sábado, 8 de enero de 2011

El valor del céntimo

Decía –escribía– en la entrada de ayer que estaba caro el carburante en la estación (BP) de La Gorvorana (Los Realejos). Y un amigo me indicó que si le estaba haciendo publicidad a las demás. Como no soy de los que acostumbro a tener sitio fijo para repostar el fotingo, no me preocupó el comentario. Pero sí le indiqué que se fijara con detenimiento en los paneles informativos de las estaciones de servicio e hiciera cuentas. Ejercicio que no solemos realizar por la sencilla razón de que no valoramos algo tan cotidiano como es el poner gasoil (o gasolina) al coche. Y esto choca enormemente con las consabidas encuestas televisivas en las que preguntan a cuatro conductores. Todos, sin excepción, contestan –contestamos– que no hay derecho, que a dónde vamos a parar… En conclusión: ninguno hacemos un uso más comedido y racional del medio particular de transporte y si tenemos que ir a comprar el pan (a cien metros de casa)… ¿Caminando, tú estás loco o qué?
Leí que una compañía aérea, en la época en la que aún existía menú a bordo, ahorró una suma importante de dinero por el mero hecho de reducir una aceituna en las comidas servidas. Y no me extraña porque la visión individualista de las situaciones nos hace olvidar los miles y miles de veces en que se reproduce nuestro caso particular. Uno ignora la cantidad de litros de combustible que consume el parque móvil de cualquier pueblo, pero no deben ser ni diez ni veinte.
Un euro equivale a 166,386 pesetas. Y parece que incluso aquellos que hemos estado inmersos la mayor parte de nuestra vida en la ‘cultura de la rubia’, tendemos a despreciar el valor de un simple céntimo (1,66 pesetas). Si nos ceñimos a un ámbito de acción cercano (pongamos Valle de La Orotava y pueblos limítrofes), podemos percatarnos de que existen diferencias de hasta cinco céntimos en el precio del gasóleo A (es mi caso) según sea la gasolinera a las que acudes. Y hoy disponemos, además, de sitios oficiales o páginas webs que te detallan las tarifas y precios. Por lo tanto, nada que corregir en la manifestación aludida al principio con respecto al lugar más cercano de donde viví los primeros años de mi vida.
Creo, no obstante, que ya estamos asumiendo el que debemos estar con el ojo avizor en estos asuntos. Lo observamos en el movimiento existente en las estaciones de servicio. Porque los cinco céntimos mentados se traducen en 8,32 pesetas por litro. Pon un depósito medio de 40 litros y resulta que estás pagando de más en un repostaje 332,80 pesetas. Como son apenas dos euros, parece que nada nos indica. La nueva cultura de ricos que el euro ha impuesto nos hace caer en malas tentaciones. Hace apenas unos años, el llevar un par de mil pesetas en el bolsillo suponía una inmensa alegría en el cuerpo. Ahora con 20 euros (3.327,72 pesetas), notas una ligereza tal que te da la impresión de que no vas a tener para echarte dos cortados.
Hallamos, para mayor desgracia, gasolineras en las que tienes que servirte tú mismo. Eso supone bajarte del coche, ensuciarte las manos desenroscando el tapón, marcar la cantidad que te quieres gastar, introducir la manguera donde tú sabes, buscar la dichosa trabita para no tener que sostenerla todo el tiempo, volver a colocarla en su sitio, enroscar la tapa, cerrar la puertita, echar la mano al bolsillo para coger los euros y dejar el pantalón hecho un asco, caminar hasta la tienda para que el empleado te cobre…
Te subes de nuevo al fotingo –qué quieres, me gusta la denominación–, piensas un ratito, compruebas que te cobraron lo mismo –o más– haciendo tú todo el trabajo (uno, dos o tres sueldos que no paga la empresa suministradora) y… ¡No pasa nada, oiga, no pasa nada.
Hace unas semanas acudí a la oficina de CajaCanarias en la que tengo depositados los cinco euros ahorrados (ya sabes, por si una enfermedad). Cogí el número y esperé pacientemente. Cuando me correspondió, le dí la libreta al empleado para que la actualizara. Hombre, eso lo pudiste haber hecho en la máquina y no hubieses tenido que esperar. Y el día en que la máquina te quite tu trabajo, le contesté, vienes a quejarte para que yo –cliente– me solidarice contigo.
Cuando finalicé el párrafo anterior, me asomé al balcón, miré en todas direcciones y no vislumbré la crisis por lado alguno. Ni gente ni coches. Puede que el resto de habitantes de mi calle estuviera haciendo las devoluciones de Reyes. Menos mal que mi cuerpo estándar (echaré la barriga pa´dentro, hay que disimular las hartadas navideñas) ha hecho posible que las camisas (de manga baja) y el pijama se acoplaran a la perfección. Si no, ya hubiese tenido que repostar. Por cierto, una crisis (de coches) el otro día en San Jerónimo, La Villa. Chacho, chacho, chacho. Hasta luego.