martes, 21 de septiembre de 2010

Escupitinas

Iba a titular “Escupitajos” esta entrada, pero como el diccionario (uno de ellos, voy a seguir los doctos consejos del amigo Humberto Hernández) me indica que también existe “escupitina”, me decanto por este último vocablo porque me parece –simple manía– menos guarro. Serán o no casualidades de la vida, pero ayer estábamos por el final del aparato digestivo y hoy hemos dado tremendo salto hasta sus inicios. En ambos casos se trataba de dar a conocer ciertas expulsiones. Y no es que me haya dado ahora por el estudio profundo de la escatología, sino por el asco que me produce contemplar un partido de fútbol.
Uno tuvo la oportunidad, afortunadamente, de practicar algo de deporte en sus años mozos. En la época estudiantil fue el atletismo el que más me llamó la atención. Y nos llevaban a competir en La Manzanilla lagunera. No era uno malo, no, fundamentalmente en salto de longitud y triple salto. También el denominado en aquel entonces balonvolea (hoy, voleibol) era un deporte colectivo en el que hacía uno sus pinitos. Luego, cuando ya comenzó el curro y las obligaciones familiares, mataba el tiempo con el fútbol aficionado o en el fútbol sala.
Pasaron los abriles, y los diciembres, se fueron cumpliendo años y he alcanzado un periodo existencial en el que no aguanto un partido ni por la tele. Es probable que resista mejor uno de tenis o baloncesto. Y, por supuesto, una etapa de cualquier ‘grande’ del ciclismo. Porque te culturizas de solo observar bellas imágenes, hermosos paisajes. Y valoras el ímprobo esfuerzo de un deportista que ha de valerse, única y exclusivamente, de su propia condición física.
Existirán, no lo niego, las excepciones de rigor, pero no es normal ver a ciclistas, tenistas, atletas, nadadores… escupiendo a diestro y siniestro. No pasa por tu cabeza el que en un partido de baloncesto los jugadores se dediquen a la noble cochinada de escupir cada dos por tres, porque las mopas no descansarían. Pero el fútbol es bien diferente. Los veintidós jugadores disparan que es un disgusto. Si tuviéramos una cámara que encuadrara todo el rectángulo de juego (o, en su defecto, una que ‘espiara’ los movimientos de cada jugador individualmente), debería ser apoteósico el reparar en un diluvio continuado.
Estás delante del televisor y es raro que no se enfoque a cualquier ¿deportista? lanzando saliva en todas las direcciones (incluyo, faltaría más, la cara del contrario). Si pudiéramos medir la cantidad de litros de ese material semisólido, viscoso y hediondo nos llevaríamos tremenda sorpresa. Y todo queda regado por el césped. En el que, de vez en cuando, alguno deposita sus huesos. Al caer, lo habrás visto en más de una ocasión, resbalan, patinan, se deslizan. ¿Normal, no?
Hubo un defensa madridista –omito el nombre para no ahondar en cochinadas mayores– que, a ojo de buen cubero, podía fácilmente depositar en su ‘campo de acción’ unos tres cuartos de litro bien medidos. En el partido del Madrid contra el Ajax holandés, una buena porción del césped estaba amarillo como un gufo. Los comentaristas (ahora siempre hay tres o cuatro) nos ilustraban con lo de que se trataba de un hongo. Y una caca, por ser fino y no decir una mierda. Son esputos tras esputos. Y no le demos más vuelta de hoja. A estos profesionales habría que sancionarlos por atentar reiteradamente contra la salud pública. Luego van los pajarillos a picotear en busca de cualquier insecto y vete a saber tú qué demonios se están llevando a sus delicados estómagos.
Puercos, que son unos puercos. Y tan acostumbrados están al escupitajo de turno, que luego se suben a una guagua y hacen lo mismo. Que se lo pregunten a Piqué cuando La Roja paseaba por la capital de reino. Así le parten la cara cada tres por dos. A esta paso no nos bastan los recogepelotas. Vamos a tener que habilitar los recoge… ¡Fos, cochinos, que no tienen otra cosa en la que entretenerse!