jueves, 9 de diciembre de 2010

Lumbreras

En alguna ocasión anterior he dejado caer que a estas alturas de la vida no es el fútbol entretenimiento que satisfaga mis escasos momentos de ocio. Porque ha dejado de ser deporte para convertirse en un cúmulo de intereses tal, que ni siquiera los resultados constituyen la parte más importante del negocio. Y algunos clubes, con grandes campañas publicitarias y mediáticas, montan espectaculares chiringuitos, mientras otros se ven abocados a la precariedad más absoluta. Como puede más la imagen que el buen hacer, viene a resultar que hemos fabricado unos mitos apolíneos que venden a porrillo camisetas, revistas, productos de belleza y calzado deportivo de mil colores. Pero cuando toca demostrar sobre el césped el increíble valor de una ficha, se caen cuando les alcanza el viento que genera el contrario al pasar a dos metros de distancia (las turbulencias). Suelen ser, además, los que, inmersos en el lodazal del dinero y la vida fácil, caen en la irremediable tentación de perder los nervios con demasiada frecuencia. Uno de estos adonis, ahora ‘fichado’ por el fútbol turco, no tardó demasiado en reproducir los esquemas por los que se desenvolvía en la capital madrileña como pez en el agua. Y pescado in fraganti con una borrachera de no te menees, tras darle un buen estampido a una guagua que se interpuso en su zigzagueante camino, mostró feroz resistencia porque los osados agentes podían estropear su tambaleante figura o, quizás, arrugar su ropa de sport (de marca, por supuesto). Como lo fue el güisqui que había ingerido en cantidades industriales. Golfos, niñatos, bobostiesos… A jalar por la guataca los ponía yo. Sí, de sol a sol. Y los días de lluvia, sin paraguas que los proteja.
Acabé el párrafo anterior con algo de mal tiempo. Parecido al que hemos tenido en este otoño en estas tierras nuestras. Con lluvias y vientos que han dejado todo convertido en un patatal (eso dicen los comentaristas deportivos cuando el terreno de juego está en malas condiciones y a los figurines se les puede virar un tobillo, ¡uy, cómo me duele!). Ha habido poblaciones que han sufrido los efectos de estos temporales de una manera brutal. He caminado poco estos días, pero la imagen de las plataneras me ha hecho recordar fenómenos atmosféricos de cuando uno era crío y se nos queda el cuerpo chungo (algo rememoraré en unos días en mis crónicas de La Gomera en el recuerdo). Me sigue llamando poderosamente la atención la rapidez con la que los políticos cuantifican los daños. Todavía se sienten las últimas ráfagas de la ventolera y ya saben que las pérdidas ascienden a tal cantidad de millones de euros. Ni peritos, ni técnicos ni visitas al campo de operaciones. Tanto y punto. Exigiremos la declaración de zona catastrófica, pondremos una nota en feisbuc de estar a disposición de los vecinos para lo que necesiten y a pasear por todos los medios de comunicación posibles. Como los adelantos tecnológicos nos permiten medir con gran precisión, hemos sabido cuántos litros de agua han caído y qué velocidad llegaron a alcanzar las rachas de viento. Y con estos datos en la mano, los meteorólogos nos indican si ha podido ser un huracán, un tornado o un temporal duro. Ahora bien, cuando el político ‘juega’ a lo que no sabe, corre el peligro de que un remolino lo sacuda con ganas. Es lo que le sucedió al alcalde de San Juan (o San José) de la Rambla, quien no dudó en utilizar cierto aparato, fabricado en su cerrajería (lo puedes contemplar en la ilustración), para declarar a los cuatro vientos (y nunca mejor dicho) que en su pueblo el vendaval alcanzó la increíble velocidad de 800 km/hora. Y lo más sorprendente es que él mismo mismamente lo pudo resistir. Se supone que en esos instantes estaba bien sujeto al yunque, mientras Wladimiro lo miraba distendido porque no hacía falta avivar la fragua ya que había aire más que suficiente. Si mi abuela, la pobre, viviera, a buen seguro que exclamaría su frase predilecta: ¡cruz, perro maldito! Yo confío en que desde su gabinete de prensa (¡qué pomposo!) no se haya remitido nota alguna a los medios de comunicación. Me consta que no se utilizó el helicóptero de La Guancha para tal menester. Parece ser que le fue imposible despegar con ese viento tan racheado. Lo hubiese puesto en Las Aguas. O más p´allá, vete tú a saber. Concluyo: tú has oído decir lo de “estás ahí por falta de viento”. Como dando a entender que si se levantara un  fisco de brisa, ya te hubiera mandado a mudar. Pero eso no funciona con los políticos. Y el ejemplo bien claro en La Rambla: ni siquiera un huracán de ocho centenares de kilómetros por hora fue capaz de tumbar a Manolo Reyes. Y Cosme Yanes rompiéndose el coco para fichar un buen puntal para el equipo de luchas de Punta Brava.
Hasta mañana.