martes, 27 de julio de 2010

Ecotural Gomera


Aun no presumiendo uno de poder disfrutar de todas las vacaciones que bien quisiera, sí reconozco que me encanta ausentarme durante cortos periodos. Los condicionantes económicos son los que, obviamente, marcan la pauta. Pero siempre quedan resquicios para las escapadas de rigor. En las que las islas suelen ser destinos preferidos. Porque hay mucho que ver y poder disfrutar en, y por, estas peñas atlánticas.
Los amigos, y seguidores –fisgoneadores– de este blog, saben de mis preferencias por la Isla Colombina. A la que, al menos una vez al año, me traslado para la pertinente recarga. Suelo hacerlo cuando diciembre agota sus últimos días de existencia. Y es normal que las calles de La Villa me observen deambular cuando casi los fuegos de artificio, que despiden el año, hacen acto de presencia en los aledaños de la playa. Porque como el amigo Manolo Arteaga siempre me ha tratado bien, me he convertido en asiduo de los Apartamentos San Sebastián. Y ahora que la Calle del Medio es peatonal, miel sobre hojuelas.
En este verano el Bintazo hizo posible que por vez primera llegara a La Gomera en (por) avión. La experiencia aérea fue sumamente agradable, aunque extremadamente corta. Tanto que si no se espabilan las azafatas, deben repartir los caramelos en la Terminal al momento de recoger las maletas. Debido a este particular, correspondió el alquiler del Opel de Cicar (empresa, para mí, modelo en esta faceta) y una casa rural en Alajeró. De ahí el titular del presente comentario.
Como uno sabe del celo y preocupación de la palmera “Isla Bonita” por haber sido cliente en varias ocasiones, se le ocurre hacer unas recomendaciones a esta empresa gomera, pues aquí funciona, y mucho, el boca a boca. Y no se me ha quedado el cuerpo con el ánimo suficiente para recomendar a los amigos que se alojen en la Casa Rural Don Pedro (I). Y van las razones:
Un magnífico porche cubierto en su costado Sur en el que es menester colocar unas plantas y adecuar (adecentar) el terreno que lo delimita, y en el que unos amagos de viñas luchan con denuedo por subsistir ante el descuido de quien debería poner un toque de verdor en una isla que, precisamente, presume de ello. La flor marchita de una pitera que permanece caída sobre el tejado, junto a una malla rota que separa ambas casas, no supone un atractivo para quien echa una primera visual nada más llegar.
Y en el interior, poca limpieza, gavetas de la cocina que se caen, puertas antiguas –preciosas– que requieren unas buena dosis de protección (llámese aceite, barniz, pinturas o lo que menester fuere; los goterones de resina del descuidado techo –qué pena– son una amenaza para lo que halle en su caída libre), suelo muy dejado de la mano de Dios y con manchas de pintura y restos de remiendos anteriores, luces que no funcionan, menaje de cocina insuficiente, cristales sucios (que se observan mejor al no existir una mísera cortina que le dé apariencia de habitabilidad)…
En La Palma (hace dos meses escasos que estuve) me llama la atención la magnífica bienvenida por parte de sus propietarios y el detalle de la botella de vino y un frutero bien colmado, amén de otras curiosidades en las viviendas, incluyendo el típico, y costoso, bordado de aquellas tierras. En el caso que nos atañe, frío recibimiento por parte de quien parecía más preocupado en querer venderme sus otros negocios que en fomentar esta manera de hacer turismo. No quisiera pensar que se entiende turismo rural como sinónimo del abandono secular del agro, porque en ese caso deberían pagarnos a los inquilinos por mantenerles sus propiedades en condiciones de revista, que se decía en el cuartel.
Pero lo que más me molestó es que seguí a rajatabla las instrucciones de la cláusula del contrato que dice “Si detecta algún desperfecto a su llegada al alojamiento, diríjase inmediatamente al encargado o Ecotural Gomera” y… ¡ni caso! Eso hice cuando me percaté de que sólo se recibía la señal de la televisión autonómica. Y pregunté si existía algún problema de recepción, pues cuando realicé la reserva no se me indicó nada al respecto. El supuesto encargado (al final no supe si era él o la mujer) me salió por peteneras y ante la llamada telefónica efectuada a la empresa contratante sigo esperando respuesta cuando ya me hallo en mi casa, delante de mi ordenador y tecleando estas líneas.
¿Creen que así puedo servirles de correa de transmisión? Me temo que no. La experiencia no resultó y es una pena, porque la casa (las casas) guardan tremendo potencial para ser debidamente explotadas. No me concierne buscar culpables. Que el propietario ponga las cartas boca arriba y las exija a quien corresponda. Por mi parte, con no ir más, asunto zanjado. Y con decirles a familiares y amigos que se vayan conmigo para La Villa, asunto más que resuelto. Luego nos quejamos amargamente porque la ‘cosa está fastidiada’.
Seguiré visitando, y fotografiando, La Gomera, pero me alojaré en San Sebastián, en los apartamentos de siempre. Y no olvide Ecotural Gomera que el celo y la profesionalidad son fundamentales en este quehacer. Y no infravaloren estos “detalles”, porque a lo peor uno conoce a mucha gente. Y este inocente “Pepillo y Juanillo” puede ser visitado por unos cuantos. Que a su vez lo comentan con otros. Y la cadena puede crecer hasta extremos insospechados.  Porque, insisto, algunos amigos tengo. Y conocidos, la tira. No olviden que visité esa isla por vez primera en el verano de 1962. Bastante ha llovido desde entonces. Y alguno de esos aguaceros los he vivido recorriendo vericuetos por la magia de su natura.
No por haberme sentido defraudado voy a dejar de visitar La Gomera. Ya está programada la próxima. Cierto, yo soy uno, pero el granero, por muy grande que sea, se confecciona con ínfimos aportes, grano a grano. Ahora que el Patronato de Turismo del Cabildo está llevando a cabo una buena promoción a través de Internet, cuestión sería de aunar esfuerzos.
Acabo, ya no necesito la respuesta. Pueden borrar el número del móvil. Acabó el Tour de Francia y tampoco vi la carrera de Fórmula I. Espero, por su bien, y el de La Gomera, que a partir de ahora sean mucho más diligentes.
Y a ustedes, ojeadores míos, retomo la manía diaria de colgar algo. Mañana más.