domingo, 5 de diciembre de 2010

La Gomera en el recuerdo (4)

Finalizaban las clases en el Colegio San Agustín (donde cursé el bachillerato de seis cursos y preuniversitario, porque don Andrés, el maestro, me mandó un día pues estimaba que podía dar algo) y mi padre, encargado de una finca de platanera (La Gorvorana), ya había hablado con el dueño, como cada año, para que su hijo (yo) trabajara en ella durante los meses de verano. Normalmente, a regar. Y era tan grande (la finca) que cuando finiquitabas en las huertas del fondo (costado norte), casi debías iniciar otra vez el ciclo en la huerta alta y en las del café (costado sur). Durante ese pequeñísimo intervalo, apenas unos días, a cortar farulla o a quitar longo. El riego era a manta y en las mentadas del costado norte, sin atarjeas, la misión de virar los machos se complicaba, para un neófito como yo, de manera harto notoria. Máxime cuando debías lidiar con la enorme cantidad de botellas que Chacho, el hijo de Alfredo, se encargaba de esparcir por las pocetas. Con una de ellas tuvo la desgracia de tropezar cierta vez una de mis patas, resultando una preciosa cortada que me tuvo aparcado una semana. Menos mal que se compensaba con las escasas frutas que daba aquel enorme peral que lindaba con la finca vecina, al que no le dejaba bien madurar las peras so pena de que desaparecieran en otro gaznate.
Hubo, no obstante, dos excepciones, dos cortos periodos en los que el menda se ausentó de la obligatoria tarea. Hoy te relataré la primera: mi primer viaje fuera de la isla, de la mano de don Rodrigo, el médico, que, junto a otros cinco mozalbetes, nos remitió para el recién abierto campamento de El Cedro (La Gomera). Formábamos, nos dijeron, una escuadra (seis en una tienda). Debió ser que conocía a mi progenitor, porque un servidor jamás había pisado aquel local, donde hoy está la Casa de la Cultura, y que después me enteré que era la sede de la OJE.
El correíllo La Palma fue mi padrino en el bautismo de mar. El 21 de agosto de 1962. Un martes, qué ocurrencia. Ya lo decía mi madre, entre lloros, cuando abandonaba la casona de la finca, donde llegamos a vivir hasta siete familias, rumbo a lo desconocido. Mi padre cortó la despedida con el déjalo, coño, ni que fuera p´a la guerra. Creo vagamente recordar que nos llevaron hasta Santa Cruz en el famoso taxi de Dámaso. Luego nos metieron en la bodega de aquella cáscara de nuez en la que casi no echo la hiel (jiel, en canario más profundo) por la boca. Cuando ya no quedaba nada en mi estómago, nada (otra vez) quiero contarte de los sinsabores de la pestilente y ácida (mala) bilis. Me dije (lo inventé yo) que ‘más nunca’, pero me equivoqué rotundamente. Aquel cacharro, hoy restaurado, debió alcanzar La Colombina a media mañana después de navegar toda la costa sur desde la medianoche anterior. Puede que fuese más exacto lo de trotar sobre las olas embravecidas de la mar océana, puesto que cuando ubiqué la primera pierna en el muelle de San Sebastián casi me voy de mandoble al suelo. Pero todo pasa y no hay mal que cien años dure.
Una guagua, antigua, como lo soy yo ahora, nos trasladó por El Rejo hasta la entrada a la pista. Luego, primera pateada hasta aquella zona (un claro en el inmenso bosque), cerca de Las Mimbreras, donde estuvo la instalación que nos acogería hasta el 9 de septiembre (sábado). Como este blog no es el vehículo adecuado, dejaré los detalles en el tintero para una próxima publicación, y me remitiré solamente a varias pinceladas que moldearon mi espíritu viajero más que aventurero. De aquellas  casi tres semanas, la primera estuve durmiendo en una especie de noria. Cuando arrancaban el motor que durante unas horas alumbraba nuestras existencias, y ponía la cabeza en la almohada, todo daba vueltas a mi alrededor. La tienda se movía, el piso se movía, ibas hasta las letrinas (una zanja en el terreno) y casi no atinabas con el chorro (nada te cuento de cuando no eran simplemente aguas menores).
Recuerdo especial para la piscina. En la que hice mis primeros pinitos de natación. Que contaba con trampolín para los más osados. Pero qué fría estaba el agua. Y justo al lado, el comedor. Cada tarde, una caminata hasta la ermita. Sentí rabia cuando tuvimos (los componentes de mi caseta) de guardia cuando el resto de la tropa se fue de marcha al alto de Garajonay…
El riachuelo marcó impronta. Y como el retorno se hizo de día, en el León y Castillo, e íbamos en cubierta, no solo no hubo mareo sino que quedó signada la huella que me dejaría marcado por, y para, el resto de mi vida. Cuando todavía me preguntan por qué vuelvo a La Gomera con tanta frecuencia (¡chacho!, ¿ya no te la conoces toda?), contesto que, probablemente, por sentir el aire de las noches de La Villa al pasear por la Avenida Marítima. Me despeja, me anima, me reconforta. Y eso es mucho en esta sociedad nuestra.
Sí, ese que se apoya en el bastón soy yo con trece años. El color rubio, casi blanquecino, del pelo fue cambiando con el tiempo. En esta nueva –es un decir– etapa, el que resta se ha vuelto níveo. Paradojas de la vida. Hasta otra.