viernes, 7 de enero de 2011

La variante de Toscal-Longuera

No se ha inaugurado, que yo sepa, la flamante vía de circunvalación o variante de Toscal-Longuera, y algunos desalmados se han empeñado en echar por la borda lo que ha costado una buena tanda de billetes. Aunque falta aún la prueba definitiva y que no es otra que el comprobar si traga el agua de una buena lluvia durante un periodo no excesivamente largo. Hago esta salvedad para que los técnicos no me indiquen la consabida cantinela de que para las causas imprevisibles no existe aún la tecnología adecuada, fórmula sutil de encubrir fallos y eludir responsabilidades. Pero vayamos, sin más dilación, al asunto que hoy nos concita:
No obstante, pesado que soy, como viví unos años, los primeros de mi vida, en una de las dos casitas que están al lado de El Bosque, le preguntaría una vez más a Wladimiro (Oswaldo Amaro y Ricardo Melchior no me van a contestar) si no siente nada cuando contempla aquellos tres ejemplares de plátanos de Líbano que dejaron como muestrario. ¿Tú no llegaste a verlo antes del comienzo de la obra? Yo sí. Y corrí, me escondí, me senté… Lo dejo, ya sé que jamás me entenderías. Nos hemos convertido en agricultores de salón. Pero antes de terminar este párrafo lanzo una pregunta y me encantaría que alguien me contestara: ¿cuál es la situación urbanística de los terrenos que quedan al margen derecho –bajando– una vez pasado lo que me dejaron del territorio de mis correrías infantiles?
La señalización, tanto vertical como horizontal, está de adorno. Aquello es una jungla y cada conductor hace lo que le viene en gana. Espero que al menos todos posean el pertinente permiso de circulación. La velocidades son tales que en el costado norte, alrededores del moribundo Maritim, se llevaron de cuajo un par de farolas y una guagua casi baja directamente a pescar viejas y de camino coger unas cuantas lapas. ¡Ah!, la suciedad ya muestra la faceta cultural del que baja la ventanilla y expande por doquier desde la clásica cajetilla de cigarros hasta el pañal del menudo que fue cambiado por vía de urgencia en el sillón trasero.
Pero es en la parte alta, costado sur, y más concretamente en la rotonda que  la conecta con la antigua autovía, donde se palpa en grado sumo el inmenso peligro que suponen los locos del volante. El primer estampido que se dio uno que venía desde Los Realejos hacia La Vera, provocó la muerte instantánea de la primera de las elegantes farolas que bordean la citada rotonda. Pero aún bien no la habían retirado, el segundo velocista, al no encontrar obstáculo que lo frenara, quedó maravillosamente aparcado dentro del círculo (como en los viejos tiempos de jugar al trompo: dentro de la candonga). Pero hete aquí que hubo un tercero días después. Y este subió en primer lugar por los pretiles que conforman el triángulo previo a la susodicha rotonda. Prosiguió su alocada carrera y por poco atraviesa todo el diámetro de la circunferencia. Te puedes imaginar el desaguisado en la amplísima muestra florística que ya lucía un porte bastante interesante.
Los chiflados de las emociones fuertes me dirán que la falta de alumbrado provoca tales despistes. Y los que conocemos la zona estimamos que la velocidad de aproximación a la confluencia, para que se produzca el despegue, tiene que ser, necesariamente, muy superior a los cien kilómetros por hora. Como el precio de los carburantes en la estación La Gorvorana no son los más baratos de los alrededores, los empleados se entretienen en estos otros menesteres. Seguro que tienen el tallo de una hoja de platanera, estilo de los marcadores de piñas de antaño, en la que van haciendo las incisiones de rigor. Eso, como en las películas del oeste: una muesca más en la culata de mi revólver.
Pero ayer mismo observé –iba caminando– que varias palmeras yacían en posición horizontal. Y tuve la impresión de que no había sido en esta ocasión un automóvil el causante del desaguisado, sino quise intuir la mano de cualquier vándalo que seguramente pasaba de manera casual por allí.
Si Ricardo, Amaro y resto de la compañía (me imagino que vendrá Paulino) piensan esperar mucho para el corte de la cinta y encendido del alumbrado, les recomiendo que aceleren los trámites. De lo contrario, otros acelerones se llevarán por delante, y a mansalva, los puñados de euros. Y me duelen los que yo tuve que poner. Aparte de ser una cuestión sentimental que tengo clavada, al igual que mi familia, que jamás podrá ser desagraviada.
Adiós.