martes, 16 de marzo de 2010

El ordenador


En determinadas ocasiones (más de las que uno desearía) los ordenadores se ponen bobos. Me ocurrió hace unos días al intentar colocar las fotografías del 30º aniversario de la A.F. de Higa. Y ayer, este sabelotodo que tengo ahora mismo ante mí, se empecinó en no dejarme que la entrada de ‘Rambla de Castro’ quedara a mi gusto, sino al de él. Estuve a punto de aflojarle un par de bofetones, pero me contuve, no sea que el muy desgraciado esté conectado con la policía. Si no, a buen seguro, esto que ahora estás leyendo hubiera sido escrito con otro cacharro, aunque hubiese tenido que pedirlo prestado. Oye, uno se reconoce semianalfabeto informático, pero de ahí a que un trasto te dicte a su antojo lo que debes o no hacer, dista un abismo. Así que, armatoste inmundo, abre el ojo o te jubilo. Y de esto último sé mucho más que tú, enterado, que eres un enterado. Tan inteligente que eres y luego no conoces ‘Realejos’. Y me propone que lo cambie por ‘reflejos’. Eso, arriba iluminado. ¡Ah!, y el anterior a éste ignoraba ‘Orotava’. ¿Su propuesta?: ‘Brotaba’. Y un cagajón de burro o una moñiga (boñiga) de vaca, que diría el gran Delibes a través de Azarías en “Los santos inocentes”.
Ya que me sumergí en este interesante mundo –espero no acabar ahogado–, te cuento que anteayer me fui a sacar unas fotos a los altos de esta isla. No estaba el día muy allá, pero como ahora no hay que llevar el rollo al laboratorio y la tarjeta aguanta lo que le echen, disparé, disparé y disparé. Hasta que me cansé. Mejor, se hizo de noche. Pero hete aquí que cuando llego a casa y enciendo el criticado en el párrafo precedente, no me reconoce la Canon. Chacho, si llevas descargando contenido desde hace varios años, si tienes guardadas –espero– en tu singular memoria varios centenares –qué digo, millares– de instantáneas de El Teide, de palmeras, de higos de pico, de patos en La Gomera, de atardeceres… ¿Y me vienes a decir a las tantas de la noche que no conoces la cámara? Chacho, chacho, chacho…
Me debió ver la cara. P´a mí que él me observó. De reojo, pero él se percató de mi fruncir el entrecejo. No sé si me cogió miedo o se dejó ablandar el disco duro externo (donde ubico las copias digitales), pero terminó por obedecerme. E hizo su trabajo. Cumplió fielmente su misión. Descargó, guardó y me preguntó si quería eliminarlas de la tarjeta. Con el cabreo que ya arrastraba, le espeté aquello de ‘confianzudo’ y le ordené que dejara las cosas como estaban, que ya no me fiaba de él y que pretendía dejarlas unos días por si seguía con catarro. Pero aunque agarre una neumonía no pienso llevarlo a su galeno. Si tiene un byte desconchado que se tome un trozo de carne de panda (antivirus) a través de un periférico (centro de salud).
Estimado fisgoneador: si un día te levantas y observas que aún no he colgado nada, puedes, con total libertad, pensar dos cosas. La primera, que este ‘colgado’ me dejó ‘colgado’. La segunda, que me haya quedado dormido, porque a veces pienso un fisco antes de poner la pata en el suelo y me freno: ¡si ya no tengo que ir al IES!
La fotografía es una de las tantas del atardecer del pasado domingo en la carretera que baja de Izaña a La Laguna por La Esperanza. Ventajas que te permite el no estar sujeto a horario tempranero ni a colas intempestivas. Eso se consigue después de haber currado unos dos mil años, guardado a unos tres mil chicos y, lo más importante, ser militante del PP, porque de Zapatero ya no es posible esperar una alegría. Viva Soria (¿Soriano, ¿estás de acuerdo conmigo?).
Mañana, si nada se tercia, algo más. Mis más cordiales saludos (a todos y a todas: tod@s).