miércoles, 12 de mayo de 2010

Viejos rockeros

















El amigo Carricondo me sugiere escribir algo de un grupo de viejos (léase, please, experimentados) rockeros que acabaron la carrera de Magisterio cuando la década de los setenta asomaba por el Padre Anchieta. Muestra escultórica que contempló cuánto frío pasaron unos jóvenes con mucho pelo que, a falta de perras, levantaban el dedo por si un alma caritativa los acercaba para este Norte. Sí, fueron años de penuria pero de enorme ilusión. Y ahora, echando la vista atrás, después de toda una vida dedicada al distinguido oficio de la educación, de quemar pestañas haciendo programaciones y destinarle horas en pos de nobles ideales, cuando muchos ya pasamos al otro lado de la barrera, rememoramos momentos gratos en aquella vieja Normal de Heraclio Sánchez. Lugar al que, por cierto, íbamos a estudiar. Fíjate tú qué cosas. Y en el que, de vez en cuando, hacíamos alguna que otra trastada. Siquiera por observar cómo doña Inmaculada Corrales se enfadaba algo más allá de lo que ‘normalmente’ estaba. O donde encontrábamos profesores que sugerían le pusiéramos un papelito en la mesa en el que le indicáramos los motivos por los que no pudimos estudiar tal o cual tema. O las clases de Educación Física en aquellas gélidas mañanas laguneras. O las de Religión, cuando el cura hablaba tan bajo que para escucharlo teníamos que callarnos nosotros; qué pillín. O las de Dibujo, cuando tuvimos que pintar una canción y Carricondo presentó su magistral obra de “por el camino verde que va a la ermita”. O el profe de Prácticas que argumentaba la imposibilidad de conducir a un chico hacia el oficio de relojero si sus dedos eran demasiado gordos y bastos…
Esta pléyade de maestros se extendió por todos los rincones de las islas. Para ello se habían bien alimentado con unos tremendos bocadillos de ‘doble entrada’, con chorizo de perro, en una ventita que estaba en la Avenida de la Trinidad y a la que acudíamos durante los minutos del recreo. Lo malo es que la sed te hacía padecer más de un sufrimiento en las horas posteriores. En fin, recuerdos.
Cuando cumplimos nuestras Bodas de Plata en el ejercicio de ‘formar hombres y mujeres de provecho’, nos reunimos y armamos fuerte tenderete (con orla incluida). Palmeros y realejeros no faltaron a la cita. Que de ambos lugares salieron maestros a porrillo. En las fotografías de rigor que nos condujeron a la época estudiantil, aparecían unos cuerpos flacos, unos pantalones de campana y una mata de pelo… No llores. Y luego seguimos. Unos con más asiduidad y los otros más remisos, pero entre acordes musicales y vasos de vino reiteramos la amistad. El último encuentro, en Lanzarote. Para rendir homenaje en su sesenta cumpleaños a Cándido, quien casi nunca falla a las citas tinerfeñas.
En el camino se han quedado algunos. Acudieron a la llamada inexorable antes de lo que consideramos previsible los que aquí seguimos. Para ellos nuestro más sincero y afectuoso recuerdo. Y los ‘jubiletas’, que ya sumamos unos cuantos, aconsejamos (en edad de ello estamos) a los que les resta un suspiro, que sigan dejando alto el pabellón. Porque, enfádese quien lo desee, maestros de la vieja echadura siguen haciendo falta en los tortuosos caminos de la docencia.
Salvo Carricondo, del que partió la idea de esta entrada, no mento a nadie, porque los olvidos serían imperdonables. Pero los emplazo a que en el próximo cenáculo, cada cual lleve una anécdota, un pasaje, una foto… y podamos, entre todos, componer un enorme puzzle. Que sea, en definitiva, algo más, mucho más que esta simple entrada, con un título, además, muy poco original.
A los maestros de escuela, mi reconocimiento y afecto. Y al resto de docentes que también se sienten como tales –que los hay, y muchos–, el incondicional apoyo por dar prestigio al magisterio.
Aclaración: las fotografías pertenecen a esa hornada de la que, asimismo, un servidor forma parte.