sábado, 20 de marzo de 2010

La radio


En estos últimos días he recibido bastantes presentaciones de (en) PowerPoint. Debo reconocer que hay auténticas maravillas. De esas en que te quedas extasiado durante muchos minutos. Pero en la presente ocasión no voy a referirme a ellas, sino a las otras, aparentemente más feas, pero de mayor enjundia. Son los códigos, pensamientos, decálogos… Algunas relacionadas con el periodismo, porque uno, afortunadamente, se deja aconsejar por los maestros, por los que entienden de esta noble profesión un par de kilos más que este eterno aprendiz. Hago, con la aquiescencia de ustedes, el inciso de rigor para expresar mi más sincera felicitación a José Antonio Pardellas por ese tan merecido Premio Canarias en la modalidad de Comunicación. A pesar de mis ‘abriles’, este buen hombre me viene acompañando desde que llegó el primer transistor a la casa de La Gorvorana, cuando uno mamaba naturaleza las 24 horas del día.
Por eso, porque me considero de radio, quisiera dedicar este comentario a ese medio de comunicación, otrora tan cercano, pero hoy desviado por mor de aconteceres más prosaicos (vulgar, sin interés). Y ya lo manifiesta Pardellas cuando se lamenta que el medio se halle a disposición de sus propietarios (empresarios) olvidándose de la labor informativa, para la que se requiere, obviamente, la presencia de buenos profesionales. Y lo dice quien, después de haber dedicado más de media vida a la radio pública (Radio Nacional) dirige sus pasos al sector privado (Radio Isla), pero sigue entendiendo esta labor como un servicio y no como un ‘servirse’. Me alegro de que haya hablado tan clarito.
Puede que si lo declarado en el párrafo anterior se me hubiera ocurrido a mí, algo bastante improbable por mi escasa capacidad, y cualquier advenedizo de esta dignísimo quehacer hubiese tenido acceso, es más que seguro que las entradas de hoy en este blog se incrementasen de manera harto notoria y que fuera yo mismo protagonista en vete a saber tú qué foros.
Saben ustedes mi particular versión del controvertido asunto de las entrevistas. Entre otras lindezas. Y me gustaría que agarrasen un manual de estilo (de cualquier medio) y repasasen lo que allí se dicta acerca de tal género periodístico. Y que luego comparasen con lo que verdaderamente escuchan y ven. Cualquier parecido con la realidad, les aseguro, es mera (pura) coincidencia.
Pero hoy, ahora mismo, me encuentro relajado y feliz. He tenido la oportunidad de escuchar una muy buena entrevista. Algo atípica, pero entrevista en suma. Un concejal de indeterminado ayuntamiento de estas ínsulas Canarias puso a prueba las excelentes dotes verbales de un periodista. Y éste último contestaba que daba gusto oírlo…
Estoy convencido de que no me creíste. Y tienes toda la razón. Te lo puedes imaginar. Se trataba de una entrevista convencional en la que el reportero (redactor, informador, como prefieras) lanzaba cuestiones a las que el político debía responder, expresar su opinión sobre aquello que se le demandaba. Y un churro p´a ti. Yo largo mi disertación, informo, opino y reivindico durante un minuto, tras el cual pregunto. Tú comienzas con una respuesta entrecortada y vacilante, y yo, ‘sin vacilar’, te corto y sigo (que antes dejé mucho en el tintero), porque yo soy opinión pública…
Creo que lo voy a dejar aquí. Debo cambiar las pilas del viejo receptor y no he hallado en la gaveta de siempre. Tendré que ir a una gran superficie a comprar unos paquetes. Suelo transitar esos lugares porque allí intercambio información con los políticos que fomentan el pequeño comercio cercano, el de toda la vida. Y uno, disciplinado, sigue sus pasos. Qué otra cosa podemos hacer. El que sabe, sabe. Descansen.