jueves, 7 de abril de 2011

Lo que 'El realejero' oculta

Me imagino que han sido ustedes tan curiosos como un servidor y habrán observado muchísimas fotografías en el último número de ‘La Voz de Los Realejos’, perdón, perdón, en qué estaría yo pensando, de ‘El realejero’. Todas ellas magníficas –parecen obra de un profesional, y de una buena cámara–, incluidas las de formato gigante (a dos páginas). Incluso en la página 28 hallamos la fuente de la Avenida de Canarias, al lado de la oficina de Correos. Debieron sacar la instantánea un día después de haber dado una limpieza al archipiélago, que, como bien saben todos, se queda blanco de tanto chorro clorado. Sí, esa fuente que costó unos buenos puñados de billetes y que el PP realejero denunció y nunca más se supo. La última vez que escuché al portavoz adjunto, Adolfo González, iba por ciento y tantos miles de euros.  Ese capricho del actual alcalde que, eso dicen, cortó por lo sano con sus socios de gobierno hasta ese entonces. Sí, esa que sustituyó al que denominamos durante mucho tiempo el ‘Monumento al coño’, por la original visión que su autora quiso darle a los molinos (de agua). A mí no me consultaron.
Uno desconoce a estas alturas si la autora, Carmen León Rodríguez, que también lo es de la escultura al Mencey Bentor, situada en el Mirador de El Lance (Icod el Alto), tiene algún derecho a reclamar ante este desaguisado. Observen las fotografías que se insertan en esta entrada y convendrán conmigo que no es para echarse a reír. No me imagino yo al nacionalista Oswaldo (don José tiene sus dudas) haciendo tres cuartos de lo mismo con nuestro antepasado para ubicar otro chorrito que descienda ladera abajo hasta Tigaiga. Por cierto, el guanche sí que es tratado adecuadamente en la cabecera del susodicho ‘El realejero’. Manda ‘eso’.

Cuando tuve en mi poder las fotografías, pensé que si escribía algo sería más por nostalgia y sentimiento que por cabreo, enfado o molestia. Y efectivamente, hay más de lo primero que de lo segundo. Porque no sé qué sentiría Amaro si él, en vez de yo mismo, hubiese nacido y vivido durante muchos años en ese lugar reconvertido en basurero: la Casona de La Gorvorana. Esta acción, estimado grupo de gobierno realejero, no la incluyen en su medio propagandístico. Y ya que presumen, y se apropian, de haber hecho tanto y tanto, bueno sería que se adueñaran del presente estropicio en una edificación centenaria y cargada de historia (tanto que la Hacienda se remonta a la época de la conquista. Y que no se entere el homenajeado). Ya que Coalición Canaria no lo va a hacer, espero que los que se asomen a esta ventana difundan el enlace a cuantos realejeros (sobre todo de la zona baja de Toscal-Longuera) puedan para que comprueben cómo se las gasta quien rige los destinos municipales. ¡Ay!, asociaciones vecinales, ¿dónde están?, ¿también vendidas? Si todas demostraran la valentía de la de La Carrera, con página web bastante ilustrativa (no como la del propio ayuntamiento), otro gallo nos cantaría.
Hay otra fotografía en el libro ‘Los Realejos: un siglo en imágenes’, página 110, obtenida en el mismo lugar donde ahora se depositan los restos y chatarras de lo que fue un símbolo (puede que controvertido, pero fruto del quehacer de una artista que merece consideración y respeto), en la que se vislumbran miembros de varias familias de aquel entonces (retrocede unos cincuenta años). Y ya que la sensibilidad de mi alcalde parece haberse diluido (como su gestión), voy a rogarle al buen amigo Jorge Acevedo que tome cartas en el asunto. Siquiera por el recuerdo de aquellos tiempos que nos correspondió ser más vecinos que lo que somos ahora, pero que la distancia, ni siquiera las circunstancias políticas, ha hecho disminuir el afecto. Y la prueba está en varias de las publicaciones de quien esta opinión suscribe en, precisamente, Pepillo y Juanillo, dos chicos que, imaginariamente, bien corrieron e hicieron diabluras en medio de todas aquella plataneras de esta finca de La Gorvorana. Y él, y sus hermanos, saben de ello tanto como el responsable de estas líneas.
Da la impresión de que el alcalde realejero, que por su profesión debería ser mucho más sensible que lo que realmente demuestra, no está por la labor de pretender un pueblo bello y culto. Ahí tiene guardada a buen recaudo, eso deseo, otra escultura, la de mi compadre Paco, a la espera de que los cochinos se mueran de hambre. Sí, cochinos, porque por el tiempo transcurrido han dejado de ser lechones hace unos cuantos trimestres. Y jamás he escuchado al concejal de la zona de Icod el Alto abrir la boca al respecto. Eso sí, como el trabajo se cobró, uno piensa que la generosidad de este equipo de gobierno no tiene límites. Luego dice el concejal que no hay dinero para editar un libro.
Vuelvo a La Gorvorana. La Casona se va a venir abajo un día de estos. Y va a trincar a las muchas pandillas de magallotes que se están metiendo allí dentro. Se está produciendo un estalaje (autóctono que estoy) de mucho cuidado. Y la desgracia ocupará planas enteras de los periódicos. Y vendrán teles a porrillo ávidas de morbo. Fíjense en el estado del otrora monumento. Pero no me hacen falta esas imágenes. Porque uno camina y contempla. Y hace unos días estaba un grupo bastante numeroso en la que llamábamos la azotea de Consuelo. Eso, la ignorancia es atrevida. Pero la del ayuntamiento mucho más.
Si atisbas, Oswaldo, algún síntoma de malestar en estas líneas, te engañarás nuevamente. Porque estoy que trino. Y me gustaría que te marcharas por las buenas, tranquilito como Zapatero, pero tú sigues empeñado en salir por la puerta falsa. Y no te he hablado de El Bosque para que mis hermanos no lloren más y mis pobres padres jamás podrán levantar la cabeza. Lo dejo ya porque recalé en la página  16 de ‘un alcalde para todos’ y te vi, junto a Tomás, ambos con elegante casco, pero con las manos en el bolsillo, mirando hacia el infinito. Ojalá ello sea premonitorio por el bien de este municipio. Indecente hasta 2003. A partir de ahí, tal y como ilustran estos documentos gráficos, sembrado de millones. Y a este remanso de paz traeremos durante el recreo a los 39 niños del cercano, aunque inconcluso, centro infantil para que observen in situ cómo a través de esta equilibrada y eficiente asignación de los recursos, y priorizando a las personas por encima de cualquier otro ámbito, el pueblo debe continuar con ilusión un camino inalterable para seguir alcanzado los objetivos marcados. Ño, tío, me lo copié, pero quedó guay. Se me puso la piel de gallina. Como el casco de Realejo Alto (que ha mudado la piel). La Gorvorana también. Parece una reptil que va dejando los cachitos.
Finalizo. Gracias, alcalde, por el cuidado y el mimo que dispensas al entorno en el que me crié. En nombre y representación de la familia, cuenta con nosotros. Te botaremos, no lo dudes. ¡Ah!, comparto plenamente esta máxima de Sir George Bernard Shaw (tanto que me pueden tomar de ejemplo): Los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo. Hasta mañana.