domingo, 22 de agosto de 2010

Pedantes


Cuando hablamos de una persona pedante nos referimos a la que es engreída y además hace inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no en realidad. Pero existe, asimismo, una acepción (en desuso) que alude al maestro que enseñaba a los niños la gramática yendo a las casas.
Desde que inicié la andadura de (con, desde, en, por) este blog, me he ido percatando de que hay de todo (en la viña del señor). Y las recientes incursiones por eso que mentan como ‘redes sociales’, me ha venido a ratificar que los pedantes abundan. Y si por tales se conocieran a aquellos individuos que se ‘excrementan’ en grado sumo y en estado gaseoso por cierto orificio que suele estar al final de aparato digestivo (escasos ejemplares lo tienen en otro sitio), como diría el amigo, pos güeno. Sí, los hay. Y creo que corren detrás de los aviones y pellizcan los cristales.
La solemne estupidez de estar realizado como persona si has cumplido los tres objetivos que otro imbécil redomado se inventó vete tú a saber cuándo, a saber, plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, te da derecho, por lo observado en las incursiones fisgoneadoras, a pensar que eres un fenómeno, sin reflexionar ni tanto así que puede serlo (fenómeno) una persona o animal monstruoso. Eso es lo que hay, mucho monstruo con careta.
Es decir, yo, que soy soltero y sin compromiso, que no he sembrado ni un mísero mato y nadie me ha brindado la oportunidad de publicar un sinfín de estupideces que guardo en unas libretas de dos rayas, pertenezco al gremio que resta por realizar. ¿Y qué soy mientras tanto? ¿Persona non grata? ¿Hombre o mujer cuyo nombre se ignora o se omite? ¿Un accidente gramatical? ¿El Padre, el Hijo o el Espíritu Santo? ¿Primera, segunda o tercera? Qué dilema. Entraré en el FB donde hay muchos muros escritos (¿grafiteros?) y comprobaré si puedo salir de esta duda existencial que me agobia, me atenaza, me destroza y me descompone.
La realización personal debe pagarse ahora mucho más cara que hace unas décadas. Si me hubiesen consultado hace unos años apenas por temas informáticos, seguro que les hubiera contestado que con un procesador de texto (Word) estaba más que contento para mi labores docentes y la manía ‘juntaletras’. Y mírame hoy: mantengo un blog. Bueno, eso dicen los entendidos. Te puedo jurar que hasta hace unas horas jamás le he echado de comer. Eso sí, de vez en cuando permuto una fotografía, pongo alguna frase célebre, cambio las décimas, y, por supuesto, la entrada diaria. Que leerán más o leerán menos. Que gustará o no. A la que añadirán un comentario o no. Pero el hecho de que en un día lo hayan visionado desde 50 ordenadores, no supone que me muestre más satisfecho que cuando solo lo han mirado 30 internautas. Porque estos pueden ser personas y aquellos bichos raros aún sin realizar. Y no me voy a inflar si arriba aparecen generosos cumplidos. Máxime cuando tienes activada la posibilidad de moderar esos comentarios y si te llega uno que no sea de tu cuerda, con rechazarlo tienes bastante.
Siempre he sostenido que la vida brinda infinidad de oportunidades. El aprovecharlas o no depende de muchos factores. Reconozco que en mi caso he disfrutado de poder estar, quizás, en demasiados berenjenales. Los amigos (que siempre son pocos, el resto es otra cosa) me reprochan que ni siquiera los dé a conocer. ¿Para qué? ¿Me van a pagar más a final de mes por ir cacareando? Por eso, y no sé si es mucho o poco, me rebelo contra quienes publicitan hasta sus cumpleaños, algo que entiendo propio de otro ámbito más íntimo, no tan público. Por lo que al menda respecta, después de los 38 solo cumplo años de manera excepcional cuando el hecho coincide con un eclipse total de luna visible a altas horas de la madrugada en una noche nublada.
Cuando alcance la entrada número trescientos daré a conocer lo que Google Analytics me chiva diariamente. El instante menos pensado le comunicaré que he sembrado árboles, arbustos y hierbas, que tengo una nieta (dueña de un árbol que le regalaron en Ingenio) a la que le dedico el inminente libro (y van…), y que estoy felizmente jubilado. Viajo con Mundo Senior y me voy para La Gomera cuando me viene en gana.
Hasta luego, pedantes (palabra compuesta de ‘peda’ y ‘antes’; hoy, intoxicación etílica). Que no se les remonte… Más alto subió la palma y al suelo bajó a barrer. Tengan, no obstante, feliz domingo. Faltaría plus.