martes, 11 de mayo de 2010

Educación pública


Otro plan educativo que no alcanza su objetivo por mor de las veleidades políticas de turno. La aparente buena voluntad del ministro Gabilondo no ha sido suficiente. El PP quería más y, otra vez, ha roto la baraja. Atisba un horizonte electoral favorable y no va a dispensar un milímetro de ventaja a su rival. Los sindicatos, por su parte, estiman que las concesiones al sector privado van más allá de lo deseable. En consecuencia, uno cree entender que el hecho de intentar contentar a todos no está produciendo los resultados apetecibles. Esperaremos pacientemente de brazos cruzados a que la fruta se caiga de madura y en 2012 estaremos inmersos en un  nuevo panorama.
La educación se ha convertido en un campo experimental en el que cada opción política intenta plasmar su sello de identidad, con lo que las reformas se suceden, las leyes proliferan como churros y el sistema se tambalea. Los docentes no saben a qué carta atenerse y comprueban estupefactos que en cada curso académico la incertidumbre se acrecienta. Se mejora a peor.
Ha habido situaciones problemáticas, pero ahora estamos en un momento realmente caótico. La educación pública hace aguas por todas partes y la desmotivación hace mella de manera considerable en todos los sectores. Los recortes presupuestarios cercenan muchas posibilidades, mientras se inyecta dinero en la educación privada bajo el tamiz de los conciertos. Mientras esta última se alimenta convenientemente y se dota de unos medios materiales excelentes, aquélla se ve abocada a sostenerse en medio de la penuria y la escasez. Por si fuera poco, los movimientos asociativos está de un acomodado perdido. Se satisfacen con cualquier migaja y con tal de que los alumnos estén ‘recogidos’, a ser posible en un horario bastante amplio, el conformismo ha pasado a ser una constante en el panorama, casi el leitmotiv.
Es menester establecer nuevos cauces, pero se antoja medida complicada. El legislador no ha dado clases o si lo hizo alguna vez, hace tanto tiempo que olvidó los más elementales rudimentos. Por lo que su perspectiva no coincide con la cruda realidad. Su visión idílica de la sociedad no es la que se halla en los recintos escolares. Los equipos directivos, salvo las excepciones de rigor, suelen estar conformados por aquellos docentes que cuanto más lejos del aula mejor. Y, quizás inconscientemente –no quisiera pensar otra cosa–, perjudican gravemente la ocupación de los buenos profesionales que no se sienten arropados en su quehacer. El alumnado pretende reflejar en clase la casuística que halla cada día fuera de las cuatro paredes del colegio o instituto. Los padres, obsesionados por la crisis económica que los atenaza y la imperiosa necesidad de la búsqueda de un trabajo para ambos cónyuges, no se han percatado de la prioridad que deben dar a la faceta educativa. Puede que, incluso, se hallen mal representados en las asociaciones por personas que ni siquiera ‘viven’ la gravedad del momento. Y los políticos… a vivir que son dos días.
Tras unos años metido en ese mundo, sigo sosteniendo que enseñanza privada sí. Pero el que la quiera, que la pague y se atenga a las consecuencias. Presumir a costa de otro es faena bien fácil de lidiar. Partidas económicas del erario común que permiten instalaciones fabulosas, maestros mal pagados, periodos de matrícula solapados, cobros por conceptos difícilmente justificables, desvíos de alumnos ‘torpes’ a la otra (al cajón que todo lo admite) y otras muchas ‘picarescas’ son vistas y sufridas por casi todos, menos por quienes tienen la obligación de… pagar indemnizaciones por sus continuas meteduras de pata. Destínense los dineros ‘ahorrados’ a la enseñanza pública y podremos disponer de centros debidamente equipados, con ratios más acordes a los tiempos que corremos. Así estaremos en condiciones de jugar con las mismas reglas. Y puede que alcancemos el objetivo de que incluso los docentes acérrimos defensores de la enseñanza pública no lleven a sus hijos a la privada (en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera concertada) para subir nota. También en la etapa universitaria.
Mis dos hijos también ejercen de maestros. Ambos estudiaron en el colegio de La Longuera (se va a quedar ahora sin comedor por los puros y duros recortes milagrosos) y en el instituto de Los Realejos. Tarados no los veo.