martes, 23 de noviembre de 2010

La fotografía

He manifestado en alguna ocasión que me gusta la fotografía. Al igual que he dicho que me atrae el escribir. Pero nadie ha visto en lugar alguno, ni siquiera me lo ha oído, que me haya definido como fotógrafo o como escritor. Me he autonombrado escribano, escribidor o juntaletras. Y mucho menos he osado, por aquello de componer tres versos, calificarme de poeta. Insisto, una de mis debilidades (confesables) es la fotografía. Y lo único que conozco es agarrar la cámara y comenzar a disparar. Ahora con las digitales juegas con la ventaja de poder borrar todo lo que no te satisfaga. Y eso de eliminar, debo reconocerlo como mérito, se me da a las mil maravillas. Jamás he hecho curso alguno al respecto y los avances informáticos con los “se pueden procesar con programas de tratamiento fotográfico en una computadora, para ampliarlas o reducirlas, realizar un encuadre (una parte de la foto), rectificar los colores y el brillo, y realizar otras muchas posibles modificaciones según el programa que se utilice” (lo entrecomillado me lo copié de la Wikipedia), seguro que si el bueno de don Imeldo Bello Baeza levantara la cabeza los prohibiría ipso facto alegando que eso será otra cosa pero no fotografía. Uno conoce algo, muy poco, del Photoshop, y algún cable molesto he hecho desaparecer, pero me parece un adulterio. Yo respeto todos los avances y admiro esas maravillosas composiciones que nos envían de vez en cuando. Pero, insisto, aun siendo muy meritorio, eso es trucaje de la fotografía.
En este blog, y en el muro de feisbuc, he ubicado algunas. Más como elementos de distracción y alivio de los textos escritos, que por el afán de que los posibles visitadores se recreen con las instantáneas; más por darle a conocer a ustedes las bellezas de los lugares que uno ha podido visitar, que por la pretensión de recibir plácemes y aplausos. Este particular lo comparo con los buenos tocadores que hacen sonar cualquier instrumento simplemente ayudándose de su oído, es decir, con nulos o escasos conocimientos de la teoría musical. Y cuando tú escuchas una guitarra, un timple o un laúd, y suena de maravilla, ¿mandarías al paredón al osado que lo hace porque algo innato se lo dicta?
En el arte fotográfico, un servidor se agarra a lo que le interesa. Si la foto me gusta, se me importa un pimiento que alguien me diga que los colores no están bien logrados o que al enfocar la línea del horizonte me quedó cambada. ¿Y qué? Tengo cientos de fotos de palmeras gomeras y casi ninguna está derecha. Con el paso de los años uno se va torciendo que es un disgusto. ¿Qué, nos retocamos con el Photoshop?
Dicen los manuales que cuando sacas una instantánea del mar, si te queda la línea del horizonte inclinada da la sensación de que el agua se va a derramar. ¿Y? En mi casa están casi siempre todos los cuadros torcidos. Pues todavía no he visto un charco en el suelo. ¿Acaso no puede ser uno original? ¿Por qué tenemos que hacer todos lo mismo? Todo igual, monotonía, todos machos (como dijo Hugo Sánchez), qué aburrimiento. Normas para la convivencia ciudadana, por supuesto. Pero en el arte, no, por favor.
La gran Renate Müller me dijo una vez que había subido a Las Cañadas y se vino para abajo sin sacar una foto porque la luz no era la adecuada. Pues cuando yo subo, bajo con la tarjeta repleta y con al menos tres opciones en la recámara: arreglarlas con el programa consabido, borrarlas o guardarlas tal y como salieron.
Tuve un profesor en la universidad que me inculcó, entra bromas y veras, lo de que las reglas están para no cumplirse. Y sigo el consejo a rajatabla. Además, también leí lo siguiente: “La composición de una fotografía es, en cierto modo, un arte... y como tal no existen reglas ni limitaciones que hagan que una determinada composición sea mejor que otra”. Y “es importante repetir que no existen reglas rígidas y mucho menos con respecto a dónde deben colocarse los objetos dentro del encuadre”.
Por supuesto que hay normas, sugerencias y consejos. Y se agradecen infinitamente. Pero si todos, absolutamente todos los escultores se rigieran por una misma directiva, ¿qué haríamos con tanta obra homogénea? En la pintura, ¿cuánta variedad hallamos? ¿Y cuántos cuadros existen en los museos a los que cada cual le da la visión que le apetezca? Y los miran con el cuerpo inclinado, ¿no te has fijado? Y como no entendemos ni torta, nos creemos todo lo que nos dicen. Y lo mismo vemos lo que realmente no vemos. El pintor hizo lo que le vino en gana y el crítico interpreta lo que le convenga.
Para que no crean que mi rebeldía llega a extremos insospechados, debo confesarles que el siguiente párrafo vale para dar la razón tanto a los puritanos como a los díscolos. Allá va: “La línea del horizonte suele ser una referencia visual clave para el ser humano. Normalmente esta debe mantenerse recta, horizontal. La percepción de una línea del horizonte inclinada suele llamar la atención y, si no está justificada, da al espectador la sensación de que los objetos se van a caer hacia ese lado, lo cual no suele producir buenas sensaciones”. Es lo académico, ¿no? Pues mira tú como se les coló el ‘normalmente’ (no significa siempre), ‘suele’ (no quiere decir debe), ‘da la sensación’ (sugiere más que conmina).
Así que como las normas no son estrictas, severas y rígidas, con el permiso de todos ustedes voy a seguir como hasta ahora. ¿Después de viejo, cabrero? Va a ser que no, ya ordeñé cuando joven. Cabras, of course. Y a los que me escribieron en el muro que le gustaban las fotos, hagan el favor. Eso, hagan el favor. Sin confianzas.
Y para muestra un botón: esta única foto, en diferentes posturas, cambada p´a un lado, cambada p´al otro y también derecha, es mía. Y me gusta. Más empenado estoy yo. No la miren por el lado del bajón porque se mojan todos.