jueves, 2 de septiembre de 2010

Mi barrio


Aunque por circunstancias que a uno se le presentan a lo largo de su existencia, ahora viva en Realejo Alto, mi barrio es –sigue siéndolo– Toscal-Longuera. Mejor, La Gorvorana. Pero como en la actualidad todos aquellos pequeños núcleos se convirtieron en un ente poblacional de mayor envergadura, con sus ventajas e inconvenientes, hoy somos, como indicaba, de Toscal-Longuera. Atrás han quedado piques y viejas disputas. Al igual que sepultados han fenecido lugares emblemáticos como La Corujera (Romántica I), La Zanjita, El Camposanto (Romántica II), Las Arenitas, La Hoya, La Casa Azul y otros muchos. Por muchos de ellos transitó aquella vieja moto de la que te comenté hace unos días y que tantos recuerdos han traído a la memoria de varios lectores que así me lo han trasmitido, y que yo les agradezco infinitamente.
Pero en esta entrada me gustaría comentarles dos aspectos. De uno algo insinué en otra entrada de hace varios meses. Se trata de la que denominábamos “Cueva del mármol”, ubicada en el acantilado que se alonga al otrora “Charco de las lisas”. Como el número de lectores, para mi sorpresa, se ha ido incrementando, lanzo la propuesta para que algún geólogo estudie el particular. Puede que ya uno (por los años y ciertas disminuciones físicas; coño, dilo claro, que no tienes veinte años) tenga ciertos reparos en trepar y deambular por senderos estrechos (de haberlos), pero seguro que estudiosos en la materia sí podrían indagar de cuál es su estado actual, y, por qué no, su posible recuperación como un atractivo natural más del municipio realejero. Sé que su tema son los volcanes, pero a Javier Dóniz lanzo el envite. Y me acordé de este asunto por la noticia de los mineros chilenos enterrados a más de setecientos metros de profundidad y por la tardía preocupación del Cabildo en el controvertido asunto de las galerías. Por lo que se observa, deben cumplirse aniversarios de tragedias para volver a poner manos a la obra. Porque la tal mentada “Cueva del mármol” se halla al final de una galería (no me pregunten nombre), por la que nosotros entrábamos con unos mechones. Sin más. Salíamos tiznados con aquellas piedras impregnadas de aquel material calizo que nos parecían auténticas joyas. ¿Te imaginas Valporquero o Nerja en chiquito y aquí en Los Realejos? La culpa del recordatorio también fue de Rubén Lorenzo con el que tuve amena charla ayer tarde en San Jerónimo y nos pasamos ratos rememorando pasajes de antaño en la Playa de Los Roques, allí donde José Ravelo llamaba a las morenas con su silbo y su peculiar canto. En fin, miren a ver. Tengo una ilusión. Y no fue un sueño de anoche.
El segundo de los aspectos está más relacionado con la modernidad: la telefonía móvil. Lo han podido leer estos días en la prensa. Ahora disimulamos los artefactos dentro de elegantes bidones (que los vecinos creían para agua). Y los habitantes de la zona de La Ladera están que se suben por las paredes. Porque (ellos no se atreven a escribirlo, pero yo sí) uno que jamás se ha distinguido por colaborar en la mejora del barrio (más bien jeringar todo lo posible; te lo traduzco: más ruin que mierda perro), ha alquilado su azotea para que la operadora ubique sus aparatos (deberán ser repetidores o algo así). Lo más patético es que las obras que conllevó la instalación se han realizado en un tiempo récord y poco menos que a la escondida. Luego nos tranquilizará el señor concejal responsable con lo de que han abierto expediente a no se cuántos casos. Lo de la sanción no acabo de creérmelo. Y aun admitiendo que fuera verdad, ya saben, hagan lo que les venga en gana, después paguen una multa (de andar por casa) y ya está la legalización concluida. Porque de las que tú has visto, y yo también, ¿cuántas han quitado? Optimistas que somos. Aquí viene lo mejor: yo tengo la solución. Es bastante sencilla, pero eficaz. Lo certifico al cien por cien: durante dos semanas (no hace falta más) dejen de utilizar los móviles. Todos, de cualquier operadora de telefonía. Y les prometo que harán un estudio serio y concienzudo para encontrar lugares idóneos para esos cachivaches. Tengo sesenta y un años. Sigo sin tener móvil. Y aquí estoy, sin mayores traumas. No me digas que no puedes acometer un periodo de quince días de abstinencia. Desde que intentes aportar una disculpa, tendremos que seguir apechugando con las antenas. Es lo que hay. Y con unos gobernantes complacientes (¿a cambio de?) y que saben mirar a la perfección para otro lado. ¿Cuántas plataformas se forman para revindicar cosas? Sigo sin ver una que haya hecho esta propuesta que hoy lanzo. Ya yo la estoy cumpliendo. ¿A qué esperas tú?