martes, 29 de junio de 2010

Wladimiro


Wladimiro es consejero de Medio Ambiente en el Cabildo de Tenerife. Cada domingo escribe un artículo en el periódico El Día. El señor Rodríguez Brito nos ofrece, una semana sí y la otra también, una lección de lo mal que estamos haciendo las cosas, de lo desagradecidos que somos con la naturaleza, del abandono del campo… Y aboga por la vuelta a coger el sacho, limpiar los terrenos y sembrar. Máxime en una época de crisis económica como la que estamos atravesando. Para que me borres de la lista de morosos, te diré que sembré unas papas en Las Abiertas, pero el viento me las jeringó.
Yo no creo que haya nadie medianamente sensato que pueda poner en solfa estas cuestiones. Porque el articulista, como profesor universitario, se cree en el deber moral de hacer pedagogía con estos planteamientos. Así, en su último comentario, nos dice: Tenemos una legislación urbana realizada por técnicos y políticos desconocedores del mundo rural, que han elaborado un marco legal para gestionar un medio rural sin apenas hablar con los interlocutores directos del mismo: nuestros campesinos. En consecuencia, las normas que se ponen en marcha apenas recogen las vivencias y las demandas del mundo rural y, lo que es peor, se asocia que la cultura rural arruina o empobrece nuestro medio ambiente. El monte, en consecuencia, y el campo lo cargamos de delimitaciones territoriales y de teorías proteccionistas que apenas tienen que ver con la realidad de los campesinos.
Al precitado consejero, con el que, obviamente, coincido en su ‘teoría’, le he señalado –cuando colaboraba en la prensa– que no debe olvidarse de la ‘práctica’. Y que lleva en política bastantes años en tareas de gobierno, no de oposición. Y que quienes gobiernan en Canarias son también sus compañeros de viaje. Y que a ese gobierno lo sustentan dos grupos parlamentarios (uno de ellos, el suyo). Pero Wladimiro se olvida. O le interesa hacerlo. Quizás para que no le recuerden lo del marxismo, leninismo, trotskismo y otros ismos (cada cual se apea donde crea conveniente). Incluso cierta vez me contestó –por escrito, por supuesto– de manera bastante airada, achacándome el que yo también hubiese estado en eso de la política. Sí, consejero, claro que estuve. Y lo dejé todo para volver a la docencia en 1987. Ha llovido, ¿no? Pero tú continúas. Y, por lo que se observa, por arriba del bien y del mal. Y bastante a gusto y en 4 x 4. Lo tuyo es lanzar propuestas. Como la siguiente: Hemos de ponerle cara a los espacios y a las leyes. Nuestro medio rural es duro -viento, sequía, topografía- y, en consecuencia, no debemos amargarle la vida a su sufrido campesino con unas leyes que carecen de rostro humano. Los que tenemos compromiso de gestión en el territorio en cada localidad miramos a los ojos a nuestros vecinos y entendemos que el marco legal con el que trabajamos en muchos aspectos está alejado de la problemática social y ambiental. Nosotros tenemos la obligación de armonizar y aquí no valen teorías de laboratorio, con leyes que tienen mucho de imposición y que apenas le ponen rostro y sentido común a sus teorías. La Administración competente, esto es, el Parlamento de Canarias, ha de modificar las leyes actuales para adaptarlas a la realidad social y ambiental de nuestro territorio.
Al menos ya reconoces que tienes “compromiso de gestión”. Pero luego te vas por los Cerros de Úbeda, o por el Lomo del Burrero, cuando culpas a la Administración competente, esto es, el Parlamento de Canarias. Pues yo te aconsejo que en vez de escribir tanto artículo repetitivo (si estuvieras en una clase universitaria, seguro que más de un alumno ya te hubiera espetado lo de ‘otra vez lo mismo’), te dirigieras a los José Miguel (Barragán y González), a Dulce Xerach, a Zerolo, o al mismo Paulino y se lo dijeras personalmente. Porque tengo la impresión, después de tantas y tantas apariciones en el periódico, de que no te prestan el más mínimo caso. O quieren  salvar distancias con la línea editorial (tan independentista). O te dejan hacer (escribir), para ellos, asimismo, poder aparentar cierto matiz verdoso.
Ahora tengo la desgracia –o la ventaja, quién sabe– de que el contenido de un mísero blog (eso sí, con nombre de chicos de campo, Pepillo y Juanillo) no va a llegar a tus manos (o a tus oídos), ni tiene la considerable difusión del otro periodismo (aunque todo se andará), salvo que algún compañero tuyo de este pueblo –presiento que no me va a caer esa breva– me valga de correa de transmisión. Lo que me alegraría profundamente porque significaría ampliar el círculo de lectores.
Persiste, pues, en tus diseños (insisto, con los que me retrato), pero me temo que no son del agrado de tus amigos de formación política. Pero te dejan que escribas porque siempre es necesario el pintoresco contrapunto (fíjate en las ‘puntas’ entre Rivero y Soria). Mas los votos, y eso CC  lo sabe muy bien, los da el cemento y el piche. El cierre del anillo insular, eso alegan, se cargará casas y tierras de cultivo. ¿Tú dijiste algo, Wladimiro? Sí, ya sé que tus proyectos van más en la línea de Melchior que en los que puede esbozar este eterno aprendiz. Faltaría más. A cualquiera le amarga una rapadura.