miércoles, 12 de enero de 2011

El Tanque

Todo surgió porque me llamó un amigo, tanquero por más señas, y me advirtió, de entrada y sin anestesia, que estaba muy molesto. De una parte con ciertos responsables políticos, y de otra con la manera de titular de algunos medios de comunicación.
De casi todos es sabido que Dulce Xerach Pérez, que lleva ejerciendo cargo público y cobrando mucho en la práctica casi cotidiana de la ley del mínimo esfuerzo (se entretiene, como yo, manteniendo un blog; hago la salvedad de que el mío es mero solaz y recreo y a ella le pagan), se inventó un buen día reconvertir un depósito de combustible de la refinería en un espacio cultural. Y allá cada cual con la suerte y los apoyos (familiares y financieros). Me enfada, no obstante, que el antiguo cine (Viera) de Realejo Alto continúe en un estado lamentable. Me cabrea que la Casona de La Gorvorana se caiga a pedazos. Me repatalea que Rambla de Castro (casa incluida, cañones de San Fernando, elevación de Gordejuela…) esté y no esté. Pero aun debiendo soportar tan malos tragos, coincido plenamente con mi amigo en su planteamiento.
El Tanque ha sido testigo mudo del cambio social y económico de la isla. Ese espectacular título, según un periodista de cierto periódico, es lo que manifestó doña María Dolores Camalich Massieu, presidenta de la Asociación de Amigos del Espacio Cultural El Tanque de Santa Cruz de Tenerife, cuya pervivencia defiende ‘tanto como recurso para incentivar el turismo cultural como desde la perspectiva de conservación del patrimonio industrial de un elemento geográfico’. La señora, hija de la pintora Lola Massieu, indica que nació en Las Palmas, vive y trabaja en La Laguna, casada con un conejero, y que “a veces me veo como una apátrida, a pesar de este acento que no se me va, porque no tengo ni una sola gota de sangre canaria”. Este nacionalismo ‘internacional’ me tiene confundido. Tanto como lo debe estar no solo la presidenta del depósito sino igualmente el periodista que trabaja para el medio independentista.
El Tanque es, junto a Vilaflor y Tegueste, un municipio de unos 24 km2, de unos tres mil habitantes, pero no tiene costa. Puede que sea esta última característica la que hace ignorar su existencia a los entendidos de turno. Un  pueblo emigrante por naturaleza y que tuvo en Venezuela un destino, una salida, una expectativa. De ahí las advocaciones a la Virgen del Buen Viaje y a Nuestra Señora del Coromoto. Que también sufrió los efectos devastadores de la erupción de 1706 (la que destruyó Garachico) y sepultó la ermita de San Antonio de Padua, del siglo XVI.
Pues bien, doña Lola (junior) y, por extensión, señor periodista, a un tanquero no puede sentarle nada bien –más bien le sonará a recochineo, por no decir insulto– el que se equipare su pueblo, sufrido en la adversidad, con testigo mudo. Porque El Tanque es el pueblo. Lo otro es un bidón. De todas maneras, si pretendieron lucirse con ese llamativo título, a uno se le queda la duda de si el susodicho recipiente ha sido un elemento decorativo mientras la isla progresaba social y económicamente.
Menos la comprendo cuando indica que al espacio, que no El Tanque –pueblo–, hay que “conservarlo como referente del turismo cultural y dotarlo de más actividades, con una programación fija que le dé más vida. La asociación quiere jugar un papel en esa dinamización. Todos los grandes artistas y arquitectos que pasan por aquí alaban el espacio y se sorprenden de que no esté protegido. Supone un ejemplo más de la fragilidad de nuestro patrimonio. Pese a tener un gobierno nacionalista, en los últimos treinta años no se ha hecho un esfuerzo decidido por preservar el patrimonio y hace mucho tiempo que no se sacan proyectos públicos de intervención sobre el patrimonio arqueológico”. Esta rara mezcla de conceptos es difícil de digerir. Pero, para que vea que no todo es negativo por mi parte, sí coincido en lo del gobierno nacionalista, porque si Faustino, alcalde de El Tanque, tuviese otra alegría en el cuerpo, hubiese dado dos moquetes sobre la mesa y hace respetar la identidad de una población orgullosa de su pasado. No es concebible, como indica mi amigo, que estas cosas ocurran con Isaac Valencia, porque de la rajada del alcalde villero no escapa ni Melchior ni el gran Paulino. Claro, Isaac es la esencia de lo que luego se ha ido diluyendo en un conglomerado de muy difícil digestión. Y al Cabildo no se le ocurrirá jamás denominar tal habitáculo como Espacio Cultural La Villa, o La Orotava, o Los Cuartos (que le han costado a todos los contribuyentes).
No estoy al tanto de si en alguna ocasión el ayuntamiento de El Tanque ha manifestado algo al respecto. Si lo hizo, no existió la suficiente vehemencia, por lo que se impone una reiteración. Espero que algún concejal tanquero haga suya la propuesta y presente una moción al Pleno. Se me ocurre proponer que se mente ‘La cuba’. Podría atraer, entre otras facetas, exposiciones relacionadas con la viticultura, artistas de La Perla del Caribe… Aunque lo mismo ponen el grito en el cielo los guachinches o alguno de los hermanos Castro nos manda un discurso de quince horas.
Claro, lo mío es de broma. Y lo de ustedes va en serio. Pues no. Estas buenas gentes de El Tanque no emigraron, trabajaron como petudos, retornaron e invirtieron los ahorros en el solar de sus ancestros para que ahora una boutade política venga a producirles sonrojos innecesarios. Lo mismo me contestan esgrimiendo el que sería conveniente cambiarle el nombre al pueblo. Porque el yacimiento arqueológico de la refinería debe datar del siglo XII (antes de Cristo). Ilustrados.