miércoles, 18 de agosto de 2010

Mi moto



Ahí la tienen. Como decía la abuela: casi flemante. Su historia está íntimamente relacionada con la de mi padre. Que comenzó trabajando, como tantos y tantos de aquella época, en una de las enormes fincas de platanera que existieron en Los Realejos. En ambos, porque estamos hablando de tiempos en los que la fusión no se había producido. Y ello ocurrió en la Hacienda de La Gorvorana (antiguo Realejo Alto), donde vivimos varias familias en la modalidad que era conocida como “medianeros”. Tras varios saltos (ya te dije que la finca era grandísima y tenía, que yo recuerde, al menos seis casas, contando con la ‘grande’, hoy propiedad municipal y necesitada de unos buenos sacos [de los de antes, los que traían el ‘nitro’ y pesaban la friolera de cien kilos] repletos de billetes de 500 euros), recalamos en esa ahora conocida Hacienda, con una historia impresionante a sus espaldas (hoy se dictan conferencias sobre ella), pero que uno, ignorante perdido, ni siquiera prestaba mayor interés por los frescos de Bonnín. Pero ese es otro cuento y tiene otros protagonistas mejor cualificados.
Mi padre fue canalero. Como Pepe Oliva y Eliseo en las fincas colindantes. Y entre aguas, chorros, dulas y pesadores transcurría su existencia hasta que el dueño lo nombra ‘recorredor’. A saber, aunque cada finca tenía su propio encargado, creyó oportuno el amo disponer de una persona que ‘recorriera’ todas sus propiedades, incluyendo el empaquetado, para supervisar y coordinar los trabajos. Ese fue Jesús Hernández Perdigón, mi padre. Un día te cuento las peripecias para intentar recuperar ese segundo apellido, por el que mucha gente del pueblo todavía nos menta. Paralelo al cargo apareció la moto. Una derbi 125, de tres velocidades (1,9 HP) y matrícula TF 13.137. Fue matriculada el 18 de marzo de 1959. Tiene, pues 51 años largos.
Con ella, el cabeza de familia salía de La Gorvorana, tras hablar con el encargado de esta zona y echar un vistazo a la cuadrilla, regadores, deshijador, marcador, el podador (de los cedros) y alguno que otro más (entre ellos, recuerdo a cuatro o cinco peones que podrían tener la edad que yo tengo ahora, pero que a mí me parecían enormemente mayores, y que mi padre los distribuía en trabajos menos cansados pues ya no podían seguir el ritmo del resto cuando se acometían trabajos más exigentes, como abrir para estiércol), y con la moto, hiciera frío o calor, lloviera o rajara el sol las piedras, se dirigía a Los Frailes (Puerto de la Cruz), El Lomo, La Longuera y San Pablo (El Durazno, La Orotava), para finalizar el trayecto en el empaquetado. ¡Cuántas veces fui yo de paquete! Por la carretera, pues por dentro de la finca me tocaba a mí conducir (manejar, en aquel entonces).
Así debió transcurrir casi toda la década de los sesenta, porque luego hizo acto de presencia un flamante Volkswagen 1200, matrícula TF 29.884, ya inscrito a nombre de mi padre, porque se cansó de alcanzar mojadas en la moto. Jesús siempre usó chaqueta (y sombrero), cuyos bolsillos parecían sacos desvarados por el peso de las libretas que cargaba y que servían para anotar las incidencias. Chiquitos cabreos agarraba mi madre. Ver a mi padre con el sombrero calado hasta los ojos para que no se lo llevara el viento, era todo un poema.
Desde que hubo coche, la moto se arrinconó. Hasta que por parte de su propietario (el hijo, pues el dueño ya había fallecido) se le dio de baja (año 1978). En esa época ya vivíamos en La Longuera, pero la moto siempre estuvo en casa. Mis padres murieron, pero la Derbi permanece fiel y callada. Y por lo que pueden observar, aparenta menos edad. No lo dice ella, lo digo yo. Ha tenido admiradores, pero ha querido seguir siendo fiel a esta familia que la vio nacer. Y conmigo sigue.
Como aún cree que le queda fuelle, se ha embarcado en otra odisea: su rehabilitación. Son las cosas de mi hijo. Lo malo es que el padre lo apoya. Y en ello estamos. Aunque no es fácil la pretensión, hay muchos requisitos de por medio. Ayer la moví para sacarle la foto. Y no se quejó. Buen síntoma. Espero que no quede demasiado lejos el día en que me puedas contemplar dándome un garbeo. Me tendré que agenciar un casco acorde con la edad: de ella y mía.
Sean felices, y si van en moto, conduzcan con cuidado.