jueves, 4 de marzo de 2010

¿Fracaso escolar o fracaso social?


En un extenso reportaje publicado en ‘El País’ (02-03-2010) reconocía la autora, Susana Pérez de Pablos, que lo que está ocurriendo en la educación no es tan difícil de entender, pues al igual que sucede en el ámbito sanitario al enfermo hay que tratarlo a tiempo. A saber, el problema existe y se percibe, pero no se corrige. Todos los expertos (la mayoría no ha pisado un aula desde que dejó la universidad) coinciden en señalar que el inicio del conflicto se halla antes de la ESO. Como docente retirado a mis cuarteles de invierno quisiera pensar que no se cargan las tintas, única y exclusivamente, en el profesorado de Infantil y Primaria. Yo tengo una teoría medio extravagante: vivimos tan deprisa y tan estresados que fabricamos los chicos a demasiada velocidad, pensando en la hipoteca y en que tengo que salir rápido del trance para resolver unas cuestioncillas pendientes, que ya los críos vienen con una carga genética descarriada. Nacen ausentes, idos, entretenidos. En sus asuntos, como nosotros mismos sin ir más lejos.
Comienzan su andadura escolar y a los tres días están agotados de escuchar cosas y casos que en nada coinciden con sus gustos y preferencias. Como dice Luis Balbuena, ex mejor consejero de educación parido en esta comunidad autónoma, el chico ya se percató de que el éxito en la sociedad actual viene por otros derroteros que no suponen, precisamente, esfuerzo, dedicación y estudio. Aspectos que le demandamos continuamente porque fuimos criados en otra onda, cuando se estilaban otras metas, otras aspiraciones. Ahora con ir a Gran Hermano, problema arreglado. Ese es el mensaje que la sociedad le inocula directamente en vena. Y nosotros, los adultos, los preceptores, los encargados de tripular las frágiles barquichuelas, tenemos más medios. Las nuevas tecnologías han puesto a nuestra disposición armas supuestamente más eficaces, pero no ha cambiado nuestra metodología.
Enseñamos matemáticas como siempre y no nos percatamos de que, quizás, el chico no sabe leer. Y, por lo tanto, es incapaz de comprender nuestro mensaje. Puede que tenga asumidos los conceptos, pero no sabe combinarlos en un problema porque se pierde ante los planteamientos que se le exigen. Resumiendo: ha adquirido los mecanismos de la operatoria, pero estos se difuminan cuando se le señala que deben ir a hacer una compra con 20 euros en el bolsillo y adquirir cuatro productos para luego retornar a casa con vete tú a saber cuánto.
Desde todos los frentes se lanzan mensajes de que lo importante es ser famoso, alcanzar el éxito en la vida. Que se refuerza con lo de que tenga lo que yo no tuve. Con esos condicionantes la escuela difícilmente podrá ir más lejos. Máxime cuando se espera hasta tercero o cuarto de ESO para ‘diversificar’. Por muchas vías o itinerarios que se abran en cuarto, si el déficit se viene arrastrando desde los primeros años de primaria, guárdame un cachorro. O el catarro se trata en el momento adecuado o la pulmonía no te la quita ni el mejor galeno. Y por muy buen maestro que halle en esos niveles, con una clase generalmente masificada, un par de críos de estas características –me quedo demasiado corto– te fastidian el invento. Traduzco: nada que rascar.
Aquellas comunidades autónomas que han sabido agarrar al toro por los cuernos y han puesto las medidas –humanas– convenientes para atender estas situaciones, tienen un índice de fracaso mucho menor que ‘la nuestra’ –sin segundas–, en la que ni siquiera se cubren las bajas por enfermedad. Así nos va con todos los informes habidos y por haber: nos dan cachetones hasta en el carné de identidad.
Es un tema harto complicado, pero me niego a considerarlo fracaso escolar. Trasciende las cuatro paredes de los centros docentes. Y ello no significa que los profesores escurramos el bulto. En unos tiempos en los que nos ha correspondido, además, ser asistentes sociales, niñeras, enfermeros, confesores espirituales, psicólogos, guardianes, celadores, conserjes, personal de mantenimiento, auxiliares administrativos y señoras de la limpieza.
Ahí lo dejo, porque me conozco y acabaré mentando a Paulino, Milagros y resto de la congregación. Hagan ustedes, si a bien lo estiman, el resto de reflexiones. Añadan, supriman, subrayen, tachen, emborronen… En fin, conviértanse por un día en escolares, que a mí me queda ya un poco lejos. Hasta mañana.