jueves, 10 de junio de 2010

Despropósitos


No sé si es una nueva campaña, una ‘montada’ de los políticos o cualquier otra bobería de las que tan dados somos a inventarnos (debe ser para superar la crisis o para tenernos entretenidos). Ellos se han puesto el delantal. El abuelo le da la papilla –o una quesadilla– a la nieta (Manuel Fernández) y José Manuel Bermúdez –el hombre que jamás ha tenido trabajo– va cada semana a hacer la compra. Y lo retratan ante la frutería en la pose más tonta que te puedes echar a la cara. Ni siquiera tuvieron –fotógrafo y él– la picardía de caer en el simple detalle de que hay que ponerse los guantes para coger la fruta. Máxime cuando se pueden tener las manos contaminadas por el dinero, por ejemplo.
Hay unos anuncios publicitarios que rayan, bajo mi punto de vista, la indecencia, cuando no insinúan a la rebelión fiscal o incitan a las actuaciones delictivas. Me explico: “No pagues tus multas, recúrrelas”. Eso leo en un periódico. O escucho en la radio que la empresa tal te invita a legalizar una obra sin licencia, una construcción en suelo rústico, una cueva o cuarto de aperos convertidos en lindo chalecito y un amplio etcétera. Con oficinas en Tenerife, Las Palmas y Londres. Por si el infractor es británico, pienso. Pudieron haberla bautizado La Picaresca, S.L. Total, qué más da. ¡Ah!, y te arreglan los papeles para que te pongan agua y luz. Viva Berriel, el medio ambiente y las novelas picarescas.
Una funcionaria de la administración de justicia se llevó el trabajo para casa y como no tenía mejor lugar donde esconder el cuerpo del delito, metió la información (DVDs) en el horno. Menos mal que no se le pasó por la cabeza llevar el soporte al cuarto de baño. Me temo que no le vayan a abonar las horas extras después de tantas molestias. Se le chamuscó la idea.
¿En qué medida estamos llegando a la población?, se preguntan los sindicatos. En la misma, punto arriba, punto abajo, que los partidos políticos. A saber, estamos todos hasta las narices. Los unos y los otros se representan a sí mismos. Eso sí, se miran al espejo cada dos por tres para aparentar ser más. Y ponen otro (espejo) en la pared de enfrente para que el reflejo vuelva a multiplicar. Parecen así multitud. Exactamente la misma que lograron sacar anteayer a la calle. Lo que sí es cada vez mayor, es la superficie de las banderas, para que pensemos que hacen falta diez o doce brazos para ondearlas. ¡A trabajar, carajo!
“Yo soy español, no alemán”, dijo Rajoy. Traduzco, se le importa un pimiento lo que haga Merkel en el denominado motor de la economía europea (España, por lo visto, es mero tornillo de la maquinaria). Si lo de Zapatero no tiene nombre, lo de Rajoy anda ya sin apellido. Claro, aquí en Canarias no nos quedamos detrás con la grey política. Paulino o Soria, que tanto monta, dirían que ellos son canarios, y no españoles. A pesar de mantillas y peinetas. ¿No se pudo haber puesto un traje de maga de gangochera –Alfred Diston, dixit–, que era más de aquí?
Leí lo siguiente: ¡A la calle, funcionarios! Y me quedé patidifuso. ¿Qué significa el eslogan? ¿Adopto la significación alemana de ‘echar a la calle’ porque sobran, porque hay muchos, porque algunos se rascan el ombligo? ¿O es, acaso, una invitación sindical para que salgan de las oficinas y echar una mano a los liberados en el pendoneo (acción y efecto de pendonear: mover al viento los pendones –porque la del diccionario no me gusta–. Ve tú, que tienes tanto tiempo como yo)?
Ni sigo, porque la carrera de los despropósitos parece no tener meta. Hasta mañana, fisgoneadores míos.