viernes, 19 de marzo de 2010

La mula (el mulo) de Paco


En septiembre de 2007, Diario de Avisos publicó un pequeño reportaje sobre la figura del cochinero. En el mismo se daba conocimiento de la obra realizada por Paco Palmero y que consistía en una escultura de bronce de algo más de dos metros de altura. Se incluía la fotografía que inserto en esta entrada (a perdonar la calidad del escaneo). En aquel entonces, va para tres años, Paco se quejaba de las premuras que le fueron impuestas, pues le hubiese gustado dedicarle un poco más de mimo y atención a la tarea encomendada (por el ayuntamiento realejero y una comisión vecinal de Icod el Alto). Y lo que son las cosas: la obra permanece encerrada en algún local (antes lo estuvo en el propio taller de Paco), sin que se hayan decidido o puesto de acuerdo para ubicarla. Paco ya cobró, pero un artista no sólo trabaja para eso. Que también, pues no se alimenta uno del aire. Pero en este pueblo ocurren cosas raras. Por un lado quitamos un monumento a los molinos de agua porque a alguien no le gustaba. Por otro, encargamos una figura que perpetúe la labor de unas gentes sacrificadas y que a lomos de una mula (generalmente, mulo capado) recorría la isla vendiendo lechones, y ahí está muerta de risa. Bueno, muerta de risa, muerta de frío y muerta de hastío y aburrimiento. Me imagino que a estas alturas de la película la mula se habrá echado a descansar un rato y los lechones habrán salido  disparados en busca de la cochina para intentar, al menos, mamar un fisco.
Paco, que también realizó la escultura de don Antonio González, al que ahora, me imagino, le darán la vuelta para que se entretenga viendo la fuente de Oswaldo, tuvo, para más inri, que soportar los desconocimientos de los que yo llamo los atrevidos. Los que sin encomendarse ni a dios ni al diablo, escriben sin haberse informado una miaja. Uno de ellos soltó estas líneas: “Si estos personajes recorrían los caminos con los cochinos a rastras, imagino que lo menos que habría que haber incluido es alguna muestra del animalito que daba nombre a la profesión de su negociador, que de lo contrario lo mismo podía ser un labrador que un carbonero”. El mismo que expresó: “La ciudad de Icod tiene pendiente dónde colocar este monumento de un cochinero en su mula, obra del escultor realejero Pedro Palmero”.
Paco, obviamente, le contestó, pero los de pueblo tenemos muchos inconvenientes y arrastramos con incomprensiones y desdenes. El periódico hizo caso omiso y no publicó la carta de réplica. En la que, entre otras cosas, aparte de aclarar lo del nombre y que Icod el Alto sigue siendo de Los Realejos y nada tiene que ver con la ciudad del drago, manifestaba: “Los cochineros de Icod el Alto, municipio de Los Realejos, no llevaban arrastrando los cochinos; los transportaban cómodamente en unas cestas de varas de castaño que, sujetas a la albarda en posición horizontal, denominaban raposas. Raposas que abriéndose por su parte anterior, dejaban ver los hermosos hocicos de esos animales que tú quieres arrastrar”. Porque en la escultura sí se visionan los animales. Por eso, ante la recomendación de que la escultura se colocara en lugar alto para que se viera desde el coche, Paco argumenta: “Que se ponga cercano, que el espectador no sólo pase en coche, sino que se pare, lo observe y muy posiblemente, casi lo acaricie. Y vea, siendo más afortunado que tú, esos agraciados hocicos (en canario, jocico). Y, por qué no, tomarse un buen plato de carne de cabra y un buen vaso de vino”.
Estas son las actuaciones que uno sigue sin entender. Entre el dinero del ‘monumento al coño’ y el del ‘monumento al cochinero’, algún parche se hubiera cubierto. Es demagogia, lo sé. Pero también soy consciente de lo poco que parece interesarle estos desaguisados a los doce concejales de la oposición. ¿Entra en juego la disputa electoral en Icod el Alto o lo inauguraremos en mayo de 2011, unos días antes del último domingo del precitado mes? Si no, siquiera bajen los animalitos a la romería para que se distraigan con sus parientes y amistades más próximas. Lo decía Antonillo: el que nace lechón, muere cochino. Hasta luego.