lunes, 4 de octubre de 2010

Chiripitifláutico

Ángel Llanos, ese portento de la política santacrucera que no quiere abandonar el barco pepero, propone no sólo que los alumnos vayan uniformados para evitar que se cuelen en los centros elementos indeseables (a los que trincaremos enseguida por la vestimenta), sino que saluden, en pie (del brazo nada dijo, por ahora), cuando entre el profesor en clase. Además, éste (el profe) estará situado en una tarima para que el alumno se percate de que se trata de un ser superior. Con estos dos simples detalles, el problema de los conflictos y la falta de educación cívica estarán completamente resueltos. Se acabaron las familiaridades, los coleguitas y demás sandeces. A trabajar todo el mundo. Y lo dice el pibe de Ofra, el que ha mamado calle cual culichiche al uso.
Ahora lo que digo yo. Conozco multitud de maestros (no profes) que entran a cualquier clase. Van hasta la mesa y no se sientan. Permanecen en pie al costado de la misma (que está situada en el mismo piso y a la misma altura que el resto del mobiliario). Abre su maletín, saca el material y en el transcurso de un minuto, sin haber abierto la boca aún para decir ‘buenos días’, ya los chicos están debidamente sentados y en silencio. Sí, muchos. Y lo sabe el resto del personal docente. Y lo sabe el equipo directivo. Y, lo que es más importante, lo saben los alumnos. ¿Qué hacen? ¿Cómo hacen? No hay varitas mágicas. Eso se lleva dentro, es un don, es congénito, es duende, es… ser maestro (no profe). Puede que haciendo una encuesta a los chicos hallemos la solución. Ellos suelen ser mucho más sinceros en sus respuestas. ¿Por qué no se ha hecho? Porque el profesorado siente pavor a que los resultados lo pongan en evidencia. A que la sociedad se percate de que la culpa no está únicamente en un platillo de la balanza. Ojo, en un centro docente todavía estos (los maestros) son los más. Pero en una calle, una bombilla apagada causa mucho más efecto que cincuenta encendidas. ¿Lo vas cogiendo? En el último curso de ejercicio activo, una profesora (no maestra) me preguntó qué hacía para lograr que la clase estuviera en silencio y atendieran a las explicaciones. Nada especial, respondí, lo que he hecho siempre y ellos lo saben, porque el día que no sea capaz de lograrlo, me quedo en mi casa. Creo que la humilde lección cayó en saco roto.
Vamos con el segundo asunto chiripitifláutico. Escuché pacientemente la grabación de la última sesión plenaria del ayuntamiento realejero. Me percato, y me sorprendo agradablemente, de la preparación de ciertos concejales (la pena es que están en los grupos de la oposición; espero que por poco tiempo) y de la nulidad de otros (para desgracia de los habitantes de la Villa de Viera, casi todos en el grupo gobernante). Hombre, por Dios, hay alguno que no sabe hablar y mucho menos leer un simple papel. Tengan vergüenza que los están escuchando. Que sí, hombre, que sí, todos valemos para algo, pero en pleno siglo XXI a un edil debo exigirle la preparación adecuada para ostentar dignamente la representación popular. En la faceta “curturar”, mucho que desear.
Uno de los asuntos estrella del orden del día era el que CC (9 concejales) volvía a llevar a pleno tras las reiteradas negativas de los dos grupos opositores, PP y PSOE (12 concejales), y que consiste en un proyecto con el que se pretende revitalizar la zona comercial de la Cruz Santa a través de una serie conjunta de actuaciones. Para lo que hace falta presupuesto. Que debía conseguirse con una aportación del Cabildo y la solicitud de un crédito por parte del ayuntamiento. Entre las urgencias, carencias de informes preceptivos (Intervención), trasvases y desvíos (Los Cuartos) y otras lindezas de mayor o menor porte, me pareció patética las demandas del alcalde para que al menos se abstuvieran y permitieran que el asunto saliera adelante con los votos coalicioneros. Porque les puedo asegurar que el consejero me dijo… Y también hablé con el del PP… Si quieren luego darme cachetones, aquí estoy para que me flagelen… De pena. Me recordó los tiempos de Fernando Luis, alcalde que fue durante muchísimos años en Santa Úrsula, quien siempre llevaba una libreta en el bolsillo en la que se hallaba anotada toda la contabilidad municipal.
Hay más guindas, pero no me gustaría encontrarme en la soledad de Oswaldo Amaro. Más solo que la una. Sin un apoyo (de fundamento) al que agarrarse en momentos delicados. Por mucho que luego ratifique (digámoslo así) ciertos comentarios de su primer teniente de alcalde. Debe llevar la portavocía de casi todos los asuntos porque su equipo ni da más de sí, ni da más de no, sino que da lástima y sentimiento. Al que solamente resta el recurso de consolarse con el “ustedes gastan más en llamadas telefónicas”. Lo siento por Radio Arena, pero no se les ocurra hacer lo que yo: escuchar la retransmisión de un pleno. No obstante, a pesar del sacrificio, me acordé de Locomotoro, Valentina, el capitán Tan y el tío Aquiles. Qué tiempos.