martes, 2 de marzo de 2010

Dales, Señor, el descanso eterno


El buen amigo Agustín González publicó el pasado domingo en Diario de Avisos una excelente crónica titulada ‘El Norte, en estancamiento crónico’ en la que hacía alusión a otro reportaje –‘La maldición del Norte’– y que había visto la luz en el mismo medio cinco años atrás. Independientemente de que me reconozca amigo de Miki, la trayectoria del mismo no deja lugar a dudas en este minado campo del periodismo. En el que, afortunadamente, las vendas han caído y ya el ‘perro come carne de perro’. Lo malo es que ningún camello, como expresaba hace unos días, se ve su joroba y los cuatro advenedizos de este noble oficio, doctorados en la Punta del Viento, son los que vociferan o escriben tantas sandeces como su estirada prepotencia les permite. Que disimulan, obviamente, bajo el falso tamiz de la piel de cordero. Eso, yo pasaba por allí.
Ahora que vuelven los vientos y hemos sufrido un nuevo cero energético, entiendo que algunos están necesitados de terapias urgentes. Porque invocar al todopoderoso para justificar determinadas actitudes sólo puede tener dos explicaciones racionales: o ese dios es cegato perdido o el apelante es subnormal profundo. Este agnóstico perdido sin remisión –a saber, yo mismo mismamente– sospecha que las confesiones de ahora ya no deberán ser como las de antes. ¿Te acuerdas? El cura te preguntaba de todo y sobre todo. En la actualidad te perdonan los pecados y al instante puedes estar llamando hijo de mala madre al vecino sin que ese dios –el pobre– se dé cuenta de nada, o puedes demandar la muerte de un ser humano y poner el grito en el cielo para que el rey no cumpla con un deber constitucional. Sí, rijámonos por las leyes divinas, pero no miren para mí cuando venga el que expulsó a los fariseos del templo.
El responsable de este blog, en el que se vierten ‘mis opiniones’, que no está sujeto a dictados ni le debe un carajo a ninguna institución o entidad, que no ha sido enchufado en cargo alguno en su dilatada trayectoria, puede hablar y/o escribir con la libertad que bien otros muchos quisieran. Pero se atreven –osados que son– a pesar de los condicionantes que los atenazan. Son los intrusos y los atrevidos. Allá ellos. Y puede que nos tachen de malos escribanos, de ásperos plumillas, incluso de escoria servicial, de perseguir a inocentes, de escribir disparates… Es cuestión de paciencia. Un día les pasará lo que a Saulo de Tarso, caerán de su caballo y el costalazo los hará despertar; las neuronas volverán a funcionar normalmente, se mirarán al espejo y… ¡milagro!
Ese dios que ignora al pueblo haitiano, que deja morir millones de niños africanos, consiente, además, que los escribas –y también fariseos–, inmediatamente después de haberle reclamado el perdón por nimiedades del tres al cuarto, expresen lindezas como “me quemo en el odio más visceral hacia ese cabrón”, “los comeculos que se multiplican como conejos enfermos después de tanto follar”, “que protegen más al hijo de puta”…
Es la forma de hablar, de expresarse, de poner sobre la mesa –qué manía– pensamientos, pareceres. Cosillas mundanas, talantes cotidianos, maneras habituales de dar a conocer inmundicias, hediondeces, groserías. Cada cual se califica como mejor crea conveniente. Lo soez parece que se impone para ganar audiencias (¿también lectores?). Ahí tienen al candidato de Eurovisión. Ya consiguió la exclusiva en Tele 5.
Hace tiempo sentencié determinado periódico. A partir de hoy cercenaré al menos un par de blogs. A sus responsables un consejo: no publiquen todo lo que le remiten. Los que se atreven a escupir de esa manera, que monten su propio chiringuito. Así que a todos ellos: dales, señor, el descanso eterno.
A pasarlo bien.