jueves, 10 de marzo de 2011

El drama de los carnavales

Tenía la oportunidad de escribir hace no tanto que acudir a determinados eventos lúdico-festivos (léase bailes de magos, mogollones carnavaleros…), nos produce en la actualidad ciertos atisbos de rechazo cuando contemplamos a los propios alumnos de nuestro colegio o instituto en condiciones ‘anormales’. Y elevamos nuestro grito de protesta a las instancias que hubiere lugar, porque la degeneración se está apoderando, a pasos agigantados, no ya de la juventud, sino también de la infancia. Es, qué duda cabe, la prolongación de aquel proverbio caldeo (2000 a. C.): ‘’Nuestra juventud es decadente e indisciplinada; los jóvenes ya no escuchan el consejo de los viejos; el fin de los tiempos está cerca”.
He creído, pues, conveniente trasladar a este blog la oportuna referencia de un extenso e interesante artículo, que amparado en el título de “El carnaval”, fue publicado por el periódico de intereses generales El Valle de Orotava (La Orotava, 11-febrero-1888, año I, número 22, página 1). Y muchísimo de las líneas impresas podría valer para los acontecimientos antes aludidos. ¿Significa ello que bastante más de lo que imaginamos y que achacamos el denominado progreso está inventado tiempo ha? Entiendo que sí. Y como es de rabiosa actualidad en esta semana presente:
Ha pasado el carnaval, y aún queda en nuestro ánimo la triste impresión que nos causara las báquicas escenas que representadas “á la perfección” por jóvenes de diez á quince años, caracterizan la época que atravesamos de eminentemente “progresiva” y de eminentemente despreocupada.
¿Qué es esto? ¿Dónde están los padres de estos niños? ¿Dónde iremos á parar si estas costumbres siguen desarrollándose en progresión ascendente? Y la sociedad no responde. Esta es la civilización actual: los niños hacen hoy el papel correspondiente á los hombres. Este es el carnaval de 1884.
Se hacía, como se deduce, una recapitulación de lo manifestado cuatro años atrás. Y el periodista se preparaba para presenciar iguales o parecidas escenas. Porque la fiesta había quedado reducida a una orgía, más o menos desenfrenada, en la que toman únicamente parte los jóvenes y los niños.
Hay dos párrafos que no me resisto a transcribir. Que pueden parecer excesivos, largos, pero que son viva muestra de una literatura singular, didáctica y a la par elegante, rayando, quizás, en saturación barroca:
Comprendemos que la parte joven de nuestra sociedad, aquella que aún conserva vírgenes sus facultades imaginativas, que vé por doquiera objetos que le excitan; que procura poner en juego el excedente que reboza de un caudal de fuerzas, para ella inagotable, se lance á la gimnástica de la orgía, como puede lanzarse á los previstos pero no temidos peligros de un combate. Nosotros hemos pasado por esa edad, temeraria en sus deseos, valiente en sus empresas, heroica en sus resoluciones; nosotros hemos sido jóvenes, y comprendemos, por experiencia, de cuanto es capaz una naturaleza vigorosa, templada al rescoldo de una temperatura fisiológica que se eleva en el termómetro vital á medida que aumenta la temperatura ambiente. Pero, por lo mismo, que ya la nieve de los años cubre nuestra cabeza, y vemos con los ojos de la razón las tristísimas consecuencias de un desbordamiento que siempre y necesariamente conduce al mar de los arrepentimientos tardíos, llamamos la atención de los padres y de los mismos interesados para que no se dejen arrastrar por el impulso de sus pasiones.
Los preceptos de la moral, en amigable consorcio con los de la higiene, no permiten, no pueden permitir que de una diversión honesta y llamada por los pueblos verdaderamente cultos á servir de franca expansión á las familias y á los individuos, á quienes debe unir el lazo común de los intereses morales, ya que el de los materiales los separa, se haga una orgía desenfrenada, en la que ni los niños están exentos de su perniciosa influencia, influencia tanto más peligrosa, cuanto que los padres de familia, los hombres serios, en una palabra, se cuidan muy poco de la conducta de sus hijos durante esos días, dedicados  por la costumbre al olvido de todas las conveniencias, puesto que, apartándose calculadamente de los sitios en que esas bacanales se celebran, ó autorizándolas, á las veces con su presencia, dan lugar á que la juventud se pervierta y contraiga enfermedades ó vicios de funesto término ó de resultados social y fatalmente trascendentales.
Llamamiento, claro, a las autoridades, a los padres, para que haya diversión, pero con cordura.
Los comportamientos poco dignos en las solemnidades cívico-religiosas, debidos al antihigiénico y reprobado medio de la embriaguez, para lucir mejor nuestra precocidad y lanzarnos con  mayores bríos á la consecución de lejanos y engañosos espejismos, implica nueva llamada de atención a las autoridades para que intenten evitar espectáculos denigrantes con mocosos, que el periódico (El Valle de Orotava, La Orotava, 30-septiembre-1889, año III, número 91, página 1) se atreve a encasillar en los quince años.
Y como no todos los padres pueden ser buenos jardineros, deben ser reemplazados por la administración, porque la libertad individual es omnímoda mientras no traspase las conveniencias sociales. Aquí, en estas tierras monárquicas, donde parece que debiera empezar el más cumplido respeto al superior, se toma por insulto la reprensión y por vejamen la medida represiva del escándalo.
¿Qué, algo nuevo bajo el sol? Queda el Coso del Puerto, la Piñata, y… Si no fuera por la crisis, la limitación de velocidad y la sucesión de Zapatero, ¿te imaginas?