sábado, 24 de abril de 2010

Lancelot, le Chevalier de la charrette


César Manrique lo quería todo blanco, inmaculado, impoluto. Anhelaba una isla sin basura. Luchó lo indecible y más. Se fajó en duras peleas dialécticas con cuanto gobernante se tropezara. Quiso que Lanzarote fuera un referente mundial. Pero Manrique falleció un día de mal fario en el cruce de Tahíche. Un brutal accidente de tráfico cercenó proyectos e ilusiones.
Mi religiosidad está bajo mínimos en la actualidad. Pero me cuestiono qué le estará pasando por la cabeza al gran artista cuando por un agujerito esté contemplando el espectáculo. Las tripas se le estarán revolviendo en sus entrañas como lo hizo la lava tiempo ha en el interior de esta tierra caliente. Me planteo si no sería conveniente chamuscar las ideas de tanto iluminado, qué dije, aprovechado en alguna oquedad del Islote de Hilario. O ponerlos en remojo allá por Los Hervideros para que se les ‘enfríen’ las genialidades.
Voy a la Isla de los Volcanes con relativa frecuencia. Allá tengo buenos amigos de los que me escondo las más de las veces, porque me colman de atenciones que no merezco. Y por las tierras conejeras las gentes de buena fe se preguntan, reiteradamente, que hasta cuándo. Menos mal que la justicia ha cogido el toro por los cuernos y está metiendo mano a todo bicho viviente que también metió la mano. Los tentáculos se extienden por toda la geografía insular. Los fructíferos negocios eran coartadas perfectas para políticos corruptos. La connivencia era moneda de cambio.
El caballero Lancelot en su peregrinaje en busca de la reina Ginebra se sube a la carreta, signo de oprobio en la Edad Media, con lo que pierde su honor y se convierte en un paria. Los nuevos caballeros conejeros hacen todo lo contrario: se suben al carro pero del mejor postor y se ríen a mandíbula batiente de la humildad y del sacrificio personal. Adquieren propiedades y montan chiringuitos, al frente de los cuales sitúan testaferros de poca monta, corderos fieles de lobos insaciables.
Habrás observado que el millo en Lanzarote no crece mucho y que la viña se agazapa en el terreno. Las plantas parecen querer demostrar su apego al terruño y se muestran remisas, acobardadas, sumisas, fieles y obedientes. Otros seres vivos de rango superior son el envés de esas características. Altaneros, usurpadores, golfos, trepadores en una tierra de escasas elevaciones. Sujetos cuya catadura moral es inferior a la de los cegatos jameítos. Qué pena, Lanzarote. Qué gentuza se ha adueñado de tus predios.
No obstante, confiemos en la justicia. Dejemos que obre lenta pero inexorable. Y meta en vereda a tanto bergante. Y ojalá llegue el día en que tengan que limpiar su culo en los cactus que Manrique tanto mimó. O colocarlos en lo alto de uno de los tantos móviles que abundan en las rotondas de las carreteras para que se den, a la vista de todos, para general escarnio, los garbeos que crean necesarios.
A los partidos políticos el particular consejo de que sigan pactando para tapar los estercoleros. Firmen en el vertedero de Zonzamas y luego rieguen los acuerdos en un selecto club de Puerto Calero. Más tarde, el viento de Lanzarote, que es un viento enardecido, aullará de nuevo al colarse por las chimeneas. Y apagará los escasos ecos discordantes. De Famara bajarán ingentes cámaras de aire fresco que recorrerán La Villa y otros rincones. Y por Septiembre iremos todos a Los Dolores a pedir perdón por los desmanes y deslices. Infelices.
Qué pena, Lanzarote. Creo, no obstante, que ha llegado la hora de la recuperación. Y tengo ese convencimiento porque más bajo no se puede caer. Te deseo suerte inmensa. Esa misma en la que no pensaron los zánganos que te esquilmaron.
Feliz fin de semana.