jueves, 4 de febrero de 2010

Jubilaciones


Abierto está el debate. El gobierno estatal, dando una vez más otro palo de ciego, lanza la propuesta de retrasar la edad de jubilación hasta los sesenta y siete. Luego, cuando le cae la avalancha, matiza. Así, el caos que se ha creado adquiere tintes dramáticos, a veces, y cómicos, en otros. Mis buenos amigos nacidos antes del 59 nada deben temer porque no les va a tocar en esta incorporación progresiva de la norma. Pero estimo, tal y como se ha planteado el particular, que las muchas variaciones que deberán producirse harán que casi todo siga igual. Así que, despreocúpense también los más jóvenes.
En este guirigay informativo se producen situaciones de esperpento. Como las habidas, y permítanme el pertinente inciso, en esta última borrasca que se ha ido de excursión para el golfo de Cádiz. He escuchado y/o leído: ‘habrá más tormentas’ (chúpate esa, y más muertos, y más accidentes, y más partidos de fútbol, y más declaraciones imbéciles…), ‘helicópteros repartirán agua y comida’ (más madera que es la guerra; y saldremos corriendo detrás de los paquetes…), ‘paisaje de guerra en la isla sin invierno’ (óscar a los mejores efectos especiales). O no medimos las posibles consecuencias o, simplemente, estamos en un mundo de locos.
Vuelvo a lo de la jubilación. Hay profesiones y profesiones. En unas se puede rendir perfectamente hasta bien pasados los setenta y en otras puedes estar más quemado que la pipa de un indio a los sesenta. Ahora bien, las alegrías de las jubilaciones incentivadas habidas en la banca (con cincuenta y pocos), por ejemplo, no puede ser la coartada para medir a partir de ahora a todos por el mismo rasero. O las jubilaciones masivas en el magisterio, y todo hay que decirlo, hace unas décadas, que llevó a gente de cuarenta y tantos a rascarse el ombligo y a tomarnos el pelo a los que seguimos en aquel entonces subidos al carro. Además, puedes haber cotizado cuarenta años y no haber alcanzado aún los 65 ó ser septuagenario y llevar muy pocos afiliado a la seguridad social. Por ello, tablas rasas, va a ser que no.
Por lo que respecta a los docentes, se comenta con demasiada ligereza la posibilidad (legal) de la jubilación a los 60. Sin explicar un carajo de la letra menuda. Y es que nadie se acoge a la misma si no lleva implícito el cumplir con los requisitos que te permitan hacerlo cobrando el 100%. Y eso no te basta con alcanzar el cumpleaños posterior a los cincuenta y nueve, sino que lleva aparejado el haber cotizado un mínimo de 35 años. Y treinta y cinco cursos, tal y como está el panorama en colegios e institutos, parecen más que razonables. Porque la presión externa añadida es un factor que agrava la situación. Menos mal que de vez en cuando –muy de vez en cuando, desgraciadamente– la justicia (que no la clase política) echa una mano. Como un juzgado barcelonés que ha condenado con una multa de 700 euros a una familia que hizo caso omiso a los requerimientos de un IES para que su hijo acudiera a clase. Y quizás este asuntillo sea el menos grave, porque el docente podría esgrimir lo de “si no vienes, mejor”. Pero, ¿si van, qué? Amparados en dieciocho mil derechos, ¿qué recurso le queda al indefenso profesor ante alumno, padres, consejería y el mismísimo sursuncorda?
El ínclito Rajoy, quien sustituirá, eso dice, y creo que no vaya muy descarriado, a Zapatero en el próximo 2012, apoyaría esta medida. Pero no la haría (la medida) con carácter obligatorio, sino voluntario. Vaya descubrimiento. ¿Y quién le prohíbe en la actualidad a un profesor, verbigracia, que siga dando clases hasta los setenta? Va de ejemplos: Paulino Rivero piensa echarle años hasta el siglo XXII. Y seguro que no lo hará peor que ahora mismo. Es materialmente imposible. ¿En la escuela de Ravelo? Sí, y un potajito de berros.
Dejen las cosas como están, vigilen a mucho carota que anda suelto por esos mundos, procuren que haya menos ‘enchufados’ en las administraciones públicas, reduzcan suculentos sueldos en ayuntamientos y demás, regulen el estatus de privilegio de los cargos electos, hagan políticas que redunden en la potenciación del mercado laboral y, por ende, el incremento de las cotizaciones (no de las cuotas, sino de las personas que cotizan) y déjense de otras ‘huevonadas’.
Aquí mismo por el Norte, sin necesidad de ir más lejos, conozco varios políticos que ya están jubilados de sus antiguas profesiones. Y cobran el retiro y unos extras municipales. ¿Tú también los conoces? Pues si se van para casa a disfrutar de un bien merecido descanso, dejarán el puesto a otros. Y así, poco a poco, la cadena productiva se va moviendo. Ya sé que no es una montaña, pero grano a grano…