y que, a veces, es mejor mantenerte desinformado. Gracias a Ares y Emule tengo varios cedés con música de todo tipo con lo que, salvo en ocasiones la Cadena Ser, en el coche voy la mar de entretenido. Lo malo será cuando entre en vigor la ley de la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, y me veré obligado a poner el asunto en manos de mis abogados, porque no hay derecho a que no pueda bajar libremente las canciones que me vengan en gana, sin pagarle un maldito céntimo a quien se estrujó el coco para ponerle letra y música. Por ejemplo, yo mismo, modestia aparte. Una grabación que vio la luz en febrero de 2009 y de la que aún no he visto un euro. Para que luego digan que la SGAE acecha detrás de cada esquina.
Cuidadito con eso, que por muy católico, apostólico y romano que sea, si tengo que llamar a alguien hijo de su muy honrosa madre, lo hago y después me confieso. Y si el cura se pone borde, hablaré con mi abogado. Esto es una línea editorial en toda regla. ¿Mía? ¿En un blog? ¿Estamos locos o qué?
Perdonen la brevedad, pero tengo una cita. ¿Con quién si no?