lunes, 17 de enero de 2011

Represión policial

No crean ustedes que con este titular estoy dando a entender que en algún lugar de nuestro territorio archipielágico se puedan estar produciendo acciones represivas por parte de la policía. Qué va, es más bien al contrario. A saber, las acometidas que está recibiendo el cuerpo uniformado por parte de agentes externos. Te explico, pero antes permíteme que me haga eco de dos asuntillos previos:
Ya que menté la región canaria, señalar que si desde Bruselas nos remiten las mismas indicaciones que se estipularon para Grecia, en estas islas sobran muchos ayuntamientos. Si nos ceñimos al criterio poblacional (menos de 10.000 habitantes), en Tenerife habrá que eliminar 13 (habría que proceder a la fusión de dos o más de ellos para que la suma dé lo que dé), en la Palma nada menos que doce, cuatro en La Gomera y los tres de El Hierro. El panorama cambiaría bastante. Aunque me imagino el incremento desorbitado de asesores.
Y el otro queda traducido en un consejo, ya que hoy corresponde tratar un asunto policial. Va dirigido a la de Los Realejos para que aparque bien el furgón cuando va de actuación por las zonas de los institutos del casco de Realejo Alto. Se lo transmito con la mejor de las intenciones no sea que cualquier vecino saque una fotografía del vehículo mal aparcado, la envíe a cierta tele chanchullera y luego los pongan a caldo de gallina, sea o no importante y urgente la acción llevada a cabo en la intervención policial.
En La Laguna anda el patio bastante revuelto. Al concejal delegado de la policía no se le ocurre mejor cosa que, al estilo PSOE santacrucero, en lugar de arreglar los asuntos internos de puertas adentro, se le dispara la lengua y ha armado un guirigay de no te menees. El señor Pérez Godiño –vaya con el segundo apellido para reforzar las tesis de los otros agentes externos que luego se dirá– arremete contra una mínima parte de los agentes e invita a la población a que los denuncien. Puede que el concejal tenga algún tipo de comisión en los ingresos de los medios de comunicación, pero ha conseguido movilizar a todo el mundo. Los unos –la policía–, en su contra. Los otros –la población–, en contra de los que están en su contra. Y al final todos timpleando (por lo de contra). Tenemos lo que nos merecemos. Como el caballero edil (ir)responsable no admite coacciones –eso ha dicho–, se ha envalentonado hasta tales extremos. Solo falta que Clavijo, ahora que con Bermúdez va a transformar la zona metropolitana hasta los límites soñados por don José, le ponga el caballo blanco del sheriff y luciendo estrella y Colt 45, trote por el Camino Largo cual cowboy a lo John Wayne.
La policía local de Puerto de la Cruz tiene otras amenazas. Más externas que las anteriores, pero con muchos más exabruptos en la florida riqueza léxica. Nada me invento si les indico que mis oídos llegaron a captar unos lindos “hijos de la gran puta” para ilustrar su gestión. Nada, apenas unos vocablos, fruto del inmenso caudal de sinonimias que nos brinda nuestra lengua, para manifestar el desacuerdo contra una denuncia que ya sido juzgada y sobre la cual se dictó sentencia condenatoria. Son los modos y tácticas de quienes se jactan de poner en solfa un sistema que bien utilizan para la propagación de sus fechorías. Porque esta democracia, endeble e insostenible, no vale un churro dominguero para prácticamente nada, salvo para usarla a mi antojo en aras de justificar el principio constitucional de la libertad de expresión. Son los que van por la vida con la cantinela de “esta democracia es una mierda, ojalá venga otro Franco para…”. Imbéciles redomados. Y a la segunda frase pronunciada ya tendrías cerrada para siempre esa bocaza por la que disparas tales lindezas. Con toda probabilidad, no en las mismas condiciones físicas. Tal vez hecha añicos por la culata del arma que portan esos mismos a los que ahora pones a caer de un burro. De igual manera que tal libertad de expresión tiene sus límites (jurisprudencia existe al respecto), los consejos dictados por el picapleitos de turno para edulcorar realidades bajo el tamiz del ‘fruto de mi imaginación’, acabarán por caer como lo hizo, mero ejemplo, el muro de Berlín.
Como me duele mi pueblo (Los Realejos) mucho más que los otros por los que también siento aprecio y admiración (el resto), sirva este comentario para aconsejar a los buenos agentes que transitan los rincones de la Villa de Viera para que sean el espejo en el que nos miremos los ciudadanos. Que no cometan las torpezas que a veces el uso indebido del uniforme cree dotar a quienes lo portan. Si lo he sostenido hasta la saciedad para los profesores con respecto al alumnado, no menos lícito será pretenderlo para quienes deben velar por el cumplimiento de las normas que toda sociedad civilizada se ha autoimpuesto. Sociedad en la que también reptan individuos que no entienden la sujeción a pautas de comportamiento. Por eso, porque son lo que son, hacen lo que hacen y dicen lo que dicen.
No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética. Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos. (Martin Luther King)