martes, 12 de abril de 2011

Hay que meterle mano

Estas dos propuestas que hoy me apetece comentar son producto de las últimas caminatas. Y cuando utilizo la expresión de ‘meterle mano’, nada más lejos de mi intención que la de recurrir a posibles chabacanerías. Entiéndase, por lo tanto, algo así como acometer, arreglar, subsanar… Quizás haya sido, fundamentalmente, la necesidad del rescate de un lenguaje, o léxico, más autóctono. A todos los que ya presumimos de unos años, a buen seguro que nos han conminado con lo de ‘mete mano’ por la parsimonia demostrada ante una actividad que se nos hubiese podido encomendar. Hecha, pues, la pertinente aclaración, vamos allá:
El parque recreativo de La Higuerita, idea original del entonces concejal realejero Sigfredo Rodríguez García, se ha convertido en un espacio de celebración de todo tipo de eventos (bien nos gusta esta palabreja). Desde el clásico cumpleaños (globos incluidos) hasta comidas de empresas, asociaciones, clubes o cualquier tipo de colectivo, pasando por tenderetes diversos: obtener el carné de conducir, despedidas de solteros y/o de casados, la recuperación de una enfermedad de la abuela, y, en fin, sigue tú.
¿Qué veo? Que no somos muy dados a entender que la limpieza debe ser norma a respetar en estos lugares. Ahí dejamos todo hecho un asquito y el que venga atrás que arree. A los restos típicos y tópicos de toda comida campestre, debemos añadir el vaciado de ceniceros, sacudir las alfombras y depositar cuidadosamente en el suelo, sin que nadie se percate, los materiales inservibles que guardábamos (no se sabe para qué) en el maletero o la guantera. Todas estas acciones reprobables conducen, inevitablemente, a que los olores no sean siempre los que proceden de la carne de los braseros. Ya me entienden.
¿Y qué oigo? Unos potentísimos equipos de música (ya nos hacemos acompañar por el correspondiente generador eléctrico) que escupen decibelios a un grado de volumen tal que no solo queda debidamente amortiguado el ruido del motor, sino que los tímpanos (añadan también los de los que transitamos por el arcén) se quedan durante unas dos semanas con un bailoteo más generoso que los celebrados en los Hogares de la Tercera Edad.
Como es de suponer que la zona en cuestión dependa de un organismo público, habrá que redactar una ordenanza específica o hacer cumplir la que ya deba existir en cualquier municipio y que rija unas mínimas normas de comportamiento cívico. Insisto, ya no es el clásico tolete que carga al hombro la minicadena, prendida a toda pastilla y machacando desde el pabellón auditivo externo hasta el mismísimo Órgano de Corti. Digo yo, ignorante supino, que La Higuerita o Barranco Ruiz no son junglas en las que impera la ley del que lleva la columna más grande.
En lugar de tener concejales de obras (cuando hay empresas municipales con un gerente al frente), deberíamos nombrar un edil de estética, de modales, de buenas costumbres. Y al que no se sujete a tales prácticas de convivencia, le pondremos como castigo el encierro en una habitación de dos por dos con su propio equipo musical y escuchando durante dos semanas seguidas, con un mínimo descanso de quince minutos en las 24 horas del día (para las necesidades más perentorias), ‘el carro’ de Manolo Escobar, y con un volumen tal que las columnitas luminosas no bajen ni un segundo del rojo más intenso. Toma medicina en tortillas.
También, creo, hay que meterle mano a la enorme cantidad de loros sueltos que andan (vuelan) por esos mundos arborícolas. En la capital tinerfeña proliferan en los laureles de las Ramblas. Una escandalera horrorosa. Hace un  tiempo los capté, asimismo, en Agaete. Ignoro de quién es la culpa. ¿Se escaparon de algún parque temático (a cuyo propietario premiamos cada tres por dos) o son ejemplares tipo del juguetito que ya nos cansa? Sí, como los perritos, las iguanas, las tortugas…
La duda existencial que me corroe, me lleva a preguntar a las autoridades si estos bichos cumplen la ley de extranjería. Porque canarios no son. Y vete tú a saber si tienen los papeles en regla para ejercer sus vuelos desde el parque García Sanabria hasta la Granja o el Viera y Clavijo. Lo mismo están desplazando de su hábitat natural a nuestros pájaros canarios. ¿Y tórtolas, para qué contarte? Que me corrijan los botánicos y demás expertos, pero estas avalanchas pueden causar un desequilibrio grave en el ecosistema capitalino. Y si continúan su expansión, cuídense los agricultores de salvaguardar las cosechas de millo.
Lo vislumbro verde, bastante verde. Al presidente autonómico se le está yendo el baifo por este sector. Porque su alegato de que los trabajos para los canarios, se incumple aquí de manera flagrante. (Ya está más de uno pensando si voy a escribir que incluso pueden en sus alocados vuelos causar un estropicio en el rotor del helicóptero. Pues no, te fastidiaste, hoy no lo pongo). Hombre, ya que lo menté, aprovecho. Este pasado fin de semana hubo una feria importante en Fuerteventura. Y hasta allí se trasladó el presidente. Vino a decir (en las declaraciones de rigor a la tele autonómica) que la agricultura y ganadería es una buena solución para no depender tanto del turismo. ¿Tú lo entiendes? Es capaz de sostener un discurso por la mañana y el contrario por la tarde. Como otro que tú y yo conocemos. Y ya está. Por lo menos hasta mañana.